1933-12 Reacción y Revolución en España [Nin]

Las elecciones del 19 de noviembre

La victoria electoral obtenida por las derechas españolas el 19 de noviembre plantea con particular acuidad el problema de la posibilidad de una victoria del fascismo en nuestro país. ¿Existe ya en España un movimiento fascista poderoso que pueda constituir un peligro inminente para la clase trabajadora? ¿Hay circunstancias que puedan favorecer el triunfo de este movimiento? ¿Están agotadas ya todas las posibilidades de la revolución española o, por el contrario, tiene la clase obrera vitalidad suficiente para impedir el triunfo de la reacción fascista y dar un nuevo y poderoso impulso a la revolución? A todas estas preguntas intentaremos contestar en las páginas que siguen.

¿Qué es el fascismo?

Para combatir eficazmente a un enemigo, es condición previa indispensable conocerlo. Por ello lo primero que se impone es precisar la noción de fascismo, definir claramente el contenido de este término. Esto es tanto más necesario cuanto que la confusión que existe sobre el sentido del mismo es verdaderamente extraordinaria. Para el centrismo estalinista, por ejemplo, fascistas fueron los gobiernos Brüning y Papen, en Alemania; fascista era la dictadura de Primo de Rivera y de Berenguer; para el Partido Comunista oficial español, son fascistas los agrarios, la “Lliga de Catalunya”, Sanjurjo; hay el socialfascismo, el anarcofascismo. Para los anarquistas, todos los gobiernos, sin excepción, son fascistas, desde el italiano a la dictadura proletaria de la URSS, pasando por la República española. En los medios burgueses y pequeño burgueses la confusión no es menor, y así se habla en los mismos de fascismo ruso, de fascismo de la “Esquerra” (aludiendo a la acción de los famosos escamots) y de fascismo socialista.
Esta confusión enorme parte de un error común: el de considerar como sinónimas del fascismo todas las formas de reacción, y el empleo de los métodos de violencia como su característica única. En el primer caso, el zarismo ruso debería considerarse como fascismo. En el segundo, los “jóvenes bárbaros” radicales y los “requetés” carlistas, eran organizaciones fascistas. Estos ejemplos bastan para demostrar cuán profundamente errónea es esta concepción.
Hay que señalar, en primer lugar, que nos hallamos en presencia de un fenómeno específico de la postguerra, un producto de la crisis aguda de la sociedad capitalista. El fenómeno surge siempre en los momentos en que las contradicciones de clase alcanzan el grado de tensión más agudo y se plantea abiertamente el problema del poder. Por esto, aunque parezca paradójico, un país nunca se halla tan cerca del fascismo como cuando se halla más próximo a la revolución proletaria. En estos momentos de tensión extrema, no puede haber soluciones intermedias. O la burguesía aplasta al proletariado, y destruye todas sus organizaciones de clase, o éste arrolla a la burguesía y establece su dominación.
El capitalismo se halla en una situación gravísima. A pesar de todos sus esfuerzos no ha podido resolver, desde la guerra imperialista acá, las contradicciones internas que lo corroen. La contradicción fundamental entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el modo de producción, ha llegado al punto culminante. La sociedad capitalista está irremisiblemente condenada, pero no se resigna a morir y en los últimos momentos, se agita convulsivamente para prolongar su existencia. Una de estas convulsiones es el fascismo. Para seguir adelante, la burguesía tiene necesidad de someter completamente a la clase obrera, destruir todas sus organizaciones a fin de que mediante una férrea dictadura de clase, pueda descargar sobre las espaldas del proletariado todas las consecuencias de la crisis mortal porque atraviesa el régimen. Pero para ello se ve obligado a recurrir a procedimientos extraordinarios, que se caracterizan por el menosprecio absoluto de las formas democráticas creadas por la propia burguesía, la
violencia más desenfrenda y la centralización de todas las funciones del Estado en un partido dotado de una rigurosa disciplina y libre de toda tutela y control.
Para conseguir este fin, la burguesía no puede limitarse a la simple utilización de los resortes del poder, es decir, a la adopción de las medidas represivas tradicionales. Necesita apoyarse en un movimiento de masas, en una base social. Y esta es la característica fundamental del fascismo.

La pequeña burguesía y el fascismo

Esta base social la suministra la pequeña burguesía, e incluso una parte de los sectores más atrasados del proletariado.
La pequeña burguesía es una clase social situada entre la gran burguesía y el proletariado en el mecanismo de la sociedad capitalista contemporánea.
Por una parte está ligada con el gran capitalismo. Por otra, con el proletariado. En su calidad de pequeña burguesía aspira a convertirse en gran burguesía; pero el proceso de concentración capitalista aplasta al pequeño productor y con frecuencia lo proletariza, es decir, le priva de los medios de producción y le obliga a vender su fuerza de trabajo, convirtiéndolo en simple asalariado de la fábrica y del taller. Esta posición económica de la pequeña burguesía predetermina su fisonomía política.
Privada de independencia en el terreno económico, tampoco la tiene en el terreno político. Colocada entre las dos clases fundamentales de la sociedad, se imagina con frecuencia que es capaz de tener una política propia que no sea ni la del proletariado ni la de la burguesía, una política que tienda a establecer un régimen colocado por encima de las
contradicciones de clase. De aquí la ideología democrática vaga y confusa de esa clase social. En realidad, esto no es más que una ilusión y la pequeña burguesía, a pesar de sus utópicas aspiraciones, hace constantemente el juego a una de las dos clases, siguiendo siempre a la más fuerte, a la que parece ofrecerle la garantía de un poder fuerte y estable que le asegure la marcha normal de sus negocios. Esta incorporación franca y decidida a uno de los sectores, se opera cuando se desmoronan sus ilusiones anteriores.
Esto no significa, ni mucho menos, que este proceso de decepción se produzca mecánicamente y de una vez, sino que es mucho más lento y complejo. Con frecuencia la pequeña burguesía hace el juego a una de las dos clases fundamentales de la sociedad sin dejar por ello de tener la ilusión de que hace una política propia.
Cuando el avance avasallador del proletariado permite creer en su victoria inmediata, la pequeña burguesía cifra en él sus esperanzas y se incorpora directamente al movimiento o, por lo menos, adopta una actitud neutral.
Pero cuando el proletariado, en el momento preciso no cumple con su misión histórica, la pequeña burguesía le abandona decepcionada y se lanza en brazos de la gran burguesía. Esto es lo que ocurrió en Italia después del fracaso proletario de 1920 y lo que ha ocurrido en Alemania recientemente.
En este momento psicológico crítico, el gran capital, para atraerse a la pequeña burguesía, recurre a una agitación de carácter demagógico. Con ello facilita su asimilación, pues en caso contrario la ruptura entre el pasado y el presente sería demasiado brusca. Una de las palancas más poderosas de
que se sirve es la del sentimiento nacional, que en realidad no es más que una expresión de este concepto, propio de la pequeña burguesía, de la posibilidad de una armonía de todas las clases, de la constitución de un Estado que represente los intereses generales. La burguesía se sirve de esta arma para combatir a su enemigo mortal, el marxismo, cuya base fundamental está constituida por la idea de la solidaridad internacional de los explotados. La pequeña burguesía siente un odio profundo por el gran capital que la aplasta. Si la burguesía quisiera conquistar su colaboración presentándose descaradamente con su programa, es poco probable que consiguiera arrastrar a esa clase intermedia. Para ello ofrece como blanco a su odio el gran capital judío y lanza al mismo tiempo un programa de reivindicaciones demagógicas.
El primitivo programa del fascismo italiano, por ejemplo, contenía, entre otros, los siguientes puntos: convocatoria de cortes constituyentes, en las cuales plantearía el problema de régimen; supresión del Senado, salario mínimo, jornada de ocho horas, abolición del trabajo nocturno e infantil,
aumento de las pensiones de invalidez y vejez, seguro social obligatorio, participación de los obreros en los beneficios, e incluso transmisión directa a los trabajadores de la dirección de determinadas ramas de la industria y del transporte; confiscación de los beneficios de guerra y de los bienes de la Iglesia, la tierra para los campesinos, etc. Es interesante señalar el hecho de que, cuando la ocupación de las fábricas por los obreros en 1920, los fascistas se mostraron solidarios con aquel acto netamente revolucionario.
El programa fascista alemán de los primeros tiempos no era menos demagógico. Figuraban en él, entre otros puntos, la lucha contra la especulación y el agiotaje, el derecho del individuo a la posesión de los instrumentos de producción necesarios, la tierra para el que la trabaja, la participación en los beneficios, la creación de un Parlamento económico nacional, etc.
Como se ve, la propaganda demagógica constituye un denominador común del fascismo. Por esto hay que considerar con profunda desconfianza aquellas tendencias que, como la representada, por ejemplo, por el periódico La Tierra, de Madrid, propugnan un programa exteriormente muy revolucionario, pero que se apoya en un principio profundamente reaccionario: el racismo, la “revolución racial”. No se olvide que Mussolini empezó su propaganda como socialista y que el fascismo alemán aún hoy emplea este apelativo. Tanto en Alemania, como en Italia, la reacción fascista se inició desplegando la bandera de la patria y de la primacía de los intereses nacionales Todas estas consideraciones nos muestran con sobrada elocuencia la importancia enorme de la pequeña burguesía, y la necesidad
de adoptar una política justa con respecto a la misma, que permita al proletariado conquistarla o neutralizarla. Y nos apresuramos a afirmar que la política más justa consiste precisamente en reforzar el impulso ofensivo del proletariado, y dar la sensación a esa clase incolora y vacilante de que la clase trabajadora es la única que puede vencer y establecer un orden de cosas sólido y duradero. El fascismo es la expiación del proletariado por no haberse sabido aprovechar del momento favorable que le ha deparado la historia y tomar el poder. Si en el momento preciso cumple con su deber, el retroceso de la pequeña burguesía no se producirá y la gran burguesía no
tendrá la posibilidad de convertir a esa clase social en la base de sus fuerzas de choque contra el proletariado.
Como resumen de todo lo dicho anteriormente, el fascismo se puede definir así; “La acción violenta, extralegal del capitalismo, apoyado, para la consolidación de su poder, en la pequeña burguesía industrial y agraria. Sus rasgos característicos son el menosprecio de las fórmulas políticas establecidas por la propia burguesía, tales como la democracia, el derecho, el parlamentarismo, la libertad de palabra, de asociación y de coalición, etc., y el empleo de medidas de violencia extrema contra las organizaciones
obreras, cuya destrucción total persigue la burguesía para superar la crisis a que la conducen las contradicciones internas del régimen”.

La experiencia de Italia y Alemania

El fascismo es una medida extrema, un remedio heroico dictado por el carácter inextricable de las contradicciones del régimen, es un último recurso. Por esto, la burguesía no recurre al mismo de buena gana. Si este recurso fracasa, ¿qué nueva salida se ofrece a la burguesía? El problema del poder se plantea de nuevo fundamentalmente. Además, los sectores pequeño burgueses, que, atraídos por las promesas demagógicas, se han adherido al fascismo, se vuelven cada vez más exigentes, presentan su cuenta y provocan un proceso de disgregación.
Si la burguesía no mantiene el régimen democrático parlamentario es porque no puede, porque bajo dicho régimen se halla en la imposibilidad de resolver los antagonismos de clase. Es un error creer en el valor inmanente de la democracia, la cual corresponde a una etapa determinada de la evolución económica: la del capital industrial. En la etapa del capitalismo imperialista, que es la del apogeo máximo y al mismo tiempo de la descomposición, las formas democráticas y parlamentarias resultan impotentes para asegurar un desarrollo “normal” y pacífico. Las contradicciones internas se agudizan cada vez más y, si en el momento en que estas contradicciones alcanzan su máxima tensión y plantean concretamente el problema del poder, la clase obrera (históricamente llamada a sustituir a la burguesía) no cumple con su deber, se abre el período de la dictadura implacable y descarada del capitalismo, se instaura la tiranía sangrienta y bárbara del fascismo.
En 1920 existían en Italia todas las condiciones objetivas necesarias para la victoria de la revolución proletaria. El capitalismo se hallaba en un callejón sin salida. Las masas pequeño burguesas, que habían cifrado inmensas esperanzas en los resultados de la victoria sobre los países centrales en la
guerra imperialista, se sienten profundamente defraudadas y vuelven los ojos hacia el proletariado como única esperanza de salvación. La burguesía psicológicamente se siente de antemano vencida y considera como un hecho inminente e inevitable la pérdida de sus privilegios y la victoria de la clase obrera. Las masas trabajadoras del país se sienten animadas de un inmenso entusiasmo revolucionario. Su avance irresistible y su decisión combativa siembran la desmoralización y la desconfianza en las filas enemigas.
La crisis revolucionaria llega a su apogeo en septiembre de 1920. Los obreros de la industria metalúrgica de Turín, ante la actitud de los patronos, que se niegan a satisfacer las reivindicaciones presentadas por el sindicato, ocupan las fábricas bajo la dirección de los comités elegidos en el transcurso de aquellos meses de lucha. El ejemplo es inmediatamente seguido en la localidad y en el resto del país, por los obreros de las demás ramas de la producción e incluso por una gran parte de los obreros agrícolas que, en ciertas regiones, y muy especialmente en el sur, ocupan las tierras. La bandera roja ondea en los establecimientos. Patrullas obreras armadas guardan las fábricas. El gobierno se ve impotente para hacer frente por la fuerza a aquel movimiento avasallador. Ante esta imposibilidad,
recurre a la astucia. Para ello se vale de los dirigentes de las organizaciones obreras que en aquel momento ejercían la hegemonía sobre la clase obrera italiana: la Confederación General del Trabajo y el Partido Socialista. Estos
elementos, que hasta entonces habían empleado una fraseología revolucionaria para no verse desplazados por la clase obrera, que exigía la revolución, aprovechan la oportunidad para degollar el movimiento. La solución es conocida: el gobierno de Giolitti publica un decreto legalizando el control obrero de la producción. Los reformistas de la CGT se dan por satisfechos, y se da la orden a los obreros de que cesen en su actitud y
abandonen las fábricas. La revolución estaba desde este momento irremisiblemente perdida. Se habían dejado pasar las circunstancias favorables. Las masas obreras, antes llenas de entusiasmo, se sienten profundamente decepcionadas. Su espíritu combativo sufre un golpe rudísimo. Las masas pequeño burguesas llegan a la conclusión de la impotencia de la clase obrera para tomar el poder, y los aliados de ayer
prestan oído a la propaganda fascista, que ha de hallar pronto en esas masas su base fundamental. La clase obrera italiana debía completar la ocupación de las fábricas con la conquista violenta del poder y establecer su dictadura.
Caro pagó su error. El fascismo, que hasta entonces se había reducido a la acción de pequeños grupos sin ninguna influencia, no tarda en convertirse en un extenso movimiento, cada vez más ofensivo, que en dos años consigue tomar el poder, destruir las organizaciones obreras e instaurar un régimen de terror sangriento.
El ejemplo de Italia es aleccionador. Pero la clase obrera de dicho país tiene hasta cierto punto un atenuante: el de su relativa debilidad numérica y de la inmensa importancia de la pequeña y, sobre todo, de los campesinos.
Pero, ¿y en Alemania? En Alemania la clase obrera constituye la mayoría absoluta de la población y, sin embargo, ha sufrido la derrota más grande que registra la historia del proletariado. La responsabilidad por ello incumbe de lleno a las dos organizaciones políticas fundamentales que compartían la dirección de la clase obrera: la socialdemocracia y el partido comunista.
En noviembre de 1918, el proletariado alemán derribó el régimen de Hohenzollern e impuso la paz. El impulso revolucionario de las masas hallaba su expresión en los soviets de diputados obreros y soldados, creados bajo la influencia directa de la revolución rusa. La socialdemocracia ejercía una influencia decisiva sobre las masas trabajadoras. Los destinos del país estaban en sus manos. La revolución proletaria podía y debía triunfar. Pero los jefes reformistas, que ya en 1914 se habían uncido al carro del imperialismo alemán, estrangularon la revolución, y a partir de aquel momento todos sus esfuerzos se encaminaron en el sentido de evitar la victoria de la clase obrera y consolidar el poder de la burguesía. Las tentativas heroicas realizadas por el pequeño grupo de “espartaquistas”, acaudillados por Liebknecht y Rosa Luxemburgo, para canalizar el movimiento por la senda de la revolución proletaria, fueron ahogadas en sangre. Desde entonces el partido socialdemócrata colaboró activa y constantemente con la burguesía para apuntalar un régimen que se tambaleaba. Para ello, mantuvo en las masas la ilusión en la posibilidad de una evolución pacífica de las formas burguesas de la democracia hacia el socialismo, y encerró estrictamente la lucha en los límites constitucionales. Su política del “mal menor” la llevó a apoyar a todos los gobiernos que prepararon la reacción fascista y a Hindenburg, y a desarmar al proletariado ante los inmensos peligros que le amenazaban. El resultado es conocido.

El partido comunista estaba llamado a llenar el vacío dejado por el partido socialdemócrata convirtiéndose en el instrumento que necesitaba el proletariado alemán para luchar y vencer. Pero, bajo la nefasta dirección de la Internacional, el partido fue de error en error, y se convirtió en el responsable máximo de la victoria de Hitler, puesto que la traición de la socialdemocracia estaba descontada. Actualmente, los dirigentes del partido y de la Internacional pretenden justificar su impotencia ante el fascismo diciendo que en el momento en que se produjo la crisis decisiva la inmensa mayoría de la clase obrera se hallaba bajo la influencia de la socialdemocracia y, por consiguiente, toda tentativa insurreccional se hubiera convertido en un putsch y conducido a una derrota estéril. Es evidente que sin contar con la mayoría de la clase obrera, no se puede pensar en la revolución. Pero esta mayoría, el Partido Comunista alemán
debía conquistarla a expensas de la socialdemocracia, y la hubiera indudablemente conquistado a no ser por los gravísimos errores que cometió. En 1923 el Partido Comunista alemán pudo tomar el poder. En las semanas decisivas del mes de octubre del año mencionado, los obreros abandonaban en masa a la socialdemocracia, y seguían a la bandera del comunismo. Pero el partido falló, y la burguesía alemana tuvo la posibilidad de superar la crisis y consolidar sus posiciones. En los años sucesivos había una posibilidad de enmienda. Pero el partido fue acumulando los errores. Con su falsa teoría del socialfascismo levantó una barrera infranqueable entre la inmensa mayoría de la clase trabajadora y el partido comunista; con su absurda política del frente único ultimatista, sólo por la base, es decir prescindiendo de los comités directivos de las organizaciones, con su táctica sindical escisionista, que le llevó a crear
organizaciones independientes, se aisló de las grandes masas proletarias.
Como resultado de todo ello, la clase alemana se vio privada, en el momento decisivo, del partido revolucionario que necesitaba para vencer, y las bandas pardas del nazismo instauraron su dominación brutal sin encontrar, la menor resistencia.
La clase obrera de los demás países debe sacar las lecciones necesarias de esta experiencia, y en primer lugar, debe sacarlas la clase obrera de nuestro país.

La política de los gobiernos de la República española ha preparado el avance de la reacción

¿Hay en España el peligro inmediato de una reacción de carácter típicamente fascista? Para dar una respuesta concreta a esta pregunta es preciso que analicemos rápidamente el carácter de los acontecimientos desarrollados en España desde el 14 de abril de 1931 hasta la victoria electoral obtenida por las derechas el 19 de noviembre.
La revolución españo1 tiene pecado de origen: la forma pacífica e idílica en que se efectuó el cambio de régimen. La monarquía cayó sin sangre y sin violencia como resultado de que los hombres que tomaron el poder en el 14 de abril lo hicieron, no para realizar la revolución, sino para evitarla. En realidad, la proclamación de la República no fue más que una tentativa desesperada de la parte más clarividente de la burguesía y de los grandes terratenientes para salvar sus privilegios. De no haber sacrificado al rey, contra el cual se concentraba la ira popular, los hombres del Comité revolucionario no habrían podido contener el ímpetu avasallador de la revolución de las masas, que en su avance no se habría detenido ante el ataque a las bases fundamentales de la sociedad burguesa y habría emprendido decididamente el camino de las transformaciones de carácter
socialista. Este lo repetimos, fue el pecado original, y hay que decir que una enorme parte de responsabilidad recae precisamente sobre los hombres del Partido Socialista, que con su colaboración directa, se convirtieron en los mejores auxiliares de la maniobra realizada por las clases explotadoras.
Consolidar la República era su lema, y consolidar la República significaba dar la posibilidad a la burguesía de superar los momentos más difíciles y, una vez reforzadas sus posiciones, emprender el ataque a fondo contra el proletariado. Los socialistas estuvieron en el poder mientras su colaboración sirvió los intereses de la burguesía; lo abandonaron cuando
esta colaboración resultó innecesaria por haber conseguido las clases explotadoras atravesar incólumes los momentos más difíciles. “Entre sectores considerables del movimiento obrero revolucionario (decíamos poco después de la proclamación de la República1) está muy difundida la idea de la posibilidad de un período de tres o cuatro años de desarrollo pacífico, sin sacudidas, de la organización obrera. La posibilidad de un período tal está absolutamente descartada. La crisis por que atraviesa la burguesía española no podrá ser resuelta, porque sus contradicciones son irresolubles en el marco del régimen capitalista. La situación de las masas obreras y campesinas irá agravándose de día en día y la lucha de clases tomará proporciones cada vez más vastas y caracteres más agudos. En estas condiciones, es absolutamente ilusorio imaginarse que la burguesía pueda permitir el desarrollo pacífico de las organizaciones obreras. El período que se abre no es, pues un período de paz, sino de lucha encendida. Y en esta lucha estarán en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir. La clase obrera será derrotada si en el momento crítico no dispone de los elementos de combate necesarios: triunfará, si cuenta con estos elementos, si se desprende de todo contacto con la democracia burguesa, practica una política netamente de clase y sabe aprovechar el momento oportuno para dar el asalto al poder”.
Por otra parte, en nuestra conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid a principios de junio de 1931 señalábamos claramente la trayectoria que seguiría la República española como resultado de la política pusilánime y retórica de la pequeña burguesía. Los hechos nos han dado plenamente la razón. Como la República no supo resolver radicalmente en los primeros momentos los problemas fundamentales de la revolución democrática burguesa, a los dos años y medio del cambio de régimen ha sido posible que las derechas más reaccionarias obtuvieran una victoria electoral resonante, que pone en inminente peligro las mezquinas conquistas logradas.
Esta victoria de las derechas hubiera sido totalmente imposible si las izquierdas pequeño burguesas, en vez de entregarse a expansiones oratorias, hubieran hundido desde el primer momento el bisturí en la gangrena de la sociedad feudal española. Los gobiernos de izquierda han tenido una energía puramente retórica, nutrida de recuerdos históricos. El jacobinismo de Azaña ha sido un jacobinismo de Ateneo, que ha tomado de aquél la fraseología, pero no lo que constituía su contenido fundamental, la decisión implacable de destruir al enemigo.
Para hacer imposible un acontecimiento como el de la victoria derechista del 19 de noviembre, hubiera sido preciso tener en cuenta el consejo de Lenin. “Desarmar al adversario vencido es el deber primordial de todo vencedor, si no quiere que la guerra vuelva a estallar en el momento más impensado”. La República dejó armada a la reacción, dejó intactas sus bases económicas. Si en vez de crear un formidable mecanismo burocrático para resolver el problema agrario se hubiera expropiado inmediatamente, sin indemnización, a los grandes terratenientes y se hubieran confiscado sus fortunas, se habría arrancado de raíz ese caciquismo español que ha facilitado en gran parte la victoria de las derechas. Si se hubiera expulsado sin piedad a las órdenes religiosas y confiscado los bienes de la Iglesia, el
poder de esta potencia feudal habría quedado reducido a cero. Y si después de la intentona del 10 de agosto, se hubiera obrado con mano dura fusilando a unos cuantos generales, la oficialidad monárquica no habría hallado en la impunidad un aliciente para seguir conspirando contra el régimen. En vez de desarmar al enemigo, el gobierno de la República lo mantuvo armado para utilizarlo precisamente contra el proletariado. De modo que, por una parte, no cimentó el régimen en unas nuevas bases resultado de la destrucción de los cimientos de la España feudal, y por otra, fue perdiendo el apoyo de las masas populares. Toda la política izquierdista quedó reducida a frases, frases y frases. No podía ser de otro modo, tratándose de elementos representantes de la pequeña burguesía radical.
Las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes demócratas [dice Marx] no tienen otro objetivo que intimidar al adversario. Y cuando han emprendido un camino sin salida y se han comprometido lo suficiente para verse obligados a ejecutar sus amenazas, recurren al equívoco, esquivan los medios de la realización y buscan pretextos para la derrota. La obertura brillante que anunciaba el combate se transforma en un débil murmullo; tan pronto el combate ha de empezar, los actores dejan de tonarse en serio a sí mismo, y la intriga se desvanece como un globo de goma deshinchado por un alfilerazo”.
Estas palabras clásicas de Marx, adquieren, un particular relieve ante el ejemplo vivo de la revolución española. Todo fue ficción en la energía revolucionaria de la izquierda pequeño burguesa. La realidad fue que subsistió íntegramente, en lo sustancial, el régimen anterior al 14 de abril.
Dos años y medio después de la proclamación de la República, siguen sin resolver los problemas fundamentales de la revolución democrático burguesa: el problema de Cataluña, la cuestión agraria, la cuestión religiosa, la transformación del mecanismo burocrático del Estado. De toda la legislación de las Constituyentes no quedarán más que las leyes de Vagabundos, de Orden público y de Asociaciones, en las cuales la reacción encontrará un magnífico instrumento de represión contra la clase
trabajadora, a menos que ésta diga su última palabra.
Una gran parte de responsabilidad por este proceso abortivo de la revolución española, corresponde (como ya hemos dicho) a los socialistas.
Estos se convirtieron en el momento más peligroso para la burguesía en los auxiliares de la misma. En los primeros tiempos de la República, no sólo la burguesía industrial, sino incluso la clase más reaccionaria de todas, los terratenientes, no sólo no opusieron reparos a la permanencia de los socialistas en el poder, sino que la vieron con buenos ojos. Tenían la seguridad (y no se equivocaban) de que nadie mejor que ellos defendería los intereses de las clases explotadoras y contendría el avance de la revolución. ¿No ha dicho uno de sus líderes más destacados* que la primera labor de los socialistas consistió en desplazar a los comunistas y a los anarcosindicalistas del movimiento, en “apartarlos de que influyeran en la dirección de las masas revolucionarias?”.

Ahora se produce en el Partido Socialista una profunda reacción contra la política colaboracionista. Largo Caballero ha empleado durante la campaña electoral un lenguaje puramente comunista, llegando incluso a preconizar la necesidad de la dictadura del proletariado. Los trabajadores revolucionarios tienen motivos más que sobrados para sospechar de la sinceridad de esta evolución. El recuerdo de la política socialista durante la dictadura y el período constituyente de la República es demasiado reciente
para que se pueda olvidar. Pero es innegable que en la masa del partido la evolución es real y sincera. El deber de los buenos revolucionarios es impulsar hacia adelante esta evolución hasta producir la ruptura definitiva e irreparable entre la masa y los jefes reformistas. En este sentido, el proceso de radicalización que se está efectuando en el socialismo español, puede tener inmensas consecuencias históricas, determinando por la influencia de los elementos revolucionarios de los distintos sectores del movimiento obrero de nuestro país, la creación de ese gran partido comunista sin el cual la victoria de la clase obrera es imposible.

¿Qué represen tan la coalición de derechas y los radicales?

La política de la coalición republicano-socialista no podía dar satisfacción a ninguno de los sectores de la masa popular española. La clase obrera, ni que decir tiene, fue perdiendo rápidamente sus ilusiones democráticas, y una gran parte de la pequeña burguesía, decepcionada, fue volviendo las espaldas a la República y se dejó seducir por la propaganda de las derechas.
Es este el hecho más importante que se ha producido en estos últimos tiempos, pues como ya sabemos, la pequeña burguesía constituye la base fundamental en que se apoya el movimiento fascista.
Sería de una ceguera imperdonable cerrar los ojos ante el inmenso peligro que representa la victoria electoral obtenida por las derechas. Pero, sin embargo, no habría nada peor que dejarse llevar por el pánico y considerar como definitivamente cerrado el ciclo de la revolución española.
La reacción está representada en la actualidad por dos fuerzas políticas fundamentales: la coalición de derechas, cuyo núcleo básico está constituido por los agrarios y los radicales, acaudillados por Lerroux.
Revelaría una miopía incurable el que viera en esas dos fuerzas a factores antagónicos. Agrarios y radicales son los dos brazos de un mismo cuerpo: la contrarrevolución. No queremos decir con ello que representen exactamente a unas mismas clases sociales, sino que sus intereses y sus fines son históricamente comunes. Los agrarios son la expresión política descarada de la clase más reaccionaria, los terratenientes, y sus soportes tradicionales, la Iglesia y el ejército. Con ello queda dicho que aspiran a anular los tímidos avances de la revolución en las cuestiones agraria, religiosa y catalana, y en la legislación obrera. Que se declaren o no republicanos, tiene una importancia secundaria. Lo que cuenta es el contenido, y la sustancia de su programa es fundamentalmente monárquica.
Ello no es óbice para que los agrarios se concilien con la República si consideran posible realizar su programa sin modificar la forma de gobierno y temen que la restauración de la dinastía borbónica pueda enajenarles la simpatía y el concurso de grandes sectores de la población.
Lerroux coincide fundamentalmente con el programa de los agrarios y de Acción Popular. Sus declaraciones recientes y sobre todo su campaña electoral, muestran en él el propósito firme de liquidar todo lo legislado por las Constituyentes bajo la presión de las masas, en sentido revolucionario.
Al obrar así, Lerroux, en realidad, se muestra fiel a todo su pasado.
Contrariamente a lo que una opinión superficial podría hacer creer, Lerroux, caudillo demagógico antaño, encarnación viva de la reacción conservadora hoy, no es, a pesar de todas las apariencias, un simple tránsfuga que, en el ocaso de una larga vida de combate renuncia a su pasado y se refugia en posiciones más confortables. Desde los inicios mismos de su carrera política ha servido constante y sistemáticamente los intereses de la reacción. Los sirvió ya desde su primera aparición en Barcelona cuando desvió con su propaganda demagógica a una gran parte de la clase obrera de su terreno de clase e inició la lucha contra el nacionalismo catalán, que era indiscutiblemente un factor progresivo frente a la España feudal. Cuando las masas obreras catalanas reaccionan y curadas de su alucinación anterior abandonan al caudillo, Lerroux pierde su fortaleza barcelonesa y procura orientarse hacia otros sectores. Pero las circunstancias son poco propicias y durante algunos años es una figura más
o menos decorativa sin ninguna fuerza real. Pero sean cuales sean las condiciones políticas del país, permanece fiel así mismo, y cuando en septiembre de 1923 Primo de Rivera realiza su golpe de Estado, Lerroux saluda el acto del dictador como el primer paso hacia la regeneración de España. La crisis de la dictadura, que determina su caída y el nacimiento de un poderoso movimiento antidinástico, empuja nuevamente a Lerroux hacia el campo republicano. Aquí, antes y después de la proclamación de la República, actúa como el representante genuino de los intereses cuya defensa ha constituido el eje de toda su actuación.
Este período de la vida política de Lerroux es demasiado notorio para que sea preciso insistir en los detalles. El ex caudillo demagógico aparece hoy encuadrado en las filas de los enemigos descarados de la revolución.
Su lucha encarnizada contra los socialistas ha sido el índice externo más destacado de su coincidencia sustancial con los sectores más reaccionarios de las clases explotadoras españolas. A pesar de su colaboración descarada con la burguesía y de sus repetidas traiciones, a pesar de su complicidad en las deportaciones y la aprobación de las leyes draconianas, los socialistas representaban, aunque fuera por simple reflejo de las masas que les siguen y cuya evolución a izquierda es evidente, la voluntad de continuar la revolución. De aquí que contra ellos concentrarán el fuego agrarios y radicales.
Pero en este último período Lerroux ha conseguido agrupar a su alrededor a los sectores esenciales de la burguesía industrial o, por lo menos, conquistar su simpatía pasiva, a contingentes importantes de la clase media y a los representantes del capital especulativo y de las castas militares. La primera de estas circunstancias explica que la fusión efectiva de las dos alas de la reacción no se haya realizado. La burguesía industrial, por el antagonismo tradicional de sus intereses con los de los terratenientes, no puede decidirse a una alianza pública e inmediata con los agrarios. La fusión de estas dos alas, sin embargo, no sólo no es imposible sino que es probable, a pesar de sus contradicciones interiores. El ejemplo de Italia y el
más reciente de Alemania, demuestran que en el momento decisivo las clases explotadoras dejan de lado los antagonismos que les separan para formar el bloque contra la revolución. Hemos visto ya como con ocasión de la lucha electoral, agrarios y radicales, sin fusionarse de un modo efectivo en la escala nacional, establecieron sistemáticamente una especie de “división del trabajo”, inspirada en el propósito de no perjudicarse mutuamente. Lo mismo vemos con motivo de la segunda vuelta en las elecciones. Los radicales se aprestan a retirar su candidatura para facilitar el triunfo de las derechas. De aquí a la alianza efectiva, a la fusión completa, no hay más que un paso. El que se realice en un plano más o menos breve, dependerá del ritmo que adquiera la revolución.

¿Existe un peligro fascista inmediato?

La confluencia de todos estos actores constituye un peligro reaccionario inmediato. ¿Pero esta reacción adoptará desde el primer momento un carácter típicamente fascista? Todo permite suponer que no. Como hemos dicho ya al principio de estas páginas, la burguesía no recurre de buen grado a este procedimiento heroico, por los peligros que entraña, en
definitiva, para su propia existencia. Lo más probable es que la reacción adopte las formas clásicas de la represión, en el marco de la República. La perspectiva inmediata más probable es la instauración de un régimen parecido al de Portugal o de la República Argentina. Otra de las razones que nos inducen a suponer como poco probable la implantación de un régimen de tipo fascista, es la ausencia de un movimiento de masas como el que acaudilló Mussolini primero y Hitler después, con sus instrumentos auxiliares preciosos, bandas de choque organizadas y disciplinadas y un fuerte partido centralizado. Estos dos factores en la actualidad no existen en nuestro país. Las derechas han triunfado por la evolución de la pequeña burguesía decepcionada y la abstención electoral de una gran parte del
proletariado. La victoria ha sido más bien el resultado de una actitud negativa (el descontento) que no positiva. No sabemos hasta qué punto la pequeña burguesía está dispuesta a pasar de la simpatía pasiva a la simpatía activa. En cuando a la aparición de un partido cohesionado y centralizado, el proceso de su formación está todavía muy atrasado. Las derechas aparecen coaligadas, pero no fusionadas. La coalición que han formado es un conglomerado de elementos heterogéneos, que se combaten mutuamente y cuyas divergencias impiden por el momento la constitución de una fuerza unificada. Por otra parte, la burguesía industrial de Cataluña y Vizcaya no puede dejar de mirar con recelo a los elementos agrarios.
No obstante, la instauración de un régimen de derechas del tipo que hemos indicado crearía condiciones favorables al desarrollo del fascismo. Las aspiraciones, cada vez más exigentes, de la clase obrera, los levantamientos campesinos, agravará, sin duda, la situación, y en caso de que las masas trabajadoras no supieran reaccionar a tiempo, se podría producir una rápida evolución de la pequeña burguesía hacia el fascismo. En este caso, las contradicciones internas que separan actualmente a las clases explotadoras serían temporalmente ahogadas y, en el fuego de la lucha, surgiría el partido fascista encargado de crear la fuerza política cuya misión sería destruir de cuajo el movimiento obrero e instaurar una dictadura descarada y sangrienta de la burguesía. No se olvide que en circunstancias mucho menos graves, la burguesía catalana, representada por la “Lliga Regionalista”, dejó momentáneamente de lado su antagonismo tradicional con los terratenientes españoles, para prestar su apoyo decidido a Primo de Rivera.

La revolución no ha terminado. Por la unidad de acción del proletariado
Esta variante (la peor) es posible en el caso de que la clase trabajadora española acepte pasivamente los hechos y no reaccione vivamente ante el peligro que la amenaza. La vitalidad del proletariado español, su espíritu combativo, hacen descartar absolutamente esta hipótesis. Nuestras clases trabajadoras han sostenido en el transcurso de estos últimos años, y siguen sosteniendo, una lucha sin precedentes en ningún país por su magnitud, su intensidad y su persistencia. Sus energías no están agotadas ni muchos menos. Lo peor que podría pasar sería que el proletariado se considerara vencido de antemano y juzgara como inevitable el triunfo de la reacción No, los obreros y los campesinos españoles no pueden ni deben desalentarse. Si están dispuestos a luchar (y todo permite afirmar que la voluntad combativa existe) la reacción será aplastada y la revolución española seguirá adelante. La situación revolucionaria persiste. La burguesía española es débil, los obreros industriales y agrícolas y los campesinos constituyen la mayoría absoluta de la población. Esta fuerza, canalizada y organizada, puede vencer.

Lo que se opone momentáneamente a ello es la disgregación de nuestras fuerzas, tanto en el terreno sindical como en el político. La existencia de organizaciones distintas no sólo no constituye un peligro, sino que es un resultado natural de la lucha de tendencias inevitables que plantean los problemas estratégicos y tácticos de la revolución. El peligro empieza cuando estas organizaciones se niegan a aunar sus esfuerzos para una acción común sobre la base de un programa aceptable para todos y con fines concretos e inmediatos.

Es evidente que en los momentos actuales, las clases explotadas de nuestro país tienen un interés vital en impedir el triunfo de la reacción. Los obreros, sean socialistas, comunistas, sindicalistas, anarquistas, católicos o que no pertenezcan a ningún partido, están todos igualmente interesados en defender sus salarios, sus organizaciones de clase, amenazados por la reacción, la libertad de prensa, de reunión y de coalición. Los campesinos, sean cuales sean sus opiniones políticas, tienen un interés común en luchar contra los grandes terratenientes y los propietarios. La comunidad de estos intereses dicta imperiosamente la necesidad de la acción común. La fórmula para obtenerla es el frente único; pero el frente único sincero, honrado, que no sea una simple maniobra partidista destinada a servir intereses mezquinos y de capillita. Con los intereses de la clase trabajadora no se puede jugar.
Nosotros estimamos que la victoria de la clase trabajadora será posible únicamente bajo la dirección de un partido revolucionario; pero el derecho a ejercer esta dirección no se adquiere, por decirlo así, por gracia divina, sino conquistando la confianza de la mayoría proletaria En el curso de la lucha la organización política que tenga una noción más clara de la situación y mejor acierto a interpretar las aspiraciones de las masas, se llevará a éstas tras de sí. Pero esta premisa teórica, a nuestro juicio irrefutable, no excluye ni mucho menos la posibilidad de la acción común.
La constitución de un bloque compacto de las organizaciones obreras, estrechamente aliadas con las masas campesinas, se impone de un modo urgente. No faltan en el movimiento obrero voces que se levantan en favor de este frente único; pero a menudo los que con más vehemencia externa defienden esta consigna son los que, en realidad, la sabotean prácticamente.
Y no hablemos ya de la política del Partido Comunista oficial, que llega a proponer el frente único de un modo ultimatista, a base de unas condiciones que sabe de antemano que hacen imposible la unidad de acción.
En estas horas solemnes, la necesidad de constituir este frente único de la clase trabajadora debe colocarse por encima de todo. Aisladamente, ninguna de las organizaciones políticas y sindicales puede luchar victoriosamente contra la reacción. Unidas pueden sostener el combate con eficacia y vencer.
El programa de este frente único circunstancial debería limitarse a unas cuentas consignas claras, capaces de agrupar a su alrededor a la totalidad de la clase obrera y de hacer retroceder a la reacción. Estas consignas podrían ser: defensa de las conquistas logradas por la clase trabajadora en todos
los aspectos, organización de la lucha activa la reacción y el peligro fascista; paso a la ilegalidad de los partidos monárquicos declarados o vengonzantes (agrarios, Acción Popular, tradicionalistas), prohibición de su prensa; convocatoria de nuevas elecciones sobre la base del sufragio a partir de los 18 años, sin excluir a los soldados, a los cuales se debe conceder la plenitud de los derechos políticos; anulación del derecho de voto para el clero y los miembros de las comunidades religiosas.
La formación de un frente único en el cual estuvieran representados todos los sectores obreros sin excepción, levantaría inmediatamente el espíritu del proletariado español, y le infundiría una gran fe en su victoria, y, por
otra parte, daría a la pequeña burguesía la sensación de la fuerza real del proletariado, lo cual evitaría seguramente la evolución de esa clase indecisa y vacilante hacia el fascismo.
La formación del frente único tendría, por otra parte, una gran significación histórica. En el proceso revolucionario que determinó la caída de la dictadura militar y condujo a la implantación de la República en abril de 1931, las masas trabajadoras infeudaron su actuación a los partidos
burgueses, y, sobre todo, a la pequeña burguesía radical. Hecha la experiencia de la incapacidad fundamental de la pequeña burguesía para realizar la revolución, el proletariado debe emprender decididamente el camino de la plena autonomía pasando a ejercer el papel directivo revolucionario. La pequeña burguesía radical representa, evidentemente, un factor progresivo en comparación con las derechas, pero de aquí no se deduce que la clase obrera deba repetir la triste experiencia de estos años agarrándose a sus faldones y marchando con ella al precipicio. La lección ha sido demasiado dura. Si la pequeña burguesía radical (y aludimos muy especialmente a la “Esquerra”) quiere realmente luchar contra el peligro reaccionario, debe unir sus esfuerzos a los de la clase trabajadora, la única que puede sostener esta lucha con eficacia. Los papeles han de cambiar. El que desempeñó el proletariado en la lucha contra la monarquía borbónica, debe desempeñarlo ahora la pequeña burguesía. Sólo el proletariado puede vencer a la reacción.

¿En qué terreno se plantea la lucha?

Pero para que el proletariado pueda vencer a la reacción, es absolutamente indispensable que se desprenda de sus ilusiones democráticas y se convenza de que, en la etapa decisiva porque atravesamos, la lucha se desarrollará predominantemente en el terreno extraparlamentario. De aquí no se deduce, ni mucho menos, que la clase trabajadora debe renunciar a toda intervención en la vida política del país para no manifestarse más que por medio de la insurrección armada. Esta conclusión sería propia de la mentalidad simplista de los anarquistas, completamente ajena a la dialéctica, e indigna de un marxista.
La revolución no es, por decirlo así, una obra en un acto, sino un ciclo de infinidad de episodios; no es un simple golpe de mano, sino un largo y doloroso proceso, que no termina ni tan siquiera con la victoria de la insurrección (que no es más que una etapa de ese proceso) y la consiguiente conquista del poder. El camino que conduce a la victoria es un camino sembrado de dificultades, que la clase obrera supera con ayuda de una experiencia que le cuesta enormes sacrificios. En ese proceso revolucionario, que no se desarrolla en línea recta, el proletariado ha de saber orientarse en el complejo engranaje de las relaciones sociales, utilizar en beneficio propio las contradicciones que surjan en el seno de las demás clases, maniobrar hábilmente en los virajes, es decir, en los momentos en que la crisis llega a su apogeo, para evitar la derrota, si las condiciones son desfavorables o, en caso contrario, emprender enérgica y decididamente la marcha hacia adelante.
Por otra parte, hay que establecer una distinción entre la masa obrera y su vanguardia consciente. Si ésta avanza demasiado, corre el riesgo de quedar aislada del resto del ejército y, en este caso, la derrota es segura. La vanguardia tiene una conciencia clara de la situación y de la táctica a emprender mucho antes que la gran masa trabajadora, la cual evoluciona mucho más lentamente y llega a las mismas conclusiones que la vanguardia sólo después de haber pasado por el fuego de la experiencia. Esta experiencia puede ser más o menos prolongada, según sean las circunstancias. En las épocas revolucionarias, durante las cuales los acontecimientos se suceden con extraordinaria rapidez, la conciencia de las masas se desarrolla aceleradamente. Lo que en época normal necesita años para ser asimilado, en los periodos revolucionarios se asimila en pocos meses, y a veces en pocas semanas.
La clase trabajadora rusa en menos de ocho meses se desprendió de las ilusiones democráticas y llegó a la conclusión firme de que debía tomar el poder. El partido socialista revolucionario, que contaba con la simpatía y la adhesión de la inmensa masa campesina, se convirtió, en un brevísimo espacio de tiempo, en un partido impopular sin ningún arraigo, en el país.
En cambio, los bolcheviques, que al principio de la revolución no representaban más que a la parte más consciente del proletariado, consiguieron agrupar a su alrededor a la inmensa mayoría de las masas obreras y campesinas.
Es evidente que, en España, las ilusiones democráticas de los trabajadores son infinitamente menores que hace un año. La experiencia ha sido demasiado dura y aleccionadora para que pasara sin dejar huella. Cada día es mayor el número de obreros y campesinos que llega a la conclusión de que la democracia burguesa no puede resolver ninguno de los problemas fundamentales planteados por la revolución, que la victoria de la reacción será inevitable, y con ella la destrucción de las organizaciones con tanto esfuerzo creadas por la clase trabajadora, si el proletariado no aprovecha la ocasión que las circunstancias históricas presentes le ofrecen para emprender decididamente, en estrecha alianza con los campesinos, la lucha por la destrucción del régimen burgués y la instauración de la propia dictadura.
Pero sería un error considerar como definitivamente liquidadas estas ilusiones. Pero esto, el deber fundamental de la vanguardia consiste en aprovecharse de todas las circunstancias favorables para convencer a la clase obrera, a la luz de la experiencia, de la inanidad de estas ilusiones. En este sentido puede desempeñar un gran papel la lucha por la disolución de las Cortes actuales y por la convocatoria de nuevas elecciones, sobre una base más amplia, por lo que se refiere a la participación de las masas populares, y sobre una base restringida por lo que respecta a los partidos reaccionarios, colocándolos decididamente fuera de la ley.
En el proceso de esta lucha, susceptible de arrastrar asimismo a una gran parte de la pequeña burguesía (lo cual, como hemos visto, tiene una importancia fundamental) las masas trabajadoras irán adquiriendo conciencia de su propia fuerza, harán retroceder a la reacción, y por la lógica misma de los acontecimientos se plantearán el problema del poder.
La experiencia de la revolución rusa, tan rica en todos los aspectos, nos ofrece también en este sentido un ejemplo de extraordinaria elocuencia.
Una de las consignas que con más eficacia utilizaron los bolcheviques fue la convocatoria de las Cortes constituyentes. Sin embargo, cuando la revolución llegó a su punto culminante, esas mismas masas que habían seguido a los bolcheviques con la mencionada consigna, disolvieron por la fuerzas las Constituyentes. La conciencia de las masas trabajadoras había evolucionado con la rapidez propia de las épocas revolucionarias.
Hubo, es verdad, en Rusia, una circunstancia que favoreció
extraordinariamente el desarrollo de los acontecimientos en el sentido indicado: la existencia de los soviets, organizaciones creadas en el fuego de la revolución y que emanaban directamente de las masas.
En España, desgraciadamente, no contamos, en los momentos actuales, con organizaciones de este género. Pero las circunstancias dictan imperiosamente la necesidad de su constitución. No se trata, naturalmente, de crear organizaciones artificiales que sean una imitación servil de los soviets rusos, sino de encontrar un tipo de organización, fruto directo de nuestra realidad concreta y del movimiento vivo, inspirado en el mismo espíritu que dio origen a los soviets. En este sentido, puede desempeñar un gran papel la constitución del frente único.
Si las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera consiguen llegar a un acuerdo para la acción común, es de una evidencia absoluta que surgirán espontáneamente en todos los puntos del país organizaciones de combate, que agruparán a los obreros de todas las tendencias. Estas organizaciones locales de frente único podrán desempeñar en nuestro país un papel análogo al que desempeñaron en Rusia los soviets.
Lo importante es comprender que el destino de la revolución española no se decidirá en las esferas parlamentarias y gubernamentales, que es la acción mancomunada de las masas trabajadoras, y sólo esta acción, la que puede impedir la instauración del fascismo y dar cima a la obra
revolucionaria.

No hay tiempo que perder

Los ciclos revolucionarios (como hizo observar Marx) se han desarrollado siempre en España con gran lentitud. Pero tanto las condiciones interiores del país como la situación internacional permiten suponer que los acontecimientos se desarrollarán con gran rapidez. Y si la clase obrera no se da cuenta del peligro y, como consecuencia de ello, no obra con la decisión y la energía que las circunstancias requieren, la victoria de la
reacción será inevitable. ¡No hay tiempo que perder!

Conclusión

Resumamos. El proletariado español ve gravemente amenazadas sus conquistas y sus organizaciones de clase. El triunfo de las derechas puede liquidar rápidamente todas las mínimas conquistas logradas en estos años, y conducir al país a un régimen parecido al de Portugal o de Argentina, que no sería más que el preludio de un régimen típicamente fascista.
Pero la reacción todavía no ha triunfado. Ante ella se levanta el
proletariado y las masas campesinas del país. Ante ella se levanta la pequeña burguesía radical, que tiene su plaza de armas principal en Cataluña. La reacción sólo puede ser vencida por la clase obrera. Para ello es necesario que se constituya inmediatamente un frente único de todas las organizaciones proletarias cuyo programa inmediato sea la lucha activa contra el peligro reaccionario. La constitución de un bloque compacto de las organizaciones obreras barrerá el paso a la reacción y dará un nuevo impulso al proceso revolucionario que se desarrolla en nuestro país, orientándolo directamente en el sentido de la lucha de la clase trabajadora por el poder.

26 de noviembre de 1933

P.S.- Cuando estas páginas estaban ya compuestas, se han producido tres hechos importantes, que merecen aunque no sea más que un breve comentario.
El primero de estos hechos ha sido la segunda vuelta de las elecciones. Sus resultados no modifican sustancialmente la significación de la lucha del 19 de noviembre. Sin embargo, la victoria de los socialistas en Madrid tiene una importancia política enorme. La reacción no ha podido triunfar en la capital del país. La clase obrera madrileña cuenta con la simpatía y la adhesión de la pequeña burguesía radical.
El segundo acontecimiento importante ha sido el putsch anarquista, que ha puesto una vez más de manifiesto la impotencia del anarquismo y su desoladora esterilidad. La masa obrera, en la casi totalidad del país, ha quedado completamente al margen del movimiento. Todo se ha reducido a la acción de grupos aislados, sin ningún contacto con las masas, que han obrado sin plan ni objetivo definido, a no ser que se considere corno tal ese vago “comunismo libertario” que había de caracterizarse principalmente por la supresión de la moneda… y custodia de los Bancos. El movimiento, tal corno ha sido concebido y ejecutado, no podía servir más que los intereses de la reacción.
El tercer acontecimiento que tenemos el deber de registrar aquí es la formación, en Cataluña, de una Alianza obrera constituida para hacer frente al peligro reaccionario que nos amenaza. Forman esta alianza, por el momento, la Unión General de Trabajadora, el Partido Socialista. Español, los Sindicatos de la Oposición y expulsados de la CNT, la Izquierda Comunista, el Bloque Obrero y Campesino, la “Unió Socialista de Cataluña”, la Federación Sindicalista Libertaria y la “Unió de Rabassaires”.
La Alianza constituye ya en sus inicios una fuerza positiva, capaz de movilizar a grandes masas.
No abrigamos la menor duda de que el ejemplo de Cataluña será imitado por los trabajadores de toda España, y que, como consecuencia de ello, la avalancha reaccionaria se estrellará contra el muro infranqueable que le opondrá la clase obrera.

14 de diciembre de 1933
* Manuel Cordero: Los socialistas y la revolución, Madrid, 1932, p. 76.
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