Presentación del libro « La guerra del pan »

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Texte (en espagnol) de présentation par Agustín Guillamón de son livre La guerra del pan réalisée le 17 octobre dernier.
[Presentación el 17 de octubre de 2014 de La guerra del pan, de Agustín Guillamón, en Anónims de Granollers].

LA GUERRA DEL PAN. Hambre y violencia en la Barcelona revolucionaria. De diciembre de 1936 a mayo de 1937. Aldarull/Dskntrl, Barcelona, 2014, 564 páginas, PVP 15 euros.

Este libro analiza las características y el desarrollo del proceso contrarrevolucionario estalinista, vivido en Cataluña en la primavera de 1937

Comorera contra los comités de barrio.

El 20 de diciembre de 1936, Joan Comorera (PSUC), consejero de Abastos, pronunció un importante discurso, en catalán, en la sala del Gran Price de Barcelona, recogido parcialmente en la Crónica diaria del Gobierno de la Generalidad de ese mismo día y reproducida en los días siguientes en la prensa, generalmente en una forma resumida, que no transmitía la importancia, provocación y dureza de su intervención. Sí que aparecía de forma destacada, en ocasiones como nota al margen del discurso, sus declaraciones sobre la carencia casi total de alimentos en la ciudad de Barcelona.

Comorera inició su discurso admitiendo que el PSUC había provocado conscientemente la reciente crisis de gobierno de la Generalidad con el objetivo concreto de expulsar al POUM del gobierno, militarizar las milicias y fortalecer la Generalidad mediante un pacto de la UGT con la CNT.

Rememoró la importancia de la alianza entre CNT y UGT en octubre de 1936, que consiguió la aprobación, el 24 de octubre de 1936, del decreto de Colectivizaciones, el decreto de Movilización general, el Decreto de Militarización de las Milicias Populares y el Decreto de recogida de armas en la retaguardia. Recordó como al día siguiente (25 octubre) se celebró el mitin de unidad sindical en la Monumental, en el que Comorera pudo explicar “a aquella inmensa multitud hermanada, marxistas y anarquistas” el alcance de los acuerdos tomados sobre colectivizaciones, militarización y recogida de armas en la retaguardia, “que estaban en manos de aquellos que se denominan grupos incontrolados pero que en el fondo no son más que los grupos parásitos de la revolución. Y a menudo, no ya grupos parásitos de una manera más o menos pasiva, o activa, que viven de la revolución, sino que a veces también son los gángsteres de la revolución”.

Pero esos decretos, se lamentaba Comorera, se “habían escrito en papel mojado”, porque no se cumplieron los Decretos de movilización ni de recogida de armas en la retaguardia, y “hasta hubo en el mismo frente una especie de pronunciamiento contra el Decreto de movilización y unificación de las Milicias”.

Comorera se preguntaba si aquel fracaso del gobierno era admisible. Y recordó los esfuerzos realizados para reconducir aquella situación: “Se tuvo en la Generalidad una especie de Gran Consejo, presidido por Companys, con los consejeros y los Comités responsables de todas las organizaciones representadas en el Gobierno, reunión plenaria que acabó con un voto de confianza plena al Consejo, que no pasó de ser pura literatura, como era lógico, dada la situación existente”.

Tras repasar Comorera todos los esfuerzos realizados para coordinar con la CNT una política conjunta, para afrontar con éxito los graves problemas que planteaba la guerra, señaló que el 24 de noviembre el PSUC presentó “a los compañeros de la CNT y de la FAI un documento firmado por el PSUC y la UGT”, que proponía “la depuración gubernamental”, es decir, “eliminar todos los factores de discordia sistemática y de infantilismo revolucionario”, exigiendo “que, en el nuevo Consejo [Gobierno de la Generalidad], no formara parte ningún representante de la fracción trosquista, que se ha apoderado de un movimiento responsable que no había creado”.
Comorera justificaba la exclusión del POUM “por muchas razones. Porque esta fracción trosquista de una manera sistemática ha hecho una política de división. Nos ha recordado y ha recordado a la CNT, con mala intención, todo aquello que nos podía separar, todo lo que nos podía llevar a pelearnos, todo lo que nos podía obligar, de continuar así, a una ruptura del pacto de unidad de acción que habíamos firmado”.

Comorera acusaba al POUM de efectuar una actividad contrarrevolucionaria, que consistía “en agudizar el recelo, la desconfianza que han sentido, y que quizás aún sienten, algunos grupos responsables de la dirección de la CNT”, diciéndoles que las Brigadas Internacionales serían mañana, vencido ya el fascismo, un instrumento del Partido comunista contra los anarquistas, como ya había pasado en Rusia. Esta labor “sistemática” del POUM no tenía otro objetivo que el de impedir “la colaboración de las dos Centrales sindicales, sin la cual la guerra contra el fascismo podía darse por perdida”.

Tras una larga perorata de Comorera contra la política internacional del POUM, que no tenía más objetivo “que debilitar el frente antifascista”, resumía que el motivo esencial de la crisis del gobierno de la Generalidad (en diciembre de 1936), planteada por el PSUC, fue la de conseguir un gobierno homogéneo de plenos poderes, constituyendo un gobierno de prestigio ante la clase trabajadora.

Comorera argumentó que ese gobierno fuerte, de plenos poderes, debía ser capaz de hacer cumplir unos decretos que no se quedasen en papel mojado, como había sucedido con el primer gobierno Tarradellas, en el que participó Nin por el POUM. Un gobierno fuerte, capaz de llevar a cabo una política militar eficiente, que agrupara todas las fuerzas existentes en el frente.

En materia económica afirmó que “era necesario asegurarse que nadie romperá ni pasará por encima del decreto de colectivizaciones”, en clara alusión a los sindicatos de industria de la CNT, que pretendían socializar sectores enteros de la producción, “porque ya no es hora de la iniciativa de grupos, y hay que tener una visión integral del problema” y favorecer el prestigio del colectivismo.

Afirmó que “la política económica nos plantea hoy problemas angustiosos”, porque Cataluña había dilapidado en unos meses “la riqueza acumulada en generaciones anteriores” y ahora la “fiesta” se había acabado. Tras constatar la quiebra de la industria catalana por la incapacidad de compensar en el extranjero los mercados perdidos en el interior de España, a causa de la sublevación fascista, y la desaparición de otras industrias, como la construcción, a causa de la guerra; dio como solución el cumplimiento “estricto, sin poner ni una coma más, del decreto de colectivizaciones, porque ese decreto tiene un pensamiento económico que si puede desarrollarse podremos construir a buen ritmo nuestra economía”. También planteó Comorera el problema de la redistribución del trabajo, advirtiendo a los trabajadores que con el aplastamiento de los fascistas había desaparecido todo un mundo, toda una estructura económica, había desaparecido la burguesía, y con ella habían desaparecido muchos oficios y profesiones. “Hay una industria parasitaria que ha desaparecido definitivamente”. Era necesario que los trabajadores de esa industria desaparecida, o paralizada en tiempos de guerra (como la construcción), se incorporarse a nuevas actividades.

Por otra parte, argumentó Comorera que era necesaria una política fiscal y una municipalización de los servicios públicos, para enfrentarse a las necesidades imperiosas de la guerra.

No era posible que los trabajadores en paro cobrasen la semanada completa, mientras los que trabajaban cobrasen tres días a la semana si sólo trabajaban tres días. Dijo que “la Generalidad ha pagado, en cinco meses que dura la guerra, en concepto de salarios y compensación de salarios, más de noventa millones de pesetas. Ha pagado salarios de todo tipo. Incluso ha pagado salarios a los invertidos del Barrio Chino. ¡No lo digamos demasiado alto!”. Constató que todo esto llegaba a su fin porque la Generalidad ya no tenía más dinero. Resumió lo dicho en una especie de eslogan: “Una nueva política fiscal, íntimamente ligada a una política económica, eran las bases de una buena política militar”.

El parlamento de Comorera, que había sido un discurso político de altos vuelos, más propio del presidente de la Generalidad que de un consejero, se limitó a partir de aquí a la política de Abastos, propia de la consejería de la que acababa de tomar posesión. Su oratoria se hizo ahora más concreta, pero también mucho más agresiva.
“Hace un día que soy consejero de Abastos y me encuentro con que en Cataluña no hay trigo, que en Cataluña no hay huevos, que en Cataluña no hay carne, que en Cataluña casi no hay pescado, que en Cataluña hay poca leche, y me encuentro, en Barcelona, con colas interminables, donde nuestras compañeras son martirizadas, por la espera y la angustia, y por el desengaño, por el pan, por la leche, por los huevos, por la carne, por artículos todos ellos de primera necesidad. ¿Qué ha pasado? Ha pasado que hemos consumido toda, o casi toda nuestra riqueza en esta fiesta de cinco meses, y que ahora nos costará, no ya rehacer nuestra vieja economía, sino que nos costará aliviar esta falta, casi total, de artículos de primera necesidad”.

De forma un tanto populista y demagógica, Comorera relacionó directamente la falta de productos de primera necesidad con la abundancia de comités de todo tipo, especialmente los comités de defensa de barriada, en Barcelona, y sus almacenes de abastos, así como los comités revolucionarios existentes en cada localidad, fuera de Barcelona: “Compañeros: me he encontrado con una cantidad extraordinaria de comités […] que dan órdenes de no dejar salir de su comarca los productos que en Barcelona son necesarios, y que en algunos pueblos incluso pueden sobrar; comités que no permiten la libre circulación de las mercancías, que son no sólo indispensables para sostener la energía de mujeres y hombres que viven y luchan para la guerra, sino que con su falta ponen en peligro la vida de nuestro hijos. Comités hasta en Barcelona; unos fantásticos comités de defensa que sólo defienden situaciones de privilegio creadas en los primeros momentos de esta revolución, de esta guerra. Comités de defensa que, todos y cada uno de ellos, se han creado su pequeño almacén de abastos, cuando las mujeres proletarias de Barcelona se ven obligadas a hacer cola y regresan a casa sin llevar el pan para sus hijos. Comités de defensa que han sustituido, en perjuicio de la colectividad, a los viejos intermediarios, porque quienes forman esos comités, de Barcelona y de fuera de Barcelona se creen con derecho a cobrar impuestos sobre cada fardo que lleven los ciudadanos. Y así es cómo se han encarecido las subsistencias en Barcelona. No se han encarecido, como se ha dicho rutinariamente, por culpa de los pequeños vendedores; porque la fantástica diferencia que hay entre el precio pagado al campesino y el precio que se cobra al consumidor, esa diferencia fantástica va a manos no del vendedor, sino casi íntegramente a manos de esos comités”.

Comorera atribuía, pues, la carencia y el encarecimiento de alimentos a la existencia de los comités de defensa, no al acaparamiento y especulación de los detallistas. Era el discurso que justificaba y explicaba el eslogan de las pancartas y octavillas de las manifestaciones de mujeres de fines del año 1936 y comienzos de 1937: “más pan y menos comités”, promovidas y manipuladas por el PSUC. Era evidente el enfrentamiento entre dos políticas de Abastos opuestas, la del PSUC y la del Sindicato de Alimentación de la CNT. El Sindicato de Alimentación, a través de los trece almacenes de abastos de las barriadas, custodiados por los comités revolucionarios de barrio (o mejor dicho, por sus secciones de defensa), suministraba gratuitamente alimentos a los comedores populares, donde podían acudir los parados y sus familiares, y sostenían además centros de atención a los refugiados que, en abril de 1937, en Barcelona, ascendieron ya a 220.000 personas. Era una red de abastos que rivalizaba con los detallistas, que sólo obedecían a la ley de la oferta y la demanda, y que intentaba, sobre todo, evitar el encarecimiento de los productos, ya que el alza de precios los hacía inasequibles a los trabajadores, y, por supuesto, a parados y refugiados. El mercado negro era el gran negocio de los detallistas, que realizaban excelentes ganancias gracias al hambre (literalmente) de la mayoría. La guerra del pan de Comorera contra los comités de abastos de las barriadas, no tenía otro objetivo que el de arrebatar a los comités de defensa cualquier parcela de poder, aunque esa guerra implicase el desabastecimiento de Barcelona y la penuria alimenticia.

La estrategia de Comorera, en los meses siguientes, añadió a la política militar (de militarización de las Milicias populares), económica (de estricta aplicación del decreto de colectivizaciones, evitando la socialización de las ramas industriales y como método de control de todas las empresas por la Generalidad) y financiera (los decretos financieros de S´Agaró, que decretó Tarradellas en enero de 1937, como instrumento de dominio estatal de toda la economía catalana) “una política implacable de abastos”, que suprimiera esa red de distribución de abastos de los comités revolucionarios y de defensa, e implantara el libre mercado, dominado por los detallistas. Para llevar a cabo esas políticas era necesario un gobierno fuerte, cuyo primer paso había sido la exclusión del POUM, un gobierno capaz de convertir los decretos en órdenes y medidas efectivas, que se cumplieran realmente.

Ese gobierno fuerte pasaba por la unificación de las dos centrales sindicales. A esa política de unidad, según Comorera: “No se opone la UGT, ni se opone el PSUC; no se opone ERC; no se opone la Unió de Rabassaires. Tampoco se opone la CNT. Me consta y lo digo muy alto y muy sinceramente. Nos consta a nosotros, por el trato y la convivencia, que los hombres representativos de la CNT hacen magníficos esfuerzos sinceros y leales, para poder crear con nosotros estas nuevas condiciones. Me consta y lo proclamo porque es verdad”.

Comorera planteó ante su auditorio, como excelente orador que era, una pregunta retórica, pero a la vez intrigante y excluyente: “¿Quién puede oponerse, pues, a que esto [la unidad antifascista] que todos anhelamos, llegue a ser una realidad?”, para contestar que “en primer lugar, la demagogia seudo-revolucionaria que por precipitar los acontecimientos, por querer precipitar la revolución, pone en peligro la victoria. Están los parásitos de la revolución que no quieren que cambien las condiciones, que no quieren que cambie la situación actual. Están los agentes provocadores, agentes provocadores que tanto pueden estar en nuestras filas como en las filas de cualquier otra organización, agentes provocadores que vierten la sangre de nuestro compañeros en la retaguardia […] que actúan en la base y envenenan los sentimientos de los militantes; agentes provocadores que os esperan en una curva de la carretera, o asaltan por la noche un domicilio y asesinan a los hombres que les molestan”.

A la demagogia y a los agentes provocadores, Comorera añadió los gángsteres: “También está además el gángster de la revolución. El gángster, hombre que se aprovecha, miembro del bandidismo, fenómeno conocido en toda revolución, en todo período revolucionario. Es el hombre que no quiere la revolución sino lo que sirve a sus intereses personales […]. Es el cacique, el nuevo sátrapa que se da en tantas comarcas de Cataluña. Pequeños sátrapas rodeados por sus mercenarios, mejor armados que los hombres del frente. Pequeños sátrapas que dicen que no quieren ninguna dictadura, y han impuesto, allí donde están, la dictadura de su irresponsabilidad”.

Es muy curioso, y quizás responde a su excelencia oratoria, que Comorera apenas utilizara la palabra clave del momento, y haya evitado hablar reiterativamente de “los incontrolados”, que con toda seguridad su auditorio esperaba oír, una y otra vez, durante su discurso. En su lugar usó una variada cantidad de sinónimos, hablando de demagogos, agentes provocadores y gángsteres, esto es, de irresponsables.
Comorera finalizó su discurso con un llamamiento a la responsabilidad de todas las organizaciones, en aras a conseguir una férrea unidad antifascista. Para comprender el discurso de Comorera es necesario tener en cuenta la estrategia, propugnada por Gerö, de efectuar una política SELECTIVA frente al movimiento anarquista, que consistía en integrar a los dirigentes en el aparato de Estado, al mismo tiempo que se practicaba una bestial represión de los sectores revolucionarios, calificados infamantemente como incontrolados, gángsteres, asesinos, agentes provocadores e irresponsables; que Comorera identificaba muy claramente en los comités de defensa.

Los Comités de barrio contra Comorera.

En Solidaridad Obrera del 29 de diciembre de 1936, la Comisión de Enlace de los comités revolucionarios de barriada publicó un “comunicado a la opinión pública” sobre el problema del pan, que ya había sido publicado dos días antes por La Vanguardia.

Antes de comentar la importancia de ese comunicado, será necesario explicar quién era ese Comité de Enlace. El domingo 26 de julio de 1936, al mismo tiempo que se acordaba, en un Pleno de Regionales y Comarcales, la definitiva aprobación de la entrada (que hasta entonces sólo tenía un carácter provisional) de la CNT en el Comité Central de Milicias Antifascistas, por unanimidad, se acordaba también la formación de un Comité Central de Abastos, como anexo indispensable del CCMA.
Ese CC de Abastos era un organismo revolucionario, formado por los comités de abastos de cada barrio, que a su vez no eran otra cosa que secciones o departamentos de los comités revolucionarios de barriada. Existían en Barcelona trece almacenes de abastos de barriada, que aseguraban el aprovisionamiento básico de la ciudad de Barcelona. Su origen no era otro que la logística de aprovisionamiento existente en cada comité de defensa de barrio, antes y durante las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de julio.

El decreto de la Generalidad del 21 de julio de 1936, que aprobaba unas Milicias Ciudadanas, sometidas y controladas por el gobierno de la Generalidad, fue desbordado por la formación real de un CCMA dominado por la CNT-FAI, que se había constituido como organismo de colaboración de los sindicatos, partidos obreros y burgueses más el gobierno de la Generalidad. Su misión era sobre todo dirigir la guerra y el orden público. Como complemento importante del CCMA había nacido el CC de Abastos, controlado y dirigido en exclusiva por los comités revolucionarios de barrio; nuevo nombre adoptado por los comités de defensa de barrio tras la victoria armada. Los comités de abastos y los comités de defensa se convirtieron, después del 19-20 de julio, en secciones de los comités revolucionarios de barriada. Ejercían un poder real, que los decretos de la Generalidad procuraban ocultar y no mencionar, aunque sí integrar en el aparato estatal.

Ese CC de Abastos actuaba en colaboración con la regidoría de Abastos del Ayuntamiento de Barcelona y con el resto de organizaciones, que también constituían el CCMA, tanto en la cesión de locales municipales para constituir comedores públicos, como para emitir vales desde las tenencias de alcaldía.

En la reunión del Pleno de Comarcales y Locales del 26 de julio de 1936 se acordó por unanimidad la colaboración de la CNT con el resto de organizaciones antifascistas y con el gobierno de la Generalidad, en el CCMA. Como complemento indispensable del CCMA se creaba el Comité Central de Abastos, que tenía como objetivo abastecer a los milicianos del frente de Aragón, alimentar a las familias de los milicianos (que se quedaban sin su salario) y a los numerosos parados sin recursos. Los comedores populares gratuitos fueron el primer logro revolucionario, ya que para muchas familias de trabajadores era la primera vez que “iban a un restaurante”, o sabían que al día siguiente “comerían de verdad”, pero sobre todo era una preocupación fundamental de los milicianos voluntarios: asegurar el sostén de sus familiares mientras estaban en el frente. Los milicianos no empezaron a cobrar su soldada hasta mediados de septiembre. Así pues el CC de Abastos era un órgano revolucionario que complementó, en los primeros momentos, un requisito fundamental para los milicianos voluntarios. Posteriormente Comorera llamó, a eso, desperdicio de recursos y “la fiesta” de los primeros días. El Bando del 26 de julio de 1936 daba cuenta de la importancia del CC de Abastos como complemento del CCMA.

Dada la importancia de la labor que ejercían esos comités de abastos no pudieron ser obviados en la constitución de la Consejería de Abastos, después de la disolución del CCMA a primeros de octubre de 1936.

La Consejería de Abastos se creó por decreto del 4 de agosto, pero fue prácticamente inoperante hasta el 14 de octubre, tras la disolución del CCMA y de los comités locales, cuando se decretó la organización efectiva de la Consejería de Abastos, para la cual había sido nombrado el cenetista Doménech. La colaboración con los comités de abastos de barriada era indispensable para garantizar el funcionamiento eficiente de la Consejería de Abastos en la nueva situación revolucionaria, surgida tras las jornadas de Julio.

El artículo 12, del decreto orgánico de organización de la Consejería de Abastos, recogía así esa necesidad de colaborar con los comités de abastos de barriada, en Barcelona: “La Oficina de Enlace Local estará integrada por una representación de este Departamento del Ayuntamiento de Barcelona y un representante de cada uno de los Comités de Abastos de las barriadas barcelonesas. Este Comité intervendrá con carácter informativo en todo lo referente a abastos de Barcelona-capital”. Esa Oficina Local (de Barcelona) dispondría de un Jefe y varios funcionarios a sus órdenes.

Disuelto el CCMA se imponía la disolución del CC de Abastos, que no se produjo hasta el 20 de octubre; pero dada la necesidad de contar con la existencia real, insustituible e inasimilable de esos comités de abastos de barriada, se optó por integrarlos en la Oficina de Enlace Local: “Decreto: Art. 1º: Se disuelve el Comité Central de Abastos. Art. 2º: Las funciones ejercidas por el citado Comité, a partir de la publicación del presente decreto, estará a cargo de la Oficina de Enlace Local, en la forma establecida en el artículo 12 del Decreto orgánico del Departamento de Abastos”.

Otro decreto de la misma fecha creaba el Consejo de la Gastronomía, para atender “la manutención del personal sin trabajo, indigentes y refugiados”. Los comedores populares revolucionarios, de julio y agosto de 1936, que atendían indistintamente a los milicianos y sus familias, y a los parados, daban paso a una beneficencia burguesa, que no dudaba en clasificar a la población en la infame amalgama de parados, refugiados, vagos e indigentes.

Así, pues, la Comisión de Enlace, que se dirigía a la opinión pública con este artículo era, nada más y nada menos, que la representación de los comités revolucionarios, y de sus secciones de abastos, en las barriadas de la ciudad de Barcelona, último bastión de aquel organismo revolucionario que fue el CC de Abastos, complemento del CCMA.

La Comisión de Enlace empezó su artículo con una incisiva presentación de quienes eran:

“La Comisión de Enlace, al margen de la política de partido y vinculada con las necesidades del pueblo y de la Revolución, tiene necesidad de salir públicamente al paso de unas manifestaciones y acusaciones hechas por elementos cuyo único interés, por ellos descubierto, consiste en defender una popularidad que revolucionariamente hablando no merecen, y aunque para ello tengan que convertir las calles de Barcelona en “campos de batalla” donde los camaradas de la UGT y de la CNT tengan que disputarse lo que es de todos y para todos.

Esto no sucederá, mal pese a Comorera, a Vachier, y a todos cuantos estén identificados con esa conducta peligrosa e irresponsable de provocar luchas sangrientas entre los trabajadores de Cataluña y de España”.

Comorera ya había identificado, diáfanamente, en su discurso del Price del 20 de diciembre, a su enemigo principal: los comités de defensa. La Comisión de Enlace, es decir, los representantes en el Ayuntamiento de Barcelona de los comités revolucionarios de barriada (con sus secciones de defensa y abastos), también identificaban en este artículo a su enemigo principal: el dirigente del PSUC, Joan Comorera. Ambos enemigos se habían reconocido, ya, claramente, a los pocos días de la toma de posesión de la Consejería de Abastos por el dirigente del PSUC. Las espadas estaban en alto: Comorera versus comités de defensa. El campo de batalla, también estaba listo: el aprovisionamiento alimenticio de la ciudad de Barcelona, y muy especialmente del pan.

La Comisión de Enlace recordaba que se habían presentado al nuevo consejero de Abastos, Comorera, “para ofrecer su colaboración al consejero entrante”. Oferta decepcionante: “Nos recibió Vachier, quien con hipócritas palabras (sus últimas manifestaciones lo demuestran) nos hizo comprender lo que tenía de lógico el que cambiase la política de Abastos habiéndose cambiado al consejero”.

La Comisión de Abastos preguntó directamente por su situación a partir de aquel momento. La respuesta de Vachier fue tan sincera como brutal: “No puedo deciros nada – contestó – porque es Comorera quien tiene que resolverlo; aunque sí puedo adelantaros que esta Comisión no ha cumplido, estrictamente, la función impuesta por el Decreto que le dio vida legal, y también, que los Comités de barriada, que tan eficientemente han actuado hasta hoy, tienen que desaparecer; pues es necesario que se incorporen a la revolución aquellas instituciones y organismos que viven del erario público y que hoy no hacen nada”.

Vachier identificaba claramente quienes eran y a quien representaban la Comisión de Enlace: a los comités de barriada (con sus secciones de defensa y abastos). Curiosa y provocativa era su argumentación, que reconocía la eficiencia demostrada por los comités de barriada en su función de aprovisionamiento de la ciudad de Barcelona, desde el 19 de julio de 1936, para señalar arbitrariamente que había llegado el momento de que desaparecieran, cuando no existía aún quien o qué les sustituyera.

La Comisión de Enlace preguntó a Vachier “¿Conoces el funcionamiento de los Comités de barriada?”. Vachier contestó: “Sí, y mañana, después del Consejo, os diremos cuál es el nuevo plan de Abastos y cuáles han de ser vuestras funciones”. El Comité de Enlace constataba: “Nada se nos ha dicho”.

Comorera intentaba sencillamente prescindir totalmente de esos comités y crear ex novo una nueva red de distribución de abastos, totalmente dependiente de la Consejería de Abastos. La empresa era arriesgada y provocativa en un momento de crisis alimenticia, y no tenía otro objetivo, puesto que incluso Vachier había reconocido la eficiencia demostrada por los comités de barrio, que el control político de la distribución de abastos por el PSUC y el de la supresión de los comités, a cualquier precio.

Bonet, secretario de la Comisión de Enlace, y autor del comunicado, aprovechó la ocasión para explicar a la opinión pública el funcionamiento de los comités revolucionarios de barrio: “hay trece almacenes de distribución en toda Barcelona, o sea, uno para cada barriada; están formados por cuatro o cinco trabajadores y éstos cargan y descargan sacos; aseguran en todo lo posible, los alimentos para los enfermos, la leche para los niños, el que se venda el carbón, las patatas, el azúcar, etcétera, lo más racionalmente posible, y en defecto de la “tarjeta de racionamiento”, muchos de ellos cobran del taller o fábrica donde trabajaban y entre todos los Comités de Abastos de barriada no suman ni cien “burócratas” (que dice Vachier), y muchos otros no cobran sino con cuatro patatas y un kilo de arroz de vez en cuando. En cuanto a otros aspectos, la Comisión de Enlace tiene que decir, no sólo que la “distribución” por barriadas, y éstas a los detallistas, se hace proporcional y equitativamente, sino que tiene los libros administrativos a disposición de quien pueda dudar de la honradez de los hombres de la CNT y de la FAI y demostrar, por consiguiente, que no son los que están “los nuevos ricos”, sino los [que] quisieran estar”.

Bonet daba aquí una de las claves del enfrentamiento con el PSUC. Los almacenes de abastos de los comités de barrio controlaban qué, cómo, cuánto y a qué precio de venta al público se aprovisionaba a los detallistas, una vez satisfechas las necesidades “revolucionarias” del barrio, esto es, de enfermos, niños, parados, comedores populares, etcétera. Comorera propugnaba la desaparición de esos comités revolucionarios de barrio y el libre mercado. Sabía, además, que una cosa implicaba la otra, y que, sin la supresión de los comités de defensa, el libre mercado sería una quimera.

Bonet intentaba, pese a todo, mediar una solución para evitar la confrontación directa con Comorera. Por una parte, culpaba a Vachier de la falta de entendimiento entre la consejería y los comités; y por otra, proponía que se diera entrada en los comités de barrio, que eran cien por ciento cenetistas, a un porcentaje de ugetistas, que situaba en el treinta por ciento.

Bonet preguntaba, un tanto inocentemente: “¿Por qué han de disolverse estos almacenes de distribución? ¿Para formar otros?”; para proseguir algo más realista, pero tan iluso como antes: “¿Es que el acierto de la política de Abastos que quiere seguir Comorera la puede demostrar dando un mitin y tratando de “gángsteres”, de “agiotistas”, de “parásitos” y “cobardes” a los que tiene que colaborar con él”. Bonet aún creía, pues, que se podía colaborar con Comorera, cuando en ese discurso del Price ya había anunciado, claramente, que pretendía suprimir todos los comités, empezando por los comités de defensa.

El estalinismo era un fenómeno nuevo, difícil de comprender y asimilar, y, por eso mismo, Bonet no podía creer que en la UGT, otro sindicato “obrero” en la mentalidad cenetista, no surgieran voces de concordia con la CNT, que rechazaran a Comorera: “No son horas de discursos. No son horas de echar las culpas a nadie: falta el pan, y hay que buscarlo. Sin pan no habrá UGT, CNT, Comorera, ni consejero alguno que pueda contener al pueblo, las mujeres con sus hijos en brazos pidiendo pan, pues nosotros, siempre con ellas, sabremos encontrar a los responsables, si es que los hay”.

Y sin embargo, pese a la retórica populista de Bonet, ya habían empezado manifestaciones de mujeres, pidiendo “más pan y menos comités”, al mismo tiempo que enarbolaban otras consignas del PSUC.

Bonet terminaba su comunicado desmintiendo la existencia de esos 1200 burócratas, que Vachier atribuía a los comités de barrio, y con un llamamiento a la colaboración y al respeto mutuo, que los meses siguientes demostrarían que era imposible: “es intencionadamente falso lo dicho por Vachier y referente a los 1200 burócratas, y que esta Comisión no aceptaría dirección alguna del consejero y que sean los agiotistas del momento […] Y lamentamos sinceramente que se produzcan estos hechos, cuando todos deberíamos ir unidos por el objetivo común, que no puede ser otro sino COLABORACIÓN y respeto los unos a los otros”.

El artículo estaba firmado por P. Bonet, como secretario de la Comisión de Enlace. Comorera había identificado decididamente al enemigo que quería destruir: los comités de defensa; pero éstos, aunque identificaban a Comorera como un enemigo mortal, todavía se hacían ilusiones sobre la posibilidad de colaboración entre UGT y CNT, porque creían firmemente que se trataba del entendimiento entre trabajadores de base.

Aún no habían comprendido que la guerra del pan, propulsada por Comorera, prefería el desabastecimiento de Barcelona a que se conservara el mínimo poder de los comités de barrio. El único objetivo que se habían propuesto los estalinistas del PSUC era la destrucción de todos los comités de barrio, aunque ello supusiera la falta de pan.

Fundamentos económicos y políticos de la guerra del pan.

Un abastecimiento racional, previsor y suficiente de Barcelona, y Cataluña, hubiera supuesto ceder a las pretensiones del Consejero de Economía cenetista, Joan P. Fábregas, que batalló inútilmente de septiembre a diciembre de 1936, en las reuniones del Consejo de la Generalidad, por conseguir el monopolio del comercio exterior, ante la oposición del resto de fuerzas políticas. Mientras tanto, en el mercado de cereales de París, diez o doce mayoristas privados catalanes competían entre sí, encareciendo las compras. Pero ese monopolio del comercio exterior, que ni siquiera era una medida de carácter revolucionario, sino sólo apropiada a una situación bélica de emergencia, atentaba contra la filosofía del libre mercado, propugnada por Comorera.

Había una relación directa entre las colas del pan en Barcelona y la irracional competencia de los mayoristas privados en los mercados europeos de cereales, armamento o materias primas. Es muy curioso que la historiografía oficial subraye que el 17 de diciembre de 1936, tras una crisis de gobierno provocada por el PSUC, se expulsó del Gobierno al poumista Nin, por su denuncia del estalinismo; pero en cambio apenas comenta que también se expulsó al cenetista Fábregas, impulsor nada más y nada menos que del Decreto de Colectivizaciones y Control Obrero, aprobado el 24 de octubre.

La salida de Fábregas del gobierno supuso que ese Decreto de Colectivizaciones no sería desarrollado por su impulsor, sino por Tarradellas y Comorera, que lo desvirtuaron y manipularon hasta lo inimaginable, convirtiéndolo en un instrumento de dominio de la economía catalana, y de todas las empresas colectivizadas, por la Generalidad. La Generalidad podía nombrar un omnipotente interventor-director a su gusto, y sobre todo tenía el poder de hundir a aquellas empresas díscolas o reacias a someterse, mediante la retirada de la financiación para pagar salarios o comprar materias primas, sin las cuales las empresas se veían abocadas a una total parálisis.

La eliminación de Fábregas supuso además la desaparición del principal defensor de establecer ese necesario monopolio del comercio exterior, que fue sustituido por el libre mercado. Comorera tenía vía libre para imponer la dictadura de los tenderos, enriquecidos con el hambre de los trabajadores.

El programa estalinista, fundamentado en esa defensa de los intereses burgueses, y en la defensa de un Estado fuerte, capaz de hacer cumplir los decretos y de ganar la guerra, convirtió al PSUC en la vanguardia de la contrarrevolución.

Conclusiones

La pugna entre el PSUC y la CNT, de diciembre de 1936 a mayo de 1937, fue un conflicto ideológico, pero ante todo el enfrentamiento de dos políticas opuestas de abastecimiento y gestión económica de la gran urbe barcelonesa.

Comorera, desde la Consejería de Abastos, priorizaba el poder del PSUC al abastecimiento del pan o la leche a la ciudad de Barcelona. Mejor sin pan ni leche, que un pan y una leche suministrados por sindicatos de la CNT. Hambre y penurias de los barceloneses eran el precio a pagar por el incremento del poder del PSUC y de la Generalidad, en detrimento de la CNT.

El hambre de los trabajadores fue causada por la maniobra consciente de los partidos burgueses y contrarrevolucionarios, desde ERC hasta el PSUC, para debilitar y derrotar a los revolucionarios. A ese proceso le hemos denominado guerra del pan.

El desarme de los trabajadores era el objetivo fundamental de esos partidos. También los comités superiores libertarios vieron en los comités de barrio a sus peores enemigos, cuando éstos se negaron a acatar los decretos de desarme pactados con el gobierno.

A finales de abril, los comités revolucionarios desbordaron a los comités superiores cenetistas. La insurrección de los trabajadores, en Mayo de 1937, no fue derrotada militarmente, sino políticamente, cuando los líderes anarcosindicalistas dieron la orden de alto el fuego.

El hambre y el desarme eran los dos objetivos necesarios para el inicio del proceso contrarrevolucionario, que desencadenó toda su fuerza represiva contra los militantes cenetistas y las minorías revolucionarias en el verano de 1937.

Agustín Guillamón

Libros de Agustín Guillamón

  • Barricadas en Barcelona. Tercera edición por Dskntrl
    (Publicado en francés en Spartacus)
  • Los comités de defensa de la CNT en Barcelona (1933-1938). Cuarta edición en Aldarull/Dskntrl.
    (Publicado en inglés (AK Press), italiano (Gatto rosso) y francés (Coquelicot)
  • Los Amigos de Durruti. Historia y antología de textos
    Aldarull/Dskntrl
  • El terror estalinista en Barcelona (1938)
    Aldarull/Dskntrl
  • Espagne 1937: Josep Rebull. La voie révolutionnaire
    (Sólo en francés, en Spartacus)
  • TRILOGÍA sobre:
    Hambre y violencia en la Barcelona revolucionaria”:
  • 1.- La revolución de los comités. Aldarull/El grillo libertario, 2012.Segunda edición corregida. El grillo libertario, 2014.
  • 2.- La guerra del pan Aldarull/Dskntrl, 2014).
  • 3.- La represión anticenetista y el asalto a Los Escolapios (En preparación).

Los pedidos de libros a Ediciones Dskntrl pueden hacerse a este e-mail: dskntrl_ed@riseup.net

o bien, en esta web: http://www.lamalatesta.net/advanced_search_result.php?osCsid=gbqmk4biiiukgesmcp8v6h64s1&keywords=Guillam%C3%B3n&search_in_description=1&osCsid=gbqmk4biiiukgesmcp8v6h64s1&x=9&y=10

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http://www.librairie-quilombo.org/spip.php?page=recherche&recherche=Guillamon

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