1951 Burocracia y capitalismo de Estado [Iglesias]

de Ignacio Iglesias. Publicado en La Batalla en exilio (n°102-104, 1951). Edición digital de la Fundación Andreu Nin, mayo 2002.

I

Los fenómenos nuevos no pueden ser definidos como viejos conceptos sin caer en el inevitable peligro de situarse ipso facto fuera del tiempo y del espacio de la época. Esta mentalidad estática y en el fondo conservadora, supone un retraso de décadas en la comprensión de los acontecimientos, resultando algo así como situarse de espaldas a todo cuanto la vida social ofrece de nuevo o de particular. El conservadurismo intelectual y la pereza mental, que en las más de las ocasiones se confunden e identifican, invitan al uso y abuso de los viejos cánones, al empleo de las fórmulas corrientes heredadas del pasado, al simple y vulgar encasillado, en una palabra, al esquematismo.Así, cuantas veces nos enfrentamos con el problema tan de nuestro tiempo del carácter de clase del Estado ruso, surgen en el campo mismo del movimiento obrero las voces cansinas de los aferrados a las definiciones vetustas, que sólo alcanzan vigor para anatemizar a cuantos nos negamos a compartir esa gran mixtificación que en la URSS nos ofrece el estalinismo. Por ejemplo, uno de los simpáticos pontífices del trotskismo actual ha escrito últimamente que los conceptos de capitalismo de Estado y de imperialismo soviético son ideas propias de la burguesía, compartidas poco más o menos por todos aquellos que se niegan a « prendre parti dans la gigantesque lutte de clase qui se développe a l’echelle mondiale, si ce n’est pour passer avec armes et bagages dans le camp de la bourgeoisie » (1). Este lenguaje nos es tan conocido que no nos merece mucha atención. Señalamos, no obstante, un hecho bien claro: para los trotskistas sólo existe hoy por hoy una manera de tomar partido, que no es otra que la de abrazar la causa estalinista. Muchas gracias.La primera particularidad que nos ofrece la URSS es el carácter de su burocracia. No se trata en este caso de una supervivencia del pasado, es decir, de una herencia del viejo estado zarista legada al nuevo Estado surgido de la revolución victoriosa de octubre. Los teóricos del marxismo, de Marx a Lenin, apuntaron más de una vez los peligros que suponía esa herencia, por lo que insistieron en la necesidad imperiosa de destruir el antiguo aparato burocrático. Pero nada dijeron sobre la posible eventualidad -que en la URSS se convirtió en realidad- de un renacimiento de la burocracia sobre bases nuevas, cuestión que por cierto plantearon Bakunin y el mismo Proudhon. La burocratización de la URSS no correspondió a la influencia de la burocracia del aparato estatal zarista, sino que se realizó merced a la paulatina degeneración del propio partido bolchevique. Fue, pues, la burocracia del partido, la nueva burocracia surgida en su mismo seno, la que gracias a su ejercicio del poder pudo burocratizar el Estado también nuevo. Esa degeneración del partido bolchevique es harto conocida para que merezca ser explicada. Sus causas son múltiples, la primera su abandono de toda perspectiva revolucionaria internacional para acogerse a la engañosa teoría del socialismo en un solo país, resultando esencialmente contrarrevolucionaria. Y al igual que toda contrarrevolución siguió un proceso de violencia, como atestigua la destrucción y aniquilamiento físico de los mejores cuadros del bolchevismo.

En estas condiciones no podemos atenernos a cuanto sobre los peligros de burocratización cernidos sobre todo nuevo Estado obrero han escrito los clásicos de la doctrina marxista. Mejor dicho, siendo aún válidos en general para toda revolución socialista triunfante, no lo son por lo que a la URSS en particular se refiere. El caso de este país sedicente socialista es el de una burocracia surgida en el seno del partido bolchevique, que ha llegado a dominarlo por completo así como al propio estado, con el cual se confunde. y aquí tropezamos con otra cuestión no menos actual: la de si esta nueva burocracia triunfante constituye o no una nueva clase social. Ciertos doctrinarios rebosantes de puro empirismo alegan que la burocracia no puede constituir una clase social en el lato sentido de la palabra, por el hecho de que el Estado es una superestructura política y que en buena doctrina marxista las clases sólo pueden formarse en la infraestructura económica de la sociedad. Sin embargo, esta especie de silogismo seudomarxista tampoco es valedero por lo que a la URSS respecta, dada su realidad social. ¿Es qué desde el momento en que el estado se convierte en el dueño absoluto de la economía la infraestructura económica y la superestructura política no tienden a confundirse? Habiendo destruido todo asomo de democracia obrera y libre por tanto de todo control, la burocracia se halla a horcajadas del resto de la sociedad asumiendo las funciones de las antiguas clases poseedoras y disfrutando de algunos de sus privilegios. Ante tal realidad, poco importa que los casuístas la denominen « capa social » o « casta dirigente » en lugar de nueva clase social. Para todo socialista que aspira al establecimiento de una sociedad que se encamine de veras hacia la desaparición de las diferencias sociales existentes ya la extinción del Estado, lo que cuenta en la cuestión de la URSS es que allí se ha restablecido la relación de dueño a servidor tanto ene el terreno económico como en el aspecto político. De esto el carácter eminentemente antisocialista del régimen estalinista ruso.

El triunfo de la burocracia estalinista ha tenido por tanto la significación de un cambio de régimen político y asimismo de un cambio de régimen social. Ya sé que algunos lo niegan en virtud de la existencia de una propiedad estatal de los medios de producción, del monopolio del comercio exterior y de la planificación, concediendo así el carácter socialista de la economía y el carácter proletario del Estado, si bien en situación de degeneración. Es la conocida tesis trotskista, defendida a través de los años con una constancia ejemplar. Tendremos que alegar a tal tesis que si bien la economía planificada es un elemento esencial y necesario de la construcción del socialismo, no es el único. La democracia económica y política cuentan igualmente. Pero todavía resulta más sorprendente que se olvide, al afirmar el carácter socialista de la producción y por tanto la naturaleza proletaria del Estado, cuál es la realidad de la distribución en la URSS, distribución basada en la más terrible desigualdad. En el artículo citado anteriormente, el autor reconoce el carácter antisocialista, capitalista de esa distribución. Oigámosle: « Ce sont les privilèges dans la sphère de la distribution que la bureaucratie défend avec une remarquable ferocité contre le prolétariat. Ces privilèges, dont nous avons esquissé plus haut l’origine historique, donnent un caractère capitaliste, bourgeois, aux normes de distribution sovietiques ». No nos interesa ahora el que dicho articulista haya encontrado una cita -¡oh, las citas!- de Engels para que pueda decir con toda seriedad que nada de sorprendente presenta tal hecho. Ahora bien, ¿cómo poder afirmar que las normas de distribución ofrecen un carácter capitalista, burgués, siendo la forma de producción socialista? Producción y distribución están integrados ineluctablemente en un mismo proceso económico, del cual no hay manera de separar las distintas fases. La distribución es a fin de cuentas un producto de la producción, o, como señalaba Marx, « la organización de la distribución está enteramente determinada por la organización de la producción ». De la misma manera que resultaría un absurdo risible imaginar una distribución socialista en un régimen cuya producción es capitalista no menos risible y absurdo supone el pensar en una producción socialista en un régimen cuya distribución es capitalista. Por tanto, si las formas o relaciones de distribución en la URSS no son socialistas, las relaciones o formas de producción tampoco pueden « serlo ».

Trotsky, en una de sus últimas obras, que parecen haber olvidado los epígonos trotskistas -nos referimos a La revolución traicionada-, escribió refiriéndose a la burocracia: « El hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, crea entre ella y las riquezas de la nación relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado pertenece, en cierta manera, a la burocracia. .. ». A decir verdad, toda la cuestión se reduce a esto al tratar del problema que nos ocupa. La teoría del capitalismo de Estado aplicada a la URSS de nuestros días no es tan heterodoxa como a simple vista o a los simples de vista puede parecer. Vale la pena que volvamos a insistir sobre ella.

II

Antes de establecer los rasgos que a nuestro juicio caracterizan al régimen de la URSS como capitalismo de Estado, bueno será puntualizar un poco más en la cuestión de la burocracia, aunque sólo sea para evitar todo equívoco en el empleo de un término harto genérico desde el punto de vista sociológico. En efecto, una cosa es la burocracia estalinista y otra bien distinta la clásica burocracia estatal, como distinta es la burocracia reformista en el movimiento obrero, sean cuales sean las peculiaridades comunes a todas ellas. Con esta última se emparenta por sus orígenes obreros; con aquella por su influencia sobre el Estado. y con ambas a la par por su función social conservadora, aferradas todas a la defensa de sus privativos privilegios.En el régimen capitalista, la burocracia del Estado fue adquiriendo un extraordinario desarrollo hasta llegar a constituir una de las palancas fundamentales de dominio de la clase imperante y formar un poder dentro del propio Estado. Esta influencia de la burocracia estatal es mayor a medida que los regímenes de fuerza se extienden y fortalecen, es decir, que el Estado acrecienta su intervención tanto en el dominio político como en el terreno económico. El burócrata, liberado por otra parte de las consecuencias de la oferta y la demanda de trabajo dado el carácter inamovible de su cargo, aparece soldado al régimen, identificado con él, defensor por tanto de su continuidad. La burocracia se convierte así en una casta con intereses opuestos a los del proletariado. Como ya hemos dicho, supone ni más ni menos la continuidad del régimen capitalista. Por eso, por el significado retrógrado de su función, los clásicos marxistas han insistido en la necesidad de destruir la maquinaria del Estado y pulverizar la burocracia para poder llevar a feliz término la revolución social. Refiriéndose a la experiencia de la Commune, Engels escribió: « Para evitar esta transformación del Estado de servidor en dueño de la sociedad, la Commune empleó dos medios infalibles. Primero, sometió todos los puestos de la administración, de la justicia y la enseñanza a la selección, elegidos por sufragio universal de los interesados. En segundo lugar, no retribuyó estos servicios, tanto superiores como inferiores, más que con el salario igual al que recibían los otros trabajadores ». A decir verdad, todavía no existe otro procedimiento para terminar con el gran peligro de la burocracia en el Estado.El problema de la burocracia en el movimiento obrero es otro, por ser otra su función y distintos sus orígenes. Surgió del propio seno del proletariado, en el proceso de desarrollo grandioso de sus organizaciones sindicales y políticas, aprovechándose luego de su posición privilegiada para transformarse en una casta especial parasitaria. Nuestro camarada Andrade estudió hace años en todo detalle (2) la ideología, psicología, métodos y procedimientos de la burocracia reformista.Su ideología ha sido siempre la política de reformas sociales conseguidas paulatinamente por la acción política y legal, hasta llegar a la emancipación económica. Lo que llegó es sabido de todos. No obstante, por causas que no son del caso señalar por
conocidas, esta burocracia continúa ejerciendo a través de sus fracasos históricos demasiado evidentes una influencia nada desdeñable, hasta ser uno de los grandes obstáculos que el proletariado revolucionario encuentra aún en su camino y motivo principal de la derrota de no pocas revoluciones. Con razón se ha dicho que la ausencia de ese peso muerto que es la burocracia reformista fue sin duda la gran ventaja que los bolcheviques encontraron en su marcha hacia el poder. En cambio, el proletariado alemán, el austriaco, el de tantos otros países, sucumbió por culpa precisamente de la burocracia sindical: llegada la hora de la lucha por su propia existencia, ese grandioso movimiento obrero, roído por sus burócratas, se evidenció como un gigante con pies de barro. Su desmoronamiento frente al fascismo resultaría cómico si no hubiese sido trágico.

En la URSS de nuestros días nos hallamos no ante la antigua clase dirigente, la burguesía, sino ante una clase nueva y original, la burocracia estalinista, surgida del seno mismo del partido bolchevique y de innegable origen obrero. No se trata, cual es fácil comprender, ni de la burocracia estatal heredada del derrocado régimen zarista, que fue destruida, ni tampoco de la burocracia reformista procedente del movimiento obrero ruso, que no existía. Esta originalidad tiene que ser tenida en cuenta para poder comprender la realidad del fenómeno. Su semejanza con aquellas, repetimos, es incompleta, siendo al contrario de ellas una nueva formación social extremadamente poderosa que detenta todo el poder. La burocracia estalinista es no sólo fruto de lo que el marxista yugoslavo Djilas denomina « tendencias burocráticas engendradas inevitablemente por la dictadura del proletariado », sino más concretamente consecuencia de la burocratización del partido bolchevique y de la liquidación de la dictadura del proletariado en beneficio de la dictadura particular de dicho partido. La cuestión que entonces se plantea es ésta: ¿ Cómo una organización que aparecía como la más reciente manifestación del movimiento revolucionario ha podido degenerar de tal forma? La respuesta, a nuestro juicio, hay que buscarla tanto en el carácter particular de la Rusia zarista, que facilitó la formación del partido bolchevique, como en las características propias que desde el primer momento tomó ese mismo partido, centralizado hasta el exceso, militarizado por decirlo así, dirigido siempre por una minoría de revolucionarios profesionales y sin una participación directa y activa de sus militantes, menos todavía de la clase obrera. En su Stalin señala Trotski como esa inclinación del bolchevismo hacia la centralización reveló pronto sus aspectos negativos. y Rosa Luxemburgo, en su polémica con Lenin sobre cuestiones de organización, denunció los graves peligros de ese centralismo a ultranza, caro a los bolcheviques.

La burocratización del partido bolchevique, una vez este en el poder, , encontró el terreno abonado merced a diversos factores interiores y exteriores, pero gracias también a su propia contextura interna. El estalinismo no cayó del cielo, ni nació por generación espontánea; fue la expresión más genuina del triunfo de la burocracia en el partido y por tanto en el Estado. Los trotskistas estimaron durante bastantes años que el desarrollo mismo de la economía « socialista » liquidaría en la URSS la preponderancia de la burocracia al desenvolverse la democracia obrera. La realidad fue otra, puesto que con el formidable desarrollo de la economía rusa a través de los planes quinquenales la burocracia encontró la base real de su poder, liquidando al propio tiempo todo vestigio de democracia obrera. Trotski hubo de reconocer más tarde que el derrocamiento de la
burocracia estalinista sólo podría obtenerse mediante una insurrección revolucionaria, lo cual era reconocer implícitamente que dicha burocracia no era un simple tumor pasajero, sino un nuevo órgano, una clase nueva. Sin embargo, Trotski quiso aguardar a que la segunda guerra mundial diera una respuesta definitiva a este problema. Y escribió estas líneas fundamentales: « Si esta guerra provoca, como lo creemos firmemente, la revolución proletaria, conducirá de manera inevitable al derrumbamiento de la
burocracia en la URSS ya la regeneración de la democracia soviética sobre una base económica y cultural mucho más elevada que en 1918. En este caso, la cuestión de saber si la burocracia estalinista es una clase o un tumor en el Estado obrero, se resolverá por sí misma… Si se admite, empero, que la presente guerra no provocará la revolución sino la decadencia del proletariado, queda el otro aspecto de la alternativa: putrefacción continua del capitalismo monopolista, su fusión cada vez mayor con el Estado y el reemplazamiento de la democracia, donde aún es mantenida, por el régimen totalitario. La incapacidad del proletariado para tomar en sus manos la dirección de la sociedad podría realmente conducir en estas condiciones a la aparición de una nueva clase explotadora surgida de la burocracia bonapartista y fascista… Si el segundo pronóstico se evidencia exacto, la burocracia, desde luego, se convertirá en una nueva clase explotadora » (3).

La burocracia estalinista se ha convertido en una nueva clase explotadora, por lo que en este caso la denominación de burocracia no resulta ya exacta desde el punto de vista sociológico, aceptándose sólo por falta de otra más adecuada y gráfica. Integrada por los cuadros del partido y los sindicatos, por los dirigentes estatales, por los directores de industria, administradores y técnicos, por los magistrados, policías y militares, por los artistas y los intelectuales, es decir, por todos los detentadores del poder y privilegiados del régimen, la nueva clase social rusa constituye aproximadamente el 15% de la población total, minoría explotadora, devoradora de plusvalía. Así como ha sucedido con las demás clases en el período primero de su formación, aparece abierta a los ambiciosos y carreristas, a los jóvenes deseosos de crearse una posición, formando no obstante un círculo que se estrecha para la mejor defensa de sus privilegios. (El yugoslavo Maxo Batche, en un artículo en el que pasa revista a la situación actual de las ciencias y las artes en la URSS, cita casos muy curiosos, reproducidos todos de publicaciones oficiales. En una reunión de músicos soviéticos, para aplicar una resolución del C.C. del P.C., uno de ellos habló así: « Me permitiré hacer una proposición. Tal vez no será aceptada, pero a pesar de esto considero que es necesario hacerla. Es preciso estipular que el que entre en el Comité se comprometa a no usar de privilegio alguno. Esto está ligado, por ejemplo, a la cuestión de los premios Stalin. Es necesario que la entrada en el Comité no facilite la obtención del premio Stalin ». Otro, en la misma discusión, señaló que « lo más característico… es la tendencia a concentrar todos los puestos dirigentes en manos de un número restringido de personas »). La nueva clase social rusa nos e siente inclinada en modo alguno a repartir muy ampliamente sus privilegios.

La burocracia estalinista nos aparece como una nueva formación histórica, sin querer decir con esto que la sociedad haya de pasar en todos los países por este estadio. El ejemplo ruso puede repetirse en no importa dónde, pero aún siendo posible no resulta inevitable. Una última cuestión se impone: ¿Es que tal vez habrá de reconocérsele un papel progresivo? Rotundamente, no. Todos los éxitos de la industrialización de la URSS, que por cierto han fortalecido su poder, no corresponden a la burocracia sino que son una consecuencia todavía de la herencia de la revolución. Incluso puede afirmarse que la burocracia estalinista, en tanto que tal, ha venido frenando el desarrollo de la URSS. Lo mismo que toda burocracia en general, su función es conservadora, regresiva.

III

La burocracia, tal como ya hemos señalado, juega en nuestro tiempo un papel importantísimo, tendiendo a encarnar en cierta forma el capital en su fase postrera de evolución. Esto sirve tanto para la burocracia estalinista, que ha exterminado las antiguas clases dirigentes y ocupado su lugar, o, mejor dicho, para ser más verídicos, que ha usurpado la herencia de la revolución de octubre, como para la burocracia económica de los países capitalistas, que se fusiona cada día más con las clases poseedoras en lugar de destruirlas. Lo que a fin de cuentas facilita esta especie de trastrueque o cambio de poderes en el mundo capitalista es el creciente proceso de concentración del capital; en Rusia el proceso ha sido otro, por haber encontrado la burocracia estalinista el camino expedito merced a la estatización llevada a cabo por la revolución.Marx había indicado que la tendencia profunda que determina toda la evolución de la economía capitalista es la concentración de capital. De esta particularidad se deduce que un tal proceso de concentración, salvo si se ve interrumpido por la revolución socialista, tiene un solo y único límite teórico: la concentración a la escala mundial de todo el capital en manos de un grupo de poseedores. Ahora bien, en la fase actual de la sociedad esta concentración total de la economía supone ineluctablemente la fusión del estado y del capital. Conocidos son los párrafos de Engels en que de manera casi profética preveía el capitalismo de Estado como estadio supremo del capitalismo. En su Anti- Duhring puede leerse: « A un cierto grado de desarrollo esta forma incluso -la forma de explotación capitalista- no es ya suficiente: el representante oficial de la sociedad, el Estado, es obligado a tomar la dirección ». « Es solamente en el caso en que lo medios de producción o de comunicación escapan realmente, por su crecimiento desmesurado, a las direcciones de las sociedades por acciones, es solamente entonces cuando la estatización se hace económicamente inevitable… ». Si el Estado nos aparece hoy día como un patrono que participa en empresas privadas y que además organiza el proceso de producción, es debido a que los propios capitalistas se ven desbordados en sus funciones por la expansión de las fuerzas productivas y las contradicciones de su régimen. La evolución de esas fuerzas productivas puede establecerse « grosso modo » así: régimen de libre concurrencia en el siglo XIX, de concentración monopolista en la primera mitad del siglo XX, y, finalmente, de concentración estatal en la segunda mitad de nuestro siglo.La tendencia acusadísima del capitalismo hacia la estatización, hacia su transformación en capitalismo de Estado, fue señalada por los marxistas de todos los tiempos, de Engels a Lenin pasando por Bujarin y otros. Lo que en el primero fue intuición genial, resultó en los demás constatación de la experiencia ofrecida por la primera guerra mundial. Efectivamente, fue entonces cuando la intervención del estado en el dominio económico apareció como una realidad de trascendentales consecuencias, sobre todo en Alemania, donde se desarrolló lo que entonces dio en llamarse « socialismo de guerra ». Las necesidades de la guerra, como notaba Bujarin, empujan a la burguesía hacia una nueva forma de capitalismo, a la estatización de la producción y de la repartición ya la abolición definitiva del antiguo individualismo burgués. En una de sus obras de aquella época, el mismo Bujarin escribió: « Los establecimientos de Estado y los monopolios privados se fusionan en el seno del trust capitalista nacional. Los intereses del Estado y los del capital financiero coinciden sin cesar cada vez más. Del otro lado, la enorme tensión de la concurrencia en el mercado mundial exige del estado un máximo de centralización y de poder. Estas dos causas, por una parte y razones fiscales por otra, son las que constituyen los principales factores de la estatización de la producción dentro del marco capitalista » (4). ¡Lenin llevó la afirmación más lejos al escribir diferentes veces que el capitalismo monopolista se había transformado durante la guerra de 1914-1918 en capitalismo de Estado. En fin, en el Manifiesto del I Congreso de la Internacional Comunista puede leerse: « La estatización de la vida económica… es un hecho realizado. Volver, no ya a la libre concurrencia, sino solamente a la dominación de los truts… es en lo sucesivo imposible. La cuestión es únicamente la de saber quien será el que tomará la producción estatizada: el Estado imperialista o el Estado del proletariado victorioso ». La estatización de la vida económica no era aún un hecho realizado, pero la perspectiva era esa. La crisis mundial de 1929 y la segunda guerra mundial impulsarían todavía más esa evolución.Hilferding (5) estimaba que podía concebirse como económicamente posible el establecimiento de un cartel universal que dirigiera la totalidad de la producción y suprimiera así las crisis, pero que desde el punto de vista social y político tal perspectiva es irrealizable a causa del antagonismo de intereses que ese cartel único llevaría a un último extremo. Este juicio es justo en la medida en que aparece opuesto al criterio adelantado por Kautsky, que concebía un superimperialismo fruto de un acuerdo pacífico entre los diversos carteles existentes. Pero Hilferding no tiene en cuenta la posibilidad de un cartel universal fundido en un capitalismo de Estado nacional que haya ido eliminando violentamente a los de otros países más débiles, con tendencia pues a convertirse en un capitalismo de Estado de carácter más o menos mundial. Una vez más, a trueque de cansar al lector con nuestras citas, recurriremos a Bujarin, que escribió:  » Así, pues, el porvenir pertenece, mientras se mantenga el capitalismo, a formas vecinas al capitalismo de Estado. Esta evolución posterior de los truts capitalistas nacionales que la guerra acelera en grado muy elevado, repercutirá a su vez sobre la lucha mundial que éstos sostienen… Las tendencias monopolizadoras en el seno de cada cuerpo nacional han provocado inmediatamente otras semejantes de conquista hacia fuera, lo que ha agravado de modo singular la concurrencia y las formas en que se presenta. A esto ha venido a agregarse todavía el proceso acelerado de reducción del campo de actividad capitalista que quedaba libre. No es dudoso, de este modo, que el provenir próximo sea fértil en conflictos violentos y que la atmósfera social no cese de estar saturada de una amenaza permanente de guerra ». Si la economía mundial camina directamente hacia una concentración total y si, como es lógico suponer, esta evolución no se detendrá en la etapa actual, el último y más decisivo problema que se presenta es su unificación final en tomo a un solo grupo. No obstante, esa perspectiva final entra más en el dominio de la teoría que en el de la práctica, más en el terreno de la hipótesis que en el de la realidad.

Mucha gente, particularmente en el movimiento reformista, ha visto en la estatización los prolegómenos del socialismo. El estalinismo ha ido más lejos, puesto que trata de presentar la estatización en Rusia como sinónimo de socialismo. Sin embargo, jamás nadie en el campo marxista consideró que la posesión por el Estado de los medios de producción equivaliese a la abolición de la explotación. Ese formalismo que se apoya en la propiedad estatal, muy de nuestro tiempo, para afirmar el carácter « socialista » de la economía rusa, no era compartido por los clásicos marxistas. Engels insistió en que « ni la transformación en sociedades por acciones, ni la transformación en propiedad del Estado, arrebata a las fuerzas productivas la calidad de capital… Cuanto más el Estado se apropia de las fuerzas productivas, más se convierte en un verdadero capitalista colectivo, más explota a los ciudadanos. Los trabajadores continúan siendo asalariados, proletarios ». Bujarin puntualizó mejor: « La estructura de la sociedad en capitalismo de Estado supone aún, además de! la agravación dela situación de la clase obrera, su esclavización efectiva al Estado imperialista. Ya antes de la guerra, los empleados y obreros de las empresas del Estado estaban privados de cierto número de derechos elementales: derechos de organización, de huelga, etc. Falta poco para que una huelga de ferrocarriles o de correos no sea considerada como un crimen de Estado. La guerra ha agravado todavía más la sujeción de estas clases a sus dueños. El Código Penal se aplica a toda la vida de producción en la medida en que el capitalismo estatal concede una importancia de Estado a la casi totalidad de las ramas de producción y en que éstas son puestas al servicio de la guerra. Los obreros no son libres de desplazarse, no tienen derecho a la huelga, ni el de pertenecer a los partidos llamados anticonstitucionales, ni el de elegir los establecimientos en donde desean trabajar, etc. Se encuentran transformados en siervos pertenecientes, no a la gleba, sino a la fábrica. Se convierten en los esclavos blancos del estado concusionario imperialista, que absorbe en el seno de su organización toda la vida de la producción ». ¡Estupenda fotografía del capitalismo de Estado bajo régimen fascista o estaliniano!

El capitalismo de Estado no tiene nada de socialista, puesto que conserva las categorías de todo capitalismo. Mantiene la producción de las mercancías que sufren las leyes del valor de uso, del valor de cambio, de la plusvalía y del beneficio. La división en clases continúa en vigor, subsistiendo pues la explotación y el asalariado, acentuándolos incluso; hasta las leyes de la acumulación juegan como antes. Estos rasgos del capitalismo de Estado son fácilmente discernibles en Rusia, país que ha llegado al capitalismo de Estado por caminos distintos a los demás. No hay que olvidar que la burocracia estalinista encontró ya colocados los sillares sobre los cuales había de asentarse el régimen actual, es decir, la estatización de los medios de producción y de distribución. Esto hizo que el proceso de concentración de capital resultase más rápido y sobre todo más fácil. En términos socialistas la estatización de las fuerzas productivas no es la solución, pero sí facilita esa solución. Dicho de otra manera: la revolución socialista tiene que convertir la propiedad individual en propiedad estatal, pero a condición de que el Estado se encuentre en manos de los trabajadores. Sin esta condición última no existe socialismo posible. La revolución rusa cumplió la primera condición y estuvo a punto de realizar la segunda, pero desde el momento en que el Estado pertenece a la burocracia, el régimen económico no es el socialista sino el de un capitalismo de Estado. Sus « accionistas » son los privilegiados, los altos funcionarios a los que el obrero ruso designa con el gráfico nombre de « sovbour », es decir, burgués soviético. Racovski, antes de su capitulación y allá por el año 1928, escribió un estudio sobre la burocracia en el que decía: « La posición social del comunista que tiene a su disposición un coche, un buen alojamiento, vacaciones regulares y que recibe el máximo de sueldo fijado por el partido difiere de la del comunista que, trabajando en las minas, gana de 50 a 60 rublos por mes ». La propiedad individual no existe, se nos arguye -aunque sería cosa de preguntar el por qué del restablecimiento de la herencia-, pero las relaciones de propiedad no son características principales, sino secundarias en un orden económico. En cambio las relaciones de producción entre el proletariado y la burocracia son en Rusia relaciones capitalistas, ya que ésta última por intermedio del Estado posee y se apropia de los medios de producción. Lo que comenzó siendo una diferenciación funcional, luego social, acabó por ser una diferenciación de clase.

Si bien la forma económica estatal es superior es superior a la individual, sería absurdo deducir que el capitalismo de Estado es una etapa necesaria en la evolución de la sociedad. El capitalismo fue un progreso porque supo desarrollar las fuerzas productivas hasta un límite inimaginable en el período artesanal; pero el capitalismo de Estado supone por sí mismo una cierta madurez de la organización productiva que hace que las condiciones objetivas de una forma social, el socialismo, se den plenamente. La cuestión de un capitalismo de Estado, sobre todo a la escala mundial, depende de la relación de las fuerzas sociales en lucha. O el proletariado vence o verá sus perspectivas socialistas cerradas por largos años.

IV

Tratar de definir el régimen de la URSS por lo que proclaman urbi et orbi sus apologistas oficiales, sería lo mismo que intentar comprender la sociedad burguesa por lo que se lee en la Declaración de los Derechos del Hombre. La terminología estalinista encierra, al fin y al cabo, pareja mistificación que la ofrecida en el vocabulario al uso y abuso de los ideólogos del capitalismo. Afortunadamente el marxismo enseña a descubrir las verdaderas relaciones sociales ocultas las más de las veces por las ficciones legales.Poner al descubierto la verdadera realidad social de la URSS de nuestros días es el deber de todo socialista interesado en no dejarse engañar por ficciones ni por fórmulas caducas. y no solo descubrir esa verdadera realidad social sino asimismo y sobre todo sacar las consecuencias obligadas, no quedándose a medio camino cual les ha sucedido y les sucede a los trotskistas. La teoría del capitalismo de Estado en Rusia -teoría que indudablemente presenta ciertas dificultades de índole ideológica, por no presentar el carácter concreto, definido y general que, por ejemplo, presenta el capitalismo- jamás fue aceptada por Trotski, ni tan siquiera como tema de discusión, por entender que no pasaba de ser una disquisición teórica más, sin posibilidad de realización práctica en virtud de las contradicciones que devoran al capitalismo, y, sobre todo, creemos nosotros, por descartar radicalmente su propia concepción de Estado obrero degenerado. »Las tentativas de presentar la burocracia soviética como una clase capitalista de Estado -escribió en La Révolution trahie– no resisten visiblemente la critica. La burocracia no tiene ni títulos ni acciones ». ¿No es esta una forma de esquivar el meollo del problema? El hecho indiscutible es que los medios de producción en la URSS pertenecen al Estado y el Estado, que es el instrumento de coerción de la clase dominante, está en manos de la burocracia. Trotski lo manifiesta en la citada obra: « Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado pertenece en cierta manera a la burocracia ». Por otra parte si tenemos, siempre según Trotski y de acuerdo con un concepto que pertenece a Marx y al marxismo, que « el carácter de la economía depende enteramente del carácter del poder », y que el poder en la URSS está en manos de la burocracia, llegaremos a la ineluctable conclusión de que el régimen ruso puede y debe ser definido como el de un capitalismo de Estado y la propia burocracia como una nueva clase social.La formación del capitalismo de Estado en la URSS, dadas las condiciones específicas del país, no ha podido seguir el mismo proceso que el capitalismo de Estado alemán en el pasado reciente, o el seguido por otros países en la actualidad. El capitalismo de Estado en la URSS no ha sido consecuencia de la evolución del capital financiero y su creciente fusión con el Estado, sino más bien del retraso del país y del aislamiento en que quedó la revolución rusa como consecuencia de la derrota del proletariado internacional en la anterior posguerra. Estos dos hechos fundamentales obligaron al régimen soviético a ponerse a realizar las tareas que la burguesía zarista no había realizado, en situación muy particular y bajo la égida de un partido fundido al Estado que al irse desprendiendo paulatinamente de toda tutela de los trabajadores terminó por convertirse en un capitalismo de Estado, definitivamente en manos de la burocracia, nueva clase dominante. Esta nueva clase dominante controla por completo los medios de producción. El Estado, como queda dicho, le pertenece cual si fuera una propiedad privada. Dispone como quiere, repetimos, de los medios de producción sin consideración hacia los intereses de las masas trabajadoras y campesinas, que explota de diversas maneras; dispone a su antojo del fondo social para reproducción e inversiones; guarda para sí una parte, que constituye el real monopolio de la plusvalía; y tiene el control absoluto de los precios, de la tasa de salarios y de la distribución, disponiendo así de otra parte considerable de la plusvalía. El proletariado ruso se encuentra pues en situación social semejante al de los países capitalista y su posición es todavía peor por no disponer de los medios de lucha que ofrecen los sindicatos y partidos obreros. A decir verdad, la sola diferencia entre el capitalismo privado y el capitalismo de Estado en la URSS es que los capitalistas controlan los medios de producción a través de la propiedad privada y la burocracia rusa merced a su aparato administrativo; cada capitalista controla sus medios de producción individualmente, mientras que la burocracia domina los medios de producción colectivamente gracias a una organización jerarquizada.La Constitución estalinista de 1936 y el revisionismo llevado a cabo en el dominio de la ciencia económica por los teóricos rusos -los Leontiev y tutti quanti-, tiende a legalizar jurídicamente un tal estado de cosas. La existencia en la URSS de una clara diferencia de clases, basada en una jerarquía funcional que sitúa a un lado a los trabajadores y al otro a los dirigentes industriales, a los koljosianos millonarios, a los jefes políticos ya la élite intelectual en general, se expresa actualmente en el plano económico mediante la fórmula « cada uno según sus medios ya cada uno según su trabajo », que ha sustituido a la tradicional fórmula marxista « cada uno según sus capacidades ya cada uno según sus necesidades ». Como muy acertadamente señaló la economista Dunayevskaya, los trusts, carteles y combinados soviéticos, así como las empresas aisladas, se rigen según los principios de la contabilidad del precio de coste. Los precios de los bienes se basan en los costes de producción integrales, comprendidos los salarios, los precios de las materias primas, los gastos de dirección, las cargas de amortización, el interés, más un beneficio planificado y los diferentes impuestos para el entretenimiento del Estado. Crédito garantizado, interés, letras de cambio, cheques, billetes, aseguramiento, etc. son instituciones indispensables del funcionamiento de la industria soviética (6). La existencia de estas categorías se justifica en la URSS con el principio revisionista de que la ley del valor, en su acepción marxista, funciona asimismo en régimen socialista. La taumaturgia estalinista no conoce límites. y sin embargo, no obstante toda esa seudociencia económica de los parlanchines al servicio de la burocracia, el marxismo sigue y seguirá afirmando que la ley del valor supone el concepto de trabajo enajenado y por consiguiente, el de plusvalía.

Hay quien nos repite la lección de que todo lo enumerado es inevitable en una economía de transición entre el capitalismo y el socialismo, que las categorías económicas heredadas del capitalismo -valor, mercancía, dinero, renta, etc.- no pueden ser abolidas de la noche a la mañana y que « se van extinguiendo a medida que se instaura, a un muy alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, una economía para la necesidad, una producción exclusiva de valores de uso, fuera de todo antagonismo social. Su extinción acompaña la de las clases y la del estado (7). Verdad… a medias, que ya no es tal verdad. Porque es ignorar o aparentar ignorar que el proceso seguido por la URSS es justamente el opuesto al citado. Tales categorías se refuerzan cada día más en vez de extinguirse, por el simple hecho de que se re fuerza la división de clases y el Estado totalitario. Trotski lo ha afirmado categóricamente en La Révolution trahie: « Cualquier interpretación que se dé respecto a la naturaleza del estado soviético, una cosa es innegable: al final de sus veinte años primeros, está lejos de haberse extinguido, ni siquiera a empezado a extinguirse; peor aún, se ha convertido en un aparato de coerción sin precedentes en la historia », « El régimen había adquirido un carácter totalitario varios años antes de que la palabra viniese de Alemania », ¡Y esto fue escrito hace ya cerca de quince años!

Ciertos sofistas de por acá se consuelan teorizando sobre la estatización de los medios de producción y la consiguiente inexistencia de la propiedad privada. Una vez más me permito citar a Trotski, no con malévola intención sino por la autoridad de sus palabras: « Puede parecer que ninguna diferencia existe desde el ángulo de la propiedad privada de los medios de producción entre el mariscal y la doméstica, el director de trust y el peón, el hijo del Comisario del Pueblo y el joven vagabundo. Sin embargo, unos ocupan hermosos pisos, disponen de varias casas de campo en diversos rincones del país, tienen los mejores automóviles y desde hace mucho tiempo ya no saben lo que es limpiarse los zapatos; los otros viven en barracas generalmente sin tabiques, se han familiarizado con el hambre y no se limpian los zapatos porque andan con los pies descalzos. El dignatario estima que esa diferencia es despreciable. El peón, no sin razón, la encuentra fundamental ». ¿Qué necesidad, pues, puede sentir la burocracia de restablecer la propiedad privada? Como muy bien señaló no recuerdo quien, la burocracia prefiere conservar en su poder la gallina y no repartirse unos cuantos huevos. Con el Estado en sus manos, se asegura una parte importantísima de la riqueza nacional mediante elevadísimos sueldos y numerosas ventajas de toda índole, dado que el progreso social se realiza en la URSS en función de los intereses exclusivos de la nueva clase dominante. y si bien es cierto que ninguna cifra se ha ofrecido oficialmente -la burocracia siente horror hacia la estadística seria y científica, que ha reducido a despreciables consignas de propaganda-, no pudiendo por tanto evaluar con certidumbre la parte de que se apropia, sin embargo su importancia tiene que ser enorme si se tiene en cuenta, siempre según expresión de Trotski, que « por la envergadura de la desigualdad en la retribución del trabajo, la URSS ha alcanzado y ampliamente superado a los países capitalistas. ¿Cuántos trabajadores saben, verbigracia, que el salario medio de un obrero ruso no llega a 3.000 rublos por año, mientras los presidentes y vicepresidentes de la Unión y del Consejo de las Nacionalidades reciben 300.000? Lejos estamos de la reivindicación que Lenin lanzó en sus famosas tesis de abril: « Los sueldos de los más altos funcionarios no deben superar el salario medio de un buen obrero ». Es la distancia que media entre la revolución socialista y el nuevo régimen de explotación estalinista.

Sólo la superficialidad, la tontería o el empecinamiento pueden argüir que el reparto de bienes es un factor secundario o de segundo plano en comparación con la producción, que los empecinados, tontos o superficiales juzgan socialista en razón de su planificación. Es decir, el modo de producción es bueno, si bien el de reparto es malo. Algo por el estilo, referente al sistema capitalista, le sucedió a aquel profesor Duhring al que Engels tapó la boca, diciéndole entre otras cosas que ni tan siquiera había llegado a comprender la relación necesaria existente entre producción y reparto. Pero aún admitiendo la necesidad de la desigualdad durante un tiempo más o menos largo -que indudablemente un régimen obrero debe procurar que sea lo más corto posible-, se plantea la cuestión de los límites que deben consentirse a esa desigualdad. Traspasar esos límites, ampliarlos indefinidamente, afirmar en la teoría que la igualdad es un prejuicio pequeñoburgués y sentar en la práctica la desigualdad más irritante, más monstruosa, más antihistórica incluso, es restaurar un régimen de explotación que en el caso de la URSS toma la forma de un capitalismo de Estado. A este tenor, una última cita de Trotski: « Y llevando al extremo, en su complacencia hacia los dirigentes, las normas burguesas de reparto, (el régimen ruso) prepara una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de propiedad y las normas de reparto no puede crecer indefinidamente. O las normas burguesas deberán, así o de otro modo, extenderse a los medios de producción, o las normas de reparto deberán ser acordadas a la propiedad socialista”. La contradicción no puede crecer indefinidamente… La restauración capitalista se ha llevado a cabo en la URSS, bajo la forma, diremos una vez más, de un capitalismo de Estado. La burocracia rusa es la nueva clase social poseedora, dominante, explotadora.
Notas

(1) E.Germain: « La théorie du capitalisme d’etat », Quatrième Internationale, mayo-julio 1951.

(2) Juan Andrade: La burocracia reformista en el movimiento obrero, Madrid, 1935. Esta obra es uno de los pocos intentos hechos de explicar el fenómeno de la burocracia en el movimiento obrero contemporáneo, siendo una lástima que no haya sido complementada con otro estudio de la burocracia estalinista.

(3) León Trotski; « L’URSS en guerre », México, 1939.

(4) N. Bujarin; La economía mundial y el imperialismo.

(5) R. Hilferding; El capital financiero.

(6) R.Dunayevskaya; « Una nouvelle revision de la théorie economique marxiste », 1946.

(7) E. Germain, op. cit.

2 Réponses to “1951 Burocracia y capitalismo de Estado [Iglesias]”

  1. Les erreurs du P.O.U.M. (Ignacio Iglesias) « La Bataille socialiste Says:

    […] 1951 Burocracia y capitalismo de Estado […]

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  2. L’URSS: de la révolution socialiste au capitalisme d’Etat (Iglesias, 1952) « La Bataille socialiste Says:

    […] Burocracia y capitalismo de Estado (1951) […]

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