Lecciones de una derrota. Una entrevista con Munis

La Lutte Ouvrière. París, 24 febrero y 3 de marzo 1939.

¿Crees que las causas de la caída de Barcelona han sido estrictamente militares, y debidas únicamente, como lo escribe en Francia la prensa del Frente Popular, a la formidable superioridad de los franquistas en cuanto a armamento?

Esta superioridad es innegable. Era incluso mayor de lo que comúnmente se cree, a pesar de la ayuda soviética y debido a las responsabilidades que recaen en este punto sobre las organizaciones obreras españolas e internacionales. Pero las razones profundas del desastre catalán, como de las demás derrotas gubernamentales durante la guerra civil, sólo pueden hallarse en la política del bloque gubernamental del Frente Popular. Hay que darse cuenta que esta política apuntaba desde el 20 de julio de 1936 a debilitar las conquistas del proletariado. Militarmente, a pesar de la propaganda del Frente Popular, esta política sólo podía crear una « disciplina » en el sentido burgués de la palabra, mecánica y represiva, sin dar a los soldados organización y capacidad técnica. Los resultados concretos fueron el monopolio de todos los mandos en manos de arribistas sin capacidad militar, lo cual conllevaba una disciplina que sólo se ejercía contra los soldados para mantener los privilegios de los advenedizos. Mientras que los verdaderos proletarios que habían hecho la experiencia de la guerra y habían adquirido capacidades militares seguían siendo simples soldados, o eran relegados a puestos inferiores. Los soldados tenían el sentimiento que la organización del famoso « ejército popular » sólo se hacía para garantizar los privilegios de los advenedizos y de la casta militar para impedir cualquier actividad política a la base. En los momentos decisivos y peligrosos, esta organización conducía inevitablemente a la huida del mando o a su paso al enemigo, a la derrota de las tropas que se sentían traicionadas, a una retirada caótica, a innumerables pérdidas de material, debidas mucho más a la incapacidad o al derrotismo del mando militar « popular » que al avance o capacidad del enemigo. En cuanto a la actitud característica de los militares profesionales se puede citar al general Rojo, oficial profesional, comandante al principio de la guerra y responsable directo de la derrota de Borox, Illiesca y Getafe, con el general Puydengolas. Los comités de milicianos los acusaron a ambos de traición concertada. Arrestaron a Puydengolas y lo fusilaron. Pronunciaron la misma sentencia contra Rojo que pudo escapar y esconderse en el Ministerio de Guerra bajo la protección de Largo Caballero. De ahí salió para convertirse en… Jefe del Estado Mayor. Se podrían citar muchos más ejemplos de este tipo para caracterizar la actitud de los militares profesionales que siguieron « fieles » a la « República ». Al principio traicionaban de forma deliberada. Cuando se percataron de la política resueltamente anti-obrera y contra-revolucionaria de Negrín, pudieron manifestar mayor fidelidad a la burguesía. El proletariado seguía desconfiando igualmente de ellos. La fidelidad al Frente Popular ya sólo significaba para ellos fidelidad a la burguesía que reprimía a los obreros. La traición había sido canalizada por una vía más estrictamente política.

Lo que nos cuentas es sorprendente. La prensa staliniana nos daba sin embargo la impresión de una consolidación del mando militar, pasados los primeros meses de lucha.

En España, a pesar de la propaganda staliniana y de la censura que ahogaba toda libertad de expresión, cualquiera podía darse cuenta, no sólo de la incapacidad militar del alto mando, sino también de su dudosa lealtad al gobierno. Por no citar sino el caso más conocido, te recuerdo el caso de Antonio Guerra, comisario general del ejército del sur, miembro del PC español, y de Borribar, diputado comunista, principales responsables de la caída de Málaga. Naturalmente el proceso de Borribar aún no ha terminado. El gobierno de Negrín tuvo que hacer un juicio contra éste, mientras el primero se quedó en Málaga donde se convirtió en el brazo derecho de la inquisición franquista en su represión contra los obreros.

Otro ejemplo. Antes de la toma de Bilbao, los dos jefes del famoso « cinturón de hierro », fortificaciones que rodeaban la ciudad, se pasaron al lado de Franco que pudo conocer así el plan de fortificaciones mejor que el propio comandante del ejército gubernamental.

Y en fin, durante la ofensiva contra Zaragoza gran parte del Estado Mayor gubernamental, que pertenecía en su totalidad al Partido Comunista, desertó y se unió a Franco, cuando el gobierno había gastado millones para comprar oficiales franquistas. Pero Franco descubrió el hecho, fusiló a los oficiales comprometidos y compró a los oficiales gubernamentales. Así fue como fracasó la ofensiva contra Belchite con enormes pérdidas de hombres y material. Los cuadros subalternos eran aún peor que el alto mando. Semejantes cuadros no podían permitir forjar un ejército capaz de vencer.

Lo que sucedió en el ejército sólo refleja la situación general del país, las relaciones de fuerza que existían entre las clases. Sin base de clase, no hay ejército. Y, a pesar de sus esfuerzos, el gobierno del Frente Popular no había podido ganar la confianza de la burguesía nacional e internacional. Su ejército reflejaba necesariamente la inconsistencia resultante de la ausencia de apoyo social; no se basaba ni en la burguesía, ni en el proletariado. El ejército español, como expresión de la clase dominante, era el ejército de Franco. Nuestro ejército sólo podía ser el ejército rojo del proletariado. Para poder luchar contra el proletariado y la Revolución Socialista, el gobierno suprimió todas las condiciones que hubieran permitido la victoria militar sobre el ejército de Franco.

¿Qué estado de ánimo había creado en la población la política gubernamental?

La inspiración anti-obrera de la política del gobierno de la « victoria » acarreaba en todas las capas de la población el descontento, la indiferencia e incluso el odio, contra el gobierno y los burócratas de las organizaciones obreras. Tras las jornadas de mayo de 1937, el proletariado estaba cada vez más convencido que combatía por nada. Y aunque la victoria sobre el fascismo era deseada por la mayoría de la población, ésta pasó de la indiferencia a la resistencia contra las medidas de movilización de Negrín. Los obreros más conscientes del proletariado hacían todo lo posible para escapar a la movilización durante los últimos meses. ¡Batirse a favor de Negrín y de Comorera, jamás! Cuando llegue un nuevo 3 de mayo estaré en las barricadas: estas eran sus expresiones características.

Estos pequeños hechos reflejan la realidad mil veces mejor que la demagogia oficial sobre la « capacidad de resistencia y de sacrificios » del pueblo español. Los obreros hubieran resistido hasta el final si hubiesen visto que los sacrificios de la guerra no recaían exclusivamente sobre sus hombros. El racionamiento de guerra estaba repartido de forma muy desigual según las clases. No les faltaba de nada a las diversas capas de privilegiados, gobierno, burocracia militar, política y sindical, guardias de asalto; mientras los obreros se morían de hambre en el sentido más estricto de la palabra. La organización internacional para el abastecimiento de las mujeres y niños estaba de hecho entre las manos de burócratas y especuladores. A las mujeres y niños hambrientos nada les llegaba.

La escala de salarios expresaba el mismo espíritu de privilegios, muy particularmente en Cataluña, donde Comorera, pequeño-burgués reaccionario que se pasó al stalinismo, era ministro de trabajo. Los obreros mejor pagados de las industrias de guerra sólo ganaban de 600 a 700 pesetas al mes. En el mercado libre ya no se encontraba nada que comprar. En los mercados clandestinos, los precios eran astronómicos, totalmente inasequibles para los obreros.

Un litro de aceite costaba entre 200 y 300 pesetas. Una lata de carne en conserva de 80 a 100 pesetas, un kilo de arroz de 100 a 120 pesetas. La distribución regular de las raciones llegaba a los obreros una vez que los burócratas y los privilegiados habían sido bien abastecidos. Las familias obreras estaban obligadas a comer en los restaurantes populares, y eso si habían tenido la suerte de obtener el pase de acceso, lo cual ya era un privilegio. Una porción de lentejas y un trozo de pan costaban 10 pesetas. En los últimos meses incluso esta comida empezaba a faltar.

Si a ello se añade la represión gubernamental, la falta absoluta de libertad, no sólo en la reuniones públicas y en la prensa, sino también en los sindicatos que se habían convertido en una especie de comisaría de policía, el terrorismo staliniano, responsable del asesinato de centenares de militantes revolucionarios, los campos de concentración donde se fusiló a los militantes que habían peleado en las barricadas obreras de mayo del 37, se puede entender perfectamente que los obreros ya no estaban en condiciones de batirse, como en julio de 1936, o como durante la defensa de Madrid, o como en mayo de 1937.

Este es el mecanismo concreto con el cual la política del Frente Popular ha llevado a la caída sin lucha de Cataluña. No se puede imponer al proletariado durante tres años una política contraria a sus intereses y esperar luego que salve una situación desesperada.

LA CRISIS ANARQUISTA

¿Qué papel desempeñaron las organizaciones obreras en esta política de traición y de derrota?

No puedo explicar detalladamente en pocas palabras el papel jugado por cada organización en particular. Veamos la cuestión globalmente. Empecemos por la UGT. En un momento dado hubo una cierta resistencia que intentaba dibujarse en el seno de la UGT, la juventud unificada y el Partido socialista. Esta resistencia, es cierto, era favorable a Largo Caballero y la antigua Izquierda Socialista. Incluso hubo una escisión. La masa propugnaba una política revolucionaria. La dirección socialista y ugetista tomó medidas para excluir secciones enteras. Largo Caballero en persona estaba incluido. Pero el impulso revolucionario de las masas fue de nuevo desviado por la dirección caballerista, y todos los elementos que evolucionaban hacia la izquierda fueron entregados a la burocracia reformista. Caballero y sus burócratas de « izquierda » se echaron para atrás, aterrados ante la importancia de una lucha seria contra el Frente Popular y el stalinismo, en el seno de una guerra civil. Desde entonces imperó la unidad más monolítica en las filas socialistas y ugetistas. El mismo Largo Caballero, pese a sus críticas más personales que políticas, se calló.

En la CNT hubieron de vencerse resistencias más profundas. Como la mayor parte del proletariado estaba organizada en la CNT, la adaptación completa a la política burguesa del Frente Popular no podía hacerse sin una resistencia más o menos espontánea y ciega de los obreros. Todas las maniobras y los disfraces verbales (como « Frente Popular revolucionario ») de los líderes anarquistas no impedían que el proletariado anarquista continuara mostrando su repugnancia por el bloque burgués del Frente Popular. Por ello los dirigentes anarquistas tuvieron que pasar varias etapas intermedias antes de lograr la adaptación completa de la CNT al bloque burgués. La voz de las masas tenía que ser sofocada. Los viejos militantes, que habían forjado la organización y que seguían fieles a la lucha de clase, tenían que ser expulsados de los puestos de dirección en los sindicatos y en la prensa. La exteriorización de esta resistencia tuvo como primer resultado la formación del grupo de los « Amigos de Durruti », que se había formado antes de las jornadas de mayo. Este núcleo de obreros revolucionarios representaba un comienzo de evolución del anarquismo hacia el marxismo. Habían tenido que reemplazar la teoría del comunismo libertario por la de la « junta revolucionaria » (soviet) como encarnación del poder proletario, democráticamente elegido por los obreros. Al principio, sobre todo después de las jornadas de mayo, durante las cuales Los Amigos de Durruti estuvieron con los bolcheviques-leninistas en primera línea de las barricadas, la influencia de este grupo penetraba profundamente la central sindical y el núcleo « político » que la dirigía, la FAI. Alarmados, los burócratas intentaron tomar medidas contra los dirigentes de Los Amigos de Durruti, acusándolos de ser « marxistas » y « políticos ». La dirección de la CNT y de la FAI aprobó su expulsión. Pero los sindicatos rechazaron rotundamente ejecutar esta resolución.

Desgraciadamente, los dirigentes de Los Amigos de Durruti no supieron aprovechar la fuerza potencial de que disponían. Ante la acusación de ser « políticos marxistas », retrocedieron sin combate.

¿El abandono del punto de vista anarquista y la evolución hacia la concepción de una política proletaria consciente, se manifestaban claramente entre los obreros?

La colaboración de los jefes anarquistas con la burguesía y la experiencia general de la revolución y de la guerra habían evidenciado para la mayoría de los obreros anarquistas el hecho que un poder proletario era indispensable para la defensa de la revolución y de las conquistas proletarias. El acuerdo entre la vanguardia bolchevique y los obreros tomados individualmente se hacía sin dificultad. No obstante la expresión orgánica de este acuerdo no pudo cristalizarse. En parte por falta de un núcleo bolchevique fuerte. En parte por falta de lucidez política de Los Amigos de Durruti.

Pero tuve la ocasión de entrevistarme con viejos militantes anarquistas, algunos de ellos bastante influyentes. Todos expresaron abiertamente la misma idea: « Ya no puedo defender las ideas que había defendido antes de la guerra civil. Proclamo mi acuerdo con la dictadura del proletariado, que no puede ser la dictadura de un solo partido, como en la URSS, sino la de la clase. En los órganos del poder proletario, todas las organizaciones de la clase obrera pueden unirse y cooperar ».

¿Además de Los Amigos de Durruti, existían otras manifestaciones de descontento en la CNT y la FAI?

Cuando se produjo la « legalización » y « reorganización » de la FAI, que la convirtieron en un partido político más, el conflicto se manifestó en todas partes, sobre todo entre la Juventud Libertaria armada y la FAI, entre la mayoría de grupos de la FAI y la dirección. Una profunda crisis atravesó las filas anarquistas y anarcosindicalistas. Los obreros rechazaban la política de colaboración de los dirigentes anarquistas. Sólo el agotamiento y la desorganización que ocasionaba la guerra en las filas obreras, apoyado por la burocratización de los cuadros de la FAI, pudieron acabar con la resistencia de los militantes, consolidar el poder de las burocracias e impedir que los elementos progresistas se reagrupasen y revisasen sus ideas hasta la adopción de un verdadero programa revolucionario.

¿La teoría anarquista no se manifestó, no hubiera podido reforzarse como reacción contra la política de colaboración de los jefes de la CNT?

Algunos obreros reaccionaban, en efecto, recayendo en el anarquismo en su forma más sectaria, consideraban la traición de sus jefes como el efecto de su « politización ». De ello deducían la necesidad de volver a la doctrina anarquista integral. Pero generalmente, estos elementos no habían podido adquirir una influencia importante sobre la mayoría de los obreros anarquistas, que evolucionaban por el contrario hacia la revisión de la ideología tradicional de la CNT.

Lo que no impide el peligro de un renacimiento del anarquismo en España. Recordemos a Lenin en este punto como en tantos otros. El anarquismo no constituye en el fondo sino un castigo contra los pecados oportunistas del proletariado. Mientras no se forme un partido marxista en España, la desgraciada experiencia del anarquismo español podrá repetirse.

LA ACCIÓN DEL POUM

¿No pudo jugar el POUM un papel de unificación revolucionaria en esta desagregación de las organizaciones obreras?

Hay que tener en cuenta la posición del POUM en la relación de fuerzas en España, como partido situado en la extrema izquierda del movimiento obrero, como organización obrera « revolucionaria », así como de la formidable coyuntura revolucionaria en la que se hallaba. El POUM estaba situado en una situación muy favorable para atraer a los obreros revolucionarios anarquistas y de otras tendencias por la vía de la revolución proletaria.

No le faltaban ni fuerza militante, ni libertad de agitación y de organización. La situación revolucionaria favorecía al máximo este trabajo. Pero un sinfín de errores oportunistas y a veces ultraizquierdistas se manifestaron en el POUM. Empezando por su orientación general desde los acontecimientos de julio, que no iba hacia la toma del poder, sino hacia la colaboración. La prensa bolchevique-leninista española e internacional ha criticado muchas veces ya la colaboración del POUM con el Gobierno de la Generalidad, y su política durante los primeros meses, que desembocó en la disolución de los Comités de obreros y milicianos, y por consiguiente en la consolidación del Estado burgués y de su aparato militar. Estos enormes errores expresaban naturalmente la composición orgánica del POUM y las concepciones generales, paticojas y centristas, de su dirección. Tras el período de colaboración, estos dos factores continuaron expresándose en una política de titubeo, de fraseología enfática, que escondía de hecho la falta de programa y objetivos claros.

Mientras era necesario romper enérgicamente con el pasado, y mostrar a los obreros que la única salida era, no la colaboración con el Frente Popular, sino la conquista del poder, la dirección del POUM buscaba la vía de la vuelta al poder a través de la colaboración con el Frente Popular. Me acuerdo todavía que, algunos días antes del asesinato de Nin, con motivo de una crisis política en el gobierno de la Generalidad, el periódico de la Juventud Comunista Ibérica, que constituía la parte más radicalizada del POUM, reclamaba en un gran titular: gobierno obrero y campesino en la Generalidad. ¿Cómo podían entender los obreros lo que es un gobierno revolucionario si el partido obrero que se situaba a la extrema izquierda del movimiento y se reclamaba del marxismo, les enseña a reclamar un gobierno obrero-campesino en la Generalidad, es decir en el seno del Estado burgués?

De esta experiencia sólo se puede concluir que el POUM se hallaba fuera del Frente Popular únicamente porque lo había echado el stalinismo. Pero la dirección del POUM se esforzó en retomar su plaza en el Frente Popular y en el poder burgués, incluso después de la represión y el asesinato de sus militantes. Citaré también una octavilla editada por el Comité Central del POUM durante la última crisis, en la primavera de 1938, para reclamar la reintegración del partido en el Frente Popular, para constituir en su seno, como fracción de este Frente Popular, un frente proletario con los anarquistas y la izquierda socialista de Caballero. Hasta el desastre final, la política del POUM no se había enderezado. Nadie lo había intentado seriamente. Ningún grupo interno se había formado en su seno con este objetivo, aunque los militantes más conscientes condenasen categóricamente toda la política de la dirección, comprendiesen la necesidad de un nuevo partido revolucionario y defendiesen la necesidad de emprender esta tarea mediante una discusión política en el POUM.

Frente a las masas anarquistas, la política del POUM, antes de julio, se había limitado a un sectarismo que le privaba de la simpatía de los obreros anarquistas. Este sectarismo acarreó incluso graves errores políticos. Pues la dirección había conducido los sindicatos obreros influenciados por el POUM hacia la UGT, y no hacia la CNT, donde podía hacerse un trabajo mucho más amplio y eficaz, puesto que eran donde estaban las masas obreras catalanas, mientras que la UGT (que no tenía efectivos considerables en Cataluña) sólo se componía de un pequeño núcleo muy caracterizado como esquiroles.

Después de julio, al sectarismo sucedió inevitablemente el oportunismo en relación a los anarquistas. No puede encontrarse durante todo el período de guerra civil, en la prensa del POUM, ni una sola crítica seria del anarquismo. La dirección del POUM no buscaba una vía hacia las masas anarquistas, sino que sólo quería contactar con sus cabecillas para entablar negociaciones en la cumbre. En lugar de sublevar a las masas obreras contra la política traidora del Frente Popular, el POUM prefería los pasillos ministeriales de la CNT para buscar un apoyo contra el stalinismo. El resultado de esta « táctica » sólo podía ser el que conocemos. El POUM no logró el apoyo de los jefes anarquistas y se obstruyó él mismo la vía hacia la conquista de las masas. Esto nos permite comprender cómo la represión pudo ejercerse contra él sin que nadie hiciera nada. Esta política oportunista debía necesariamente impedir la evolución de los obreros anarquistas, diferir la construcción del partido revolucionario a un lejano futuro, y llevarnos a la derrota.

¿Existían en el POUM elementos susceptibles de formar el núcleo orgánico de una posición revolucionaria consciente?

La experiencia no nos autoriza a responder afirmativamente a esta pregunta. Desde hacía tiempo, algunos militantes en Madrid, en Barcelona, y en otros centros catalanes, se manifestaban en contra de la política de la dirección. Hubieron tentativas de constituir una plataforma coherente, pero los militantes que lo intentaron carecían de la energía suficiente para empujar a la clarificación política en el POUM, y tener la claridad política necesaria para la elaboración de un programa. El esfuerzo más notable en este sentido fue el de R[1] en Barcelona. Sólo contenía la parte positiva de la crítica. Sin embargo idealizaba al antiguo Bloque Obrero y Campesino (partido de Maurín), y explicaba el centrismo poumista como algo que hubiera aparecido repentinamente después del 19 de julio. Por otra parte los textos de este camarada no planteaban el problema a partir de la necesidad del enderezamiento del movimiento proletario nacional e internacional; sólo veía en el POUM algunos errores ocasionales, sin examinar claramente el conjunto de la corriente centrista, ni tampoco las raíces orgánicas que las sustentaba en el Partido. En resumen, al no comprender cómo debía realizarse el trabajo de clarificación política en el POUM, la debilidad política y el miedo al trotskismo caracterizaban incluso a los elementos más conscientes entre los militantes descontentos con la dirección. De ahí el mantenimiento del statu-quo y el estancamiento político del partido.

¿Puedes decirnos cómo se organizó el movimiento bolchevique en España? ¿Cuál fue su influencia?

El movimiento no se reconstituyó, después de la formación del POUM, hasta varios meses después de iniciada la guerra civil. En el cuadro de las libertades obreras y de la situación revolucionaria general, los bolcheviques-leninistas se esforzaron en hacer prevalecer la política de la IV Internacional. Se habían constituido grupos en Barcelona, Valencia, Madrid, en varias poblaciones catalanas, y en el frente. Gracias a nuestro periódico, La Voz Leninista, y a frecuentes octavillas, habíamos logrado ganar la simpatía de capas importantes de la juventud libertaria, así como entre los obreros cenetistas y poumistas. Hemos de señalar como algo característico el hecho que mientras los obreros anarquistas nos ayudaban y nos protegían a veces en nuestro trabajo de agitación, encontrábamos muy raramente el mismo trato por parte de los camaradas del POUM. Después de un mitin durante el cual fraternizamos con las Juventudes Libertarias, incluso pudimos utilizar sus locales para nuestras reuniones y para organizar conferencias. No solamente trabajábamos fraternalmente con obreros de Los Amigos de Durruti, sino que incluso nos ayudaban a vender y difundir nuestro periódico. Durante las jornadas de mayo, la primera octavilla que se distribuyó en las barricadas fue de los bolcheviques-leninistas. Los bolcheviques-leninistas y Los Amigos de Durruti fueron las únicas organizaciones que se mantuvieron en contacto con los obreros sublevados y que les impulsaron a continuar el movimiento hacia la lucha armada.

Desgraciadamente, la sucesión de errores que se habían acumulado había llevado la revolución a su declive. La movilización de todos los hombres válidos acarreó la desorganización en las filas obreras, y la dispersión de los militantes bolcheviques-leninistas y de los elementos simpatizantes susceptibles de evolucionar hacia una etapa superior de acercamiento político a nosotros. La represión y la provocación staliniana acabaron esta labor. Nuestros militantes fueron encarcelados, otros fueron asesinados como Freund (Moulin), Wolf, Cid, Jaime Fernández[2]. Al final se organizó el famoso proceso que ya conocéis por La Lutte. Nuestra tarea consistió en unir a los militantes más conscientes, en darles un programa, en formar cuadros susceptibles de ayudar a construir el partido revolucionario. Este trabajo, a pesar de todas las dificultades, pese a la reducción a casi nada de nuestros cuadros dispersados aquí y allá por la movilización, continuaba. Después de nuestro encarcelamiento en la Cárcel Modelo, prisión de la Generalidad, hemos tenido, durante 10 meses, ocasión de plantear el problema de la revolución, de sacar las lecciones de la guerra civil, y de intentar encontrar un acuerdo con los obreros anarquistas y poumistas, nuestros compañeros de detención.

EL PORVENIR DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO

¿Cuáles son los resultados concretos obtenidos por esta vía? ¿Cómo planteas el problema del porvenir?

Por lo menos hemos llegado a un acuerdo que representa ya un cierto progreso: la necesidad de reorganizar el partido revolucionario en España. A partir de ahí los militantes anarquistas critican y abandonan sus concepciones tradicionales sobre el problema del Estado y la dictadura del proletariado. Con los camaradas del POUM el acuerdo ha sido aún más completo. Es evidente que el desastre, que la catástrofe española, modifican todo nuestro plan de trabajo, e implicará seguramente transformaciones en las relaciones de fuerza entre las organizaciones. Pero existe un cierto número de militantes, tanto en el POUM como en la CNT, que siempre se encontrarán, en la ilegalidad en España o en la emigración. El acuerdo realizado en principio con los camaradas sobre la necesidad de una lucha política de clarificación en el seno del POUM, con la intervención de los bolcheviques-leninistas, tendrá que continuar hasta llegar al resultado final: la formación de una dirección revolucionaria basada en el programa de la IV Internacional.

Notas de A. Guillamón:

[1]R por Josep Rebull, secretario de la célula 72 del POUM, autor de unas contratesis muy críticas respecto al Comité Ejecutivo del POUM. Josep Rebull lideraba la llamada izquierda del POUM en Barcelona. Véase los números 19 y 20 de « Balance » dedicados al pensamiento político de Rebull y a sus críticas del CE del POUM.

[2]La falta de noticias hizo creer a Munis que su camarada Jaime Fernández también había sido asesinado por los estalinistas, lo cual no era cierto.

2 Réponses to “Lecciones de una derrota. Una entrevista con Munis”

  1. Neues aus den Archiven der radikalen (und nicht so radikalen) Linken « Entdinglichung Says:

    […] Columna Durruti (1936) * Grandizo Munis: ¡Vivan los combatientes de mayo! (1945) * Grandizo Munis: Lecciones de una derrota. Una entrevista con Munis (1939) * Grandizo Munis: Carta a un obrero poumista (1938) * Karl Korsch: La philosophie de Lénine […]

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  2. From the archive of struggle, no.35: Holt Labor Library special « Poumista Says:

    […] Columna Durruti (1936) * Grandizo Munis: ¡Vivan los combatientes de mayo! (1945) * Grandizo Munis: Lecciones de una derrota. Una entrevista con Munis (1939) * Grandizo Munis: Carta a un obrero poumista (1938) * Karl Korsch: La philosophie de Lénine […]

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