1953 Carta al camarada Chaulieu [Pannekoek]

Hemos recibido del camarada Anton Pannekoek la carta que más abajo publicamos con la respuesta del camarada Chaulieu [Cornelius Castoriadis]. Es sin duda superfluo recordar a nuestros lectores la larga y fecunda actividad de militante y teórico de A. Pannekoek, su lucha contra el oportunismo en el seno de la II Internacional ya antes de 1914, la actitud decididamente internacionalista durante los años 1914-18 del grupo animado por él y Gorter, su crítica al naciente centralismo burocrático del partido bolchevique desde 1919-20 (conocida en Francia sólo por la respuesta de Lenin en La enfermedad infantil del comunismo; la Respuesta a Lenin de Gorter también ha sido publicada en francés). Esperamos que pronto podremos publicar en esta Revista algunos extractos de su obra Los consejos obreros, publicada en inglés después de la guerra.

SouB, 8 de noviembre de 1953

Querido camarada Chaulieu.

Le agradezco mucho la serie de los once números de «Socialisme ou Barbarie» que dio al camarada B… para mí. Los he leído (aunque todavía no íntegramente) con extremado interés, a causa de la gran concordancia de puntos de vista que revelan entre nosotros. Probablemente usted habrá llegado a la misma comprobación con la lectura de mi libro Los consejos obreros. Durante muchos años me había parecido que el pequeño número de socialistas que desarrollaban estas ideas no había aumentado; el libro fue ignorado y silenciado por la prensa socialista (salvo, recientemente, en el «Socialist Leader» del I.L.P.). Fue pues una gran satisfacción para mí ver que otro grupo había llegado a las mismas ideas por una vía independiente. El dominio completo de los trabajadores sobre su trabajo, que usted expresa diciendo: «Los propios trabajadores organizan la gestión de la producción», yo lo he descrito en los capítulos sobre «la organización de los talleres» y «la organización social». Los organismos que los obreros necesitan para deliberar, formados por asambleas de delegados, que ustedes llaman: «organismos soviéticos», son los mismos que los que nosotros llamamos «consejos obreros», «Arbeiterräte», «Worker’s councils».

Por supuesto existen diferencias; las trataré, considerando esto como un intento de contribución a la discusión en su revista. Mientras que usted restringe la actividad de esos organismos a la organización del trabajo en las fábricas tras la toma del poder social por los trabajadores, nosotros los consideramos como siendo igualmente los organismos mediante los cuales los obreros conquistarán ese poder. Para conquistar el poder no necesitamos un «partido revolucionario» que tome la dirección de la revolución proletaria. La idea del «partido revolucionario» es un concepto trotskista que encontró adeptos (desde 1930) entre numerosos ex-partidarios del P.C. decepcionados por su práctica. Nuestra oposición y nuestra crítica se remontaban ya a los primeros años de la revolución rusa y se dirigían contra Lenin, estando suscitadas por su giro hacia el oportunismo político. O sea, que nosotros hemos permanecido fuera de las vías del trotskismo; nunca estuvimos bajo su influencia y consideramos a Trotsky como el más hábil portavoz del bolchevismo, que tendría que haber sido el sucesor de Lenin. Sin embargo, tras haber reconocido en Rusia un naciente capitalismo de Estado, nuestra atención se dirigió principalmente hacia el mundo occidental del gran capital, donde los trabajadores tendrán que transformar el capitalismo más altamente desarrollado en un comunismo real (en el sentido literal de la palabra). Trotsky, por su fervor revolucionario, cautivó a todos los disidentes que el estalinismo había echado fuera del P.C. y al inocularles el virus bolchevique los hizo casi incapaces de comprender las nuevas grandes tareas de la revolución proletaria.

Dado que la revolución rusa y sus ideas todavía poseen una enorme influencia en las mentes, es necesario comprender más profundamente su carácter fundamental. En pocas palabras, se trataba de la última revolución burguesa, pero realizada por la clase obrera. Revolución burguesa(1) significa una revolución que destruye el feudalismo y abre el camino a la industrialización, con todas las consecuencias sociales que ésta implica. La revolución rusa, por tanto, está en la misma línea que la revolución inglesa de 1647 y la revolución francesa de 1789, con sus continuaciones de 1830, 1848, 1871. Durante todas estas revoluciones, los artesanos, los campesinos y los obreros han proporcionado el potencial masivo necesario para destruir al antiguo régimen; luego, los comités y los partidos de los hombres políticos que representaban a las capas ricas, que constituían la futura clase dominante, se pusieron en primer plano y se apoderaron del poder gubernamental. Era la solución natural, ya que la clase obrera todavía no estaba madura para gobernarse a sí misma; la nueva sociedad también era una sociedad de clases, en la que los trabajadores estaban explotados; semejante clase dominante necesita un gobierno compuesto por una minoría de funcionarios y de hombres políticos. La revolución rusa, en una época más reciente, parecía ser una revolución proletaria, ya que los obreros eran sus autores mediante sus huelgas y sus acciones de masas. Luego, sin embargo, el partido bolchevique poco a poco logró apropiarse del poder (la clase trabajadora era una pequeña minoría frente a la población campesina); de ese modo, el carácter burgués (en el más amplio sentido del término) de la revolución llegó a ser dominante y tomó la forma del capitalismo de Estado. Desde entonces, por lo que respecta a su influencia ideológica y espiritual en el mundo, la revolución rusa se convirtió en lo exactamente opuesto a la revolución proletaria, que ha de liberar a los obreros y hacerlos dueños del aparato de producción.

Para nosotros, la tradición gloriosa de la revolución rusa radica en que, en sus primeras explosiones de 1905 y 1917, fue la primera en desarrollar y mostrar a los trabajadores del mundo entero la forma organizativa de su acción revolucionaria autónoma, los soviets. De esta experiencia, posteriormente confirmada aunque a menor escala en Alemania, hemos extraído nuestras ideas sobre las formas de acción de masas, propias de la clase obrera, que tendrá que aplicar para su propia liberación.

Exactamente al contrario vemos las tradiciones, las ideas y los métodos surgidos de la revolución rusa, cuando el P.C. se apoderó del poder. Esas ideas, que únicamente sirven de obstáculo para una acción proletaria correcta, constituyeron la esencia y el fundamento de la propaganda de Trotsky.

Nuestra conclusión es que las formas de organización del poder autónomo, expresadas con los términos «soviets» o «consejos obreros», han de servir tanto para la conquista del poder como para la dirección del trabajo productivo tras esa conquista. En primer lugar, porque el poder de los trabajadores sobre la sociedad no puede obtenerse de otro modo, por ejemplo, por lo que se denomina un partido revolucionario. En segundo lugar, por que esos soviets, que más adelante serán necesarios para la producción, sólo pueden formarse a través de la lucha de clases para la conquista del poder.

Creo que en este concepto desaparece el «nudo de contradicciones» del problema de la «dirección revolucionaria». Pues la fuente de las contradicciones radica en la imposibilidad de armonizar el poder y la libertad de una clase que gobierna su destino, con la exigencia de que obedezca a una dirección formada por un pequeño grupo o partido. Pero ¿podemos mantener esa exigencia? Decididamente, contradice a la idea más citada de Marx, a saber, que la liberación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos. Además, la revolución proletaria no puede ser comparada a una rebelión única o a una campaña militar dirigida por un mando central, y ni siquiera a un período de luchas semejante, por ejemplo, al de la Revolución Francesa, que no fue más que un episodio en el ascenso de la burguesía al poder. La revolución proletaria es mucho más vasta y profunda; es la accesión de las masas del pueblo a la conciencia de su existencia y de su carácter. No será una convulsión única; pasará a ser el contenido de todo un período en la historia de la humanidad, durante el cual la clase obrera tendrá que descubrir y realizar sus propias facultades y su potencial, como también sus propios objetivos y métodos de lucha. He tratado de elaborar algunos de los aspectos de esta revolución en mi libro Los consejos obreros, en el capítulo titulado «La revolución obrera». Por supuesto, todo ello sólo proporciona un esquema abstracto, que podemos utilizar para emitir una opinión sobre las diversas fuerzas en acción y sus relaciones.

Ahora, es posible que usted pregunte: pero entonces, en el marco de esta orientación, ¿para qué sirve un partido o un grupo y qué tareas tiene? Podemos estar seguros de que nuestro grupo no llegará a gobernar a las masas trabajadoras en su acción revolucionaria; a nuestro lado existen media docena o más de otros grupos o partidos, que se llaman revolucionarios, pero que difieren todos ellos en su programa y en sus ideas; y comparados al gran partido socialista no son más que liliputienses. En el marco de la discusión contenida en el n.° 10 de su revista, se afirma, con razón, que nuestra tarea es fundamentalmente una tarea teórica: encontrar e indicar, mediante el estudio y la discusión, el mejor camino para la acción de la clase obrera. Las lecciones que de ahí puedan sacarse, sin embargo, no han de dirigirse solamente a los miembros del grupo o del partido, sino a las masas de la clase obrera. Sólo ellas tendrán que decidir, en sus mítines de fábrica y sus consejos, la mejor forma de actuar. Sin embargo, para que se decidan de la mejor manera posible,

han de ser instruidas mediante opiniones bien consideradas y provenientes del mayor número de lados posible. Por consiguiente, un grupo que proclama que la acción autónoma de la clase obrera es la principal fuerza de la revolución socialista, considerará que su tarea primordial es llegar a los obreros; por ejemplo, mediante octavillas populares que aclararán las ideas a los obreros al explicar los cambios importantes en la sociedad y la necesidad de una dirección de los obreros por ellos mismos en todas sus acciones como en futuro trabajo productivo.

Estas son algunas de las reflexiones que me ha suscitado la lectura de las discusiones altamente interesantes publicadas en su revista. Además, he de declararle cuánto me satisficieron los artículos sobre «El obrero americano»(2), que clarifican en gran parte el enigmático problema de esta clase obrera sin socialismo, y el instructivo artículo sobre la clase obrera en Alemania Oriental(3). Espero que su grupo todavía tendrá la posibilidad de publicar otros números de su revista.

Excúseme el haber escrito esta carta en inglés; me resulta difícil expresarme en francés de un modo satisfactorio.

Muy sinceramente, suyo

Ant. Pannekoek


(1) En el texto: «Revolución de las clases medias» (Middle class revolution) en el sentido inglés de «clases medias», es decir, burguesía. [Como se verá, esta traducción es cuestionada por Pannekoek en su segunda carta.]

(2) «S. ou B.», 1 al 8.

(3) «S. ou B.», 7 y 8.

 

Respuesta al camarada Pannekoek
por Cornelius Castoriadis

Querido camarada Pannekoek,

Su carta ha proporcionado gran satisfacción a todos los camaradas del grupo; satisfacción por ver nuestro trabajo apreciado por un camarada tan respetado, que ha dedicado toda su vida al proletariado y al socialismo; satisfacción por ver confirmada nuestra idea sobre la existencia de un profundo acuerdo entre usted y nosotros en los puntos fundamentales; satisfacción, en fin, por poder discutir con usted y enriquecer nuestra revista con esa discusión.

Antes de discutir los dos problemas que aborda usted en su carta (naturaleza de la revolución rusa, concepción y papel del partido), querría subrayar los puntos en los que se manifiesta nuestro acuerdo: autonomía de la clase obrera como medio y como objetivo de su acción histórica, poder total del proletariado en el plano económico y político como único contenido concreto del socialismo. Por otra parte, y a este respecto, quisiera disipar un malentendido. No es exacto que restrinjamos «la actividad de estos organismos (soviéticos) a la organización del trabajo en las fábricas después de la toma del poder…». Pensamos que la actividad de los organismos soviéticos —o consejos obreros— se extenderá, después de la toma del poder, a la organización total de la vida social, es decir, que en tanto sea necesario un organismo de poder, su papel lo cumplirán los consejos obreros. Tampoco es exacto que limitemos el papel que puedan desempeñar los consejos al período siguiente a la «toma del poder». Tanto la experiencia histórica como la reflexión muestran que los consejos no podrán ser organismos que expresen verdaderamente a la clase si son creados, por así decirlo, mediante decreto al día siguiente de una revolución victoriosa, que sólo serán algo si son creados espontáneamente por un profundo movimiento de la clase, por tanto, antes de la «toma del poder»; y si es así, es evidente que desempeñarán un papel primordial durante todo el período revolucionario, cuyo inicio viene marcado precisamente (como decía en mi texto sobre el partido del n.° 10)(4) por la constitución de los organismos autónomos de las masas.

 

Donde existe una verdadera diferencia de opinión entre nosotros es en la cuestión de saber si, durante este período revolucionario, esos consejos son el único organismo que desempeña un papel

efectivo en la conducción de la revolución y, en menor medida, la de saber qué papel y qué tareas corresponden mientras tanto a los militantes revolucionarios. Es decir, en la «cuestión del partido».

Usted dice que «para conquistar el poder no necesitamos un “partido revolucionario” que tome la dirección de la revolución proletaria». Y más adelante, después de haber recordado con mucha razón que a nuestro lado hay una media docena de partidos o grupos que apelan a la clase obrera, usted añade: «Para que (las masas en sus consejos) se decidan de la mejor manera posible, han de ser instruidas por opiniones bien consideradas y provenientes del mayor número posible de lados». Temo que esta visión de las cosas no corresponda en nada a las características a la vez más fehacientes y más profundas de la situación actual y previsible de la clase obrera. Pues estos otros partidos y grupos, de los que usted habla, no representan simplemente opiniones diferentes sobre la mejor manera de hacer la revolución, y las sesiones de los consejos no serán tranquilas reuniones de reflexión en las que, después de las opiniones de sus diversos consejeros (los representantes de los grupos y partidos), la clase obrera se decidirá a seguir una vía más bien que otra. Desde la constitución de los organismos de la clase obrera, la lucha de clases pasará al seno mismo de esos organismos: allí la trasladarán los representantes de la mayoría de esos «grupos o partidos» que apelan a la clase obrera pero, en la mayoría de los casos, representan los intereses y la ideología de clases hostiles al proletariado, como los reformistas y los estalinistas. Incluso si allí no se presentan bajo su forma actual, se presentarán bajo cualquier otra, estemos seguros de ello. Con toda probabilidad, al principio tendrán una posición dominante. Y toda la experiencia de los últimos veinte años —de la guerra de España, de la ocupación e inclusive de la experiencia de la más ínfima reunión sindical actual— nos enseña que los militantes que tengan nuestras opiniones tendrán que conquistar por la lucha incluso el derecho a la palabra en el seno de esos organismos.

La intensificación de la lucha de clases durante el período revolucionario tomará inevitablemente la forma de la intensificación de la lucha de las diversas fracciones en el seno de los organismos de masas. En estas condiciones, decir que una organización revolucionaria de vanguardia se limitará a «instruir mediante opiniones bien consideradas» a los consejos es, creo, lo que en inglés se llama un «understatement»(5). Desde luego, si resulta que los consejos del período revolucionario son asambleas de sabios en las que nadie turba la tranquilidad necesaria para una reflexión bien sopesada, seríamos los primeros en felicitarnos por ello; estamos seguros, en efecto, que nuestro parecer prevalecería si las cosas sucediesen de ese modo. Pero sólo en este caso podría el «partido o grupo» limitarse a las tareas que usted le asigna. Y este caso es con mucho el más improbable. La clase obrera que formará estos consejos no será una clase diferente de la que existe en la actualidad; habrá dado un enorme paso hacia delante, pero, tomando una expresión célebre, todavía llevará en sus costados los estigmas de la situación de la que procede. Todavía estará dominada en su superficie por influencias profundamente hostiles, a las que en un principio sólo se opondrán su voluntad revolucionaria todavía confusa y una vanguardia minoritaria. Esta, con todos los medios compatibles con nuestra idea fundamental de la autonomía de la clase obrera, tendrá que aumentar y profundizar su influencia en los consejos, y ganar para su programa a la mayoría. Incluso quizás tenga que actuar antes, ¿qué tendrá que hacer si, representando a un 45% de los consejos, llega a su conocimiento que un partido neoestalinista cualquiera se prepara para tomar el poder al día siguiente? ¿No tendrá que intentar apoderarse de él inmediatamente?

No creo que usted esté en desacuerdo con todo esto; creo que a lo que usted apunta sobre todo en sus críticas es a la idea del partido «dirección revolucionaria». Sin embargo, he intentado explicar que el partido no podía ser la dirección de la clase, ni antes, ni después de la revolución: ni antes, porque la clase no le sigue y porque todo lo más sólo podría dirigir a una minoría (y aún así, «dirigirla» en un sentido muy relativo: influenciarla mediante sus ideas y su acción ejemplar); ni después, ya que el poder proletario no puede ser el poder del partido, sino el poder de la clase en sus organismos autónomos de masas. El único momento en que el partido puede acercarse a un papel de dirección efectiva, de cuerpo que intenta imponer su voluntad incluso por la violencia, puede ser en una cierta fase del período revolucionario que precede inmediatamente al desenlace de éste; algunas decisiones prácticas importantes pueden tener que ser tomadas en otro lugar distinto a los consejos, si los representantes de organizaciones de hecho contrarrevolucionarias participan en ellos, y el partido puede comprometerse bajo la presión de las circunstancias en una acción decisiva incluso si no es seguido en los votos por la mayoría de la clase. El hecho de que actuando de ese modo el partido no actúe como un cuerpo burocrático cuyo objetivo es imponer su voluntad a la

clase, sino como la expresión histórica de la propia clase, depende de una serie de factores, sobre los que ya se puede discutir ahora en abstracto, pero cuya apreciación concreta sólo podrá manifestarse en aquel momento; qué proporción de la clase está de acuerdo con el programa del partido, en qué estado ideológico está el resto de la clase, cómo se desarrolla la lucha contra las tendencias contrarrevolucionarias en el seno de los consejos, qué perspectivas ulteriores hay, etc. Establecer desde ahora una serie de reglas de conducta para los diversos casos posibles sería sin duda pueril; podemos estar seguros de que los únicos casos que se presentarán serán los casos no previstos.

Hay camaradas que dicen: trazar esta perspectiva es dejar el camino abierto a una posible degeneración del partido en el sentido burocrático. La respuesta es: no trazarla significa aceptar desde ahora la derrota de la revolución o la degeneración burocrática de los consejos, y ello ya no como una posibilidad, sino como una certidumbre. En resumidas cuentas, negarse a actuar por miedo a transformarse en burócrata me parece tan absurdo como renunciar a pensar por miedo a equivocarse. Del mismo modo que la única «garantía» contra el error consiste en el ejercicio del propio pensamiento, la única «garantía» contra la burocratización consiste en una acción permanente en un sentido antiburocrático, luchando contra la burocracia y demostrando en la práctica que es posible una organización no burocrática de la vanguardia, y que a su vez puede organizar relaciones no burocráticas con la clase. Pues la burocracia no nace de concepciones teóricas falsas, sino de las propias necesidades de la acción obrera en una cierta etapa de ésta, y es en la acción donde hay que demostrar que el proletariado puede prescindir de la burocracia. En resumidas cuentas, permanecer sobre todo preocupado por el miedo a la burocratización es olvidar que en las condiciones actuales una organización sólo podrá conseguir una influencia notable en las masas si es capaz de expresar y realizar sus aspiraciones antiburocráticas; es olvidar que un grupo de vanguardia sólo podrá lograr una verdadera existencia si se modela perpetuamente sobre estas aspiraciones de las masas; es olvidar que ya no hay espacio libre que pudiera ocupar una nueva organización burocrática. Y esto es lo que explica en última instancia el permanente fracaso de los intentos trotskistas por crear de nuevo pura y simplemente una organización «bolchevique».

Añadiré, para concluir lo dicho sobre el asunto, que tampoco creo que se pueda decir que en el período actual (y de ahora a la revolución) la tarea de un grupo de vanguardia sea una tarea «teórica». Creo que esa tarea también es —es sobre todo— de lucha y de organización. Pues la lucha de clases es permanente, a través de sus alzas y bajas, y la maduración ideológica de la clase obrera se realiza a través de esa lucha. Ahora bien, el proletariado actualmente está dominado por las organizaciones (sindicatos y partidos) burocráticas, con lo cual las luchas se vuelven imposibles, son desviadas de su objetivo de clase o conducidas a la derrota. Una organización de vanguardia no puede asistir indiferente a ese espectáculo, ni limitarse a aparecer como el pájaro de Minerva al anochecer, que deja caer de su pico octavillas que explican a los obreros la razón de su derrota. Ha de ser capaz de intervenir en esas luchas, combatir la influencia de las organizaciones burocráticas, proponer a los obreros modos de acción y de organización: e incluso a veces ha de ser capaz de imponerlos. En ciertos casos, quince obreros resueltos de la vanguardia pueden poner en huelga una fábrica de cinco mil, si están dispuestos a arrollar a algunos burócratas estalinistas, lo cual ni es teórico, y ni siquiera democrático, ya que esos burócratas siempre han sido elegidos por los propios obreros con una mayoría de votos bastante confortable.

Antes de terminar esta respuesta querría añadir dos palabras sobre nuestra segunda divergencia, que a simple vista sólo tiene un carácter teórico: la relativa a la naturaleza de la revolución rusa. Creo que caracterizar a la revolución rusa como una revolución burguesa es violentar los hechos, las ideas y el lenguaje. Que en la revolución rusa hubo varios elementos de una revolución burguesa —en particular, la «realización de las tareas burguesas democráticas»— es algo que siempre ha sido reconocido e, incluso antes de la propia revolución, Lenin y Trotsky los utilizaron como base de su estrategia y de su táctica. Pero en aquella etapa precisa del desarrollo histórico y con la configuración de las fuerzas sociales en Rusia, esas tareas sólo podía abordarlas la clase obrera que, al hacerlo, no tendría más remedio que plantearse al mismo tiempo tareas esencialmente socialistas.

Usted dice: la participación de los obreros no basta para definir el movimiento. Por supuesto, desde el momento que un combate se convierte en un combate de masas, los obreros están presentes, ya que son las masas. Sin embargo, el criterio no es ése; se trata de saber si los obreros se encuentran allí como la pura y simple infantería de la burguesía o si combaten por sus propios objetivos. En una revolución en la que los obreros luchan por la «Libertad, Igualdad y Fraternidad»

—y cualquiera que sea el significado que subjetivamente dan a esas consignas—, son la infantería de la burguesía. Cuando luchan por «Todo el poder a los soviets», luchan por el socialismo. La revolución rusa fue una revolución proletaria porque el proletariado intervino en ella como fuerza dominante con su propia bandera, a cara descubierta, con sus reivindicaciones, sus medios de lucha, sus propias formas de organización: no sólo constituyó organismos de masas que tendían a apropiarse de todo el poder, sino que incluso llegó a la expropiación de los capitalistas y empezó a realizar la gestión obrera de las fábricas. Todo esto convierte a la revolución rusa en una revolución proletaria, cualquiera que haya podido ser su suerte posterior, del mismo modo que ni sus debilidades, ni su confusión, ni su derrota final impiden que la Comuna de París haya sido una revolución proletaria.

Esta divergencia puede parecer a simple vista teórica; sin embargo, creo que tiene una importancia práctica en la medida que manifiesta una diferencia de metodología con respecto a un problema actual por excelencia: el problema de la burocracia. El hecho de que la degeneración de la revolución rusa no haya dado lugar a una restauración de la burguesía, sino a la formación de una nueva capa explotadora, la burocracia; que el régimen que dirige esta capa, a pesar de su profunda similitud con el capitalismo (en tanto que dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo), difiera de él en una gran cantidad de aspectos que no se pueden desdeñar, so pena de condenarse a no comprenderlo; que esa misma capa, desde 1945, esté extendiendo su dominación en el mundo; que en los países de Europa occidental esté representada por partidos profundamente arraigados en la clase obrera, todo esto nos obliga a pensar que limitarse a decir que la revolución rusa fue una revolución burguesa equivale a cerrar los ojos voluntariamente ante las características más importantes de la situación mundial hoy día.

Espero que esta discusión proseguirá y se profundizará y creo inútil repetirle que acogeremos con profundo placer en «Socialisme ou Barbarie» todo lo que tenga a bien enviarnos.

Fraternalmente.

S. ou B., nº 14, abril 1954.


 

(2) «S. ou B.», 1 al 8.

(3) «S. ou B.», 7 y 8.

(4) La dirección proletaria.

(5) Expresión que peca por exceso de moderación.

 

 

Une Réponse to “1953 Carta al camarada Chaulieu [Pannekoek]”

  1. Julio Says:

    Excelente documentación histórica!
    Sería bueno poder tener todo S.ou B. en español pronto.

    saludos!

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