1925-02 La cuestión Trotsky [Bordiga]

Traducciòn de Agustín Guillamón para Balance. Cuadernos de historia. Nota del traductor: Amadeo Bordiga escribió este artículo el 8 de febrero de 1925, enviándolo a la dirección del Partito Comunista d´Italia (PCI) para su publicación. El artículo fue retenido durante meses, y sólo fue publicado, como parte de la campaña contra el fraccionalismo, iniciada por la dirección estalinista del partido contra el Comitato d´Intesa de la Sinistra (el comité de enlace de la Izquierda del PCI), en fecha tan tardía como la del 4 de julio de 1925.

La discusión recientemente concluida con las medidas adoptadas por el CE y la Comisión de control del Partido comunista ruso contra el camarada Trotsky se ha basado exclusivamente en el prefacio escrito por Trotsky al tercer volumen de su libro "1917", publicado en ruso hace pocos meses; el prefacio está fechado el 15 de septiembre de 1924.

La discusión sobre la política económica rusa y sobre la vida interna del partido, que anteriormente había opuesto Trotsky al CC, se había cerrado con las decisiones del XIII Congreso del partido y del V Congreso mundial, y Trotsky no las ha reabierto. Se señalan otros textos en la polémica actual, como el discurso al congreso de los veterinarios y el opúsculo "Sobre Lenin", pero el primero data del 28 de julio, época en la que todavía estaba en Moscú la delegación al V Congreso, donde no levantó polémica alguna; el segundo ha sido escrito aún mucho antes y fue ampliamente citado en la prensa comunista de todos los países, sin que objeción alguna fuese presentada por los órganos del partido.

El texto del prefacio sobre el que se desata el debate no ha sido presentado a los camaradas italianos. La prensa comunista internacional no lo ha recibido, y por consiguiente, no habiendo escrito ulteriormente Trostky, ni nadie más, en apoyo de esas tesis, sólo se han publicado escritos refutando ese prefacio. Lo que ha abierto la polémica contra Trotsky, o sea el artículo de la redacción de "Pravda" de finales de octubre, ha sido publicado en apéndice por "L´Unità". En cuanto al propio prefacio, ha aparecido en italiano un resumen en "Critica Fascista" números 2 y 3 del 15 de enero y 1 de febrero de este año, y las primeras páginas han sido reproducidas en "Avanti!" del 30 de enero. En francés el prefacio completo ha sido publicado en los "Cahiers du bolchevisme", revista del Partido comunista francés, en los números 5 y 6 del 19 y 26 de diciembre de 1924.

El prefacio a "1917" trata de las enseñanzas de la revolución rusa de Octubre desde el punto de vista de la adecuación del partido revolucionario a la misión histórica de la lucha final por la conquista del poder. Recientes acontecimientos de la política internacional han planteado este problema: una vez realizadas las condiciones objetivas históricas para la conquista del poder por parte del proletariado, esto es, inestabilidad del régimen y del aparato estatal burgués, empuje de las masas a la lucha, orientación de amplios estratos proletarios hacia el partido comunista; cómo garantizamos que esto sea suficiente para dar la batalla, tal como respondió el partido ruso en Octubre de 1917, bajo la guía de Lenin.

Trotsky presenta la cuestión del siguiente modo. Le experiencia nos enseña que en el momento de la lucha suprema en el seno del partido comunista suele manifestarse la formación de dos corrientes: una que contempla la posibilidad de la insurrección armada o la necesidad de no retrasarla, y la otra que, en el último momento, bajo el pretexto de que la situación no está madura y que la relación de fuerzas es desfavorable, propone el aplazamiento de la acción, tomando en la práctica una posición no revolucionaria y menchevique. En 1923 esta tendencia predominó en Bulgaria, en la época del golpe de Zankoff, y en Alemania en octubre, determinando la renuncia a una lucha que podía habernos dado el éxito. En 1917 esta corriente se manifestó en el seno del propio partido bolchevique, y si fue vencida se debió a Lenin, cuya formidable energía impuso a los dudosos el reconocimiento de la situación revolucionaria y la prioridad absoluta de desencadenar la acción insurreccional. Hay que estudiar la conducta, en 1917, de la oposición de derecha contra Lenin en el partido bolchevique, confrontarlo con las de los adversarios de la lucha surgidos de nuestras filas en Alemania en 1923, y con los casos análogos. El lenguaje de los responsables del aplazamiento de la lucha y su actitud política concuerda de tal modo en ambos casos, que es necesario plantear las medidas a tomar en la Internacional para que prevalga en los momentos decisivos el auténtico método leninista y no sean esquivadas las posibilidades históricas de la revolución.

La conclusión más importante que a nuestro parecer emerge del eficaz análisis al que Trotsky somete la preparación y puesta a punto de la lucha de Octubre en Rusia, es que las reticencias de la derecha no se presentan sólo como un error en la valoración de las fuerzas y en la elección del momento de la acción, sino como una verdadera incomprensión del principio del proceso histórico revolucionario, y como la propuesta de que desemboque en algo distinto a la dictadura del proletariado para la construcción del socialismo, en el que radica el contenido vital del marxismo revolucionario reivindicado y realizado en la historia por la obra del gigantesco Lenin.

Y en efecto, el grupo de camaradas dirigentes del partido bolchevique que entonces se opuso a Lenin no sostenía sólo que aún se debía esperar, sino que oponía a las consignas programáticas leninistas: dictadura socialista del proletariado, todo el poder a los soviets, disolución de la Asamblea Constituyente; otras fórmulas, como una combinación del Soviet y de un parlamento democrático, el gobierno de todos los partidos soviéticos, o sea de una coalición de comunistas y socialdemócratas, y esto no como un expediente táctico de transición sino como formas permanentes de la revolución rusa. Se enfrentaban pues dos concepciones de principio: la dictadura soviética dirigida por el partido comunista, o sea, la revolución proletaria con toda su potente originalidad como hecho histórico dialécticamente opuesto a la revolución democrática burguesa de Kerensky, que es un concepto leninista; y la marginación de la izquierda, la defensa del extranjero y de la revolución popular contra el zarismo, o sea, completar el triunfo de la burguesía y de la pequeña burguesía.

Trotsky, sintetizador magnífico entre quienes vivieron las experiencias y verdades revolucionarias, destaca sutilmente que en el período revolucionario los reformistas abandonan el terreno del socialismo formal, esto es, de la victoria de la clase proletaria obtenida con métodos democráticos y legales burgueses al puro terreno de la democracia burguesa, convirtiéndose en los paladines y agentes directos del capitalismo. Paralelamente un ala derecha del partido revolucionario ocupa de hecho el lugar que éstos dejan libre, reduciendo sus propias funciones a la invocación de una verdadera democracia proletaria o algo parecido, cuando ha llegado ya el momento de proclamar la quiebra de todas las democracias y de pasar a la lucha armada.

Esta valoración de la actitud de aquellos bolcheviques que no estuvieron entonces con Lenin es indudablemente grave, pero emerge de la exposición de Trotsky a través de documentadas citaciones – no desmentidas – de las declaraciones de los propios derechistas y de Lenin en respuesta a éstos. La necesidad de plantear este problema resulta además del hecho de que ya no tenemos a Lenin; y que sin él ya habíamos perdido nuestro Octubre de Berlín: hecho de alcance histórico internacional que destruye toda consideración de oportunidad y tranquila vida interna. Trotsky vio este problema de forma análoga a como la delegación italiana lo había sostenido durante el V Congreso: el error alemán no puede ser liquidado echándolo sobre los derechistas que entonces dirigían el partido alemán, sino que exige la revisión de la táctica internacional de la Internacional y la verificación de su modo interno de organizarse, de trabajar y de prepararse para las tareas de la revolución.

La desidia en el partido bolchevique en vísperas de la revolución puede seguirse como una serie de vigorosas intervenciones de Lenin para rectificar la línea y eliminar las dudas. Ya en su carta desde Suiza Lenin había iniciado esta labor. A su llegada se puso decididamente contra el derrotismo, esto es, contra la actitud sostenida, entre otros, por "Pravda" que espoleaba a los trabajadores a la guerra contra los alemanes para salvar la revolución. Lenin decretó que nosotros tendríamos una revolución que defender cuando no estuvieran en el gobierno los oportunistas, agentes de la burguesía, sino el partido del proletariado.

Era sabido que la consigna del partido bolchevique había sido hasta entonces la de "dictadura democrática del proletariado y de los campesinos". En su escrito Trotsky no pretende en realidad que esta fórmula fuera errónea, que históricamente falló y que Lenin la sustituyó por una fórmula equivalente a la de Revolución permanente sostenida por Trotsky y sus amigos en otros tiempos. Muy al contrario, Trotsky reivindica la corrección de esa fórmula tal y como la concebía y aplicaba el genio revolucionario de Lenin, esto es, como consigna táctica y de agitación aplicable antes de la caída del zarismo, y que de hecho se realizó, en cuanto después del zar no se implantó en Rusia una auténtica democracia parlamentaria burguesa, sino una dualidad entre un débil Estado burgués parlamentario y los nacientes órganos del poder proletario y campesino, los Soviets. Pero apenas abierta esta fase, para la cual la historia ha confirmado lo justo que era el esquema leninista, Lenin volvió rápidamente – no sólo como orientación de la política del partido sino también como cambio externo de las fórmulas de propaganda – a las posiciones más avanzadas de preparar la segunda y auténtica revolución, de caminar con la insurrección armada hacia la dictadura socialista y soviética del proletariado, y por supuesto como guía constante de las falanges de campesinos en lucha por su emancipación del régimen agrario feudal.

Trotsky ataca el problema de la incomprensión del verdadero genio estratégico de Lenin por parte de aquellos que, como han hecho tantos maximalistas italianos, invocan a cada paso su teoría y práctica del compromiso y la elasticidad de maniobra. Lenin maniobra, pero la maniobra no pierde nunca de vista el objetivo supremo. Para otros, demasiado a menudo la maniobra se convierte en un fin en sí misma, y paraliza la posibilidad de una transformación revolucionaria, mientras que en Lenin vemos como la ductilidad cede el puesto a la más implacable rigidez cuando está en juego la revolución y el exterminio de los enemigos y de los saboteadores. El propio Lenin, con citas extraídas de Trotsky, estigmatiza esta incapacidad de adaptarse a las nuevas situaciones revolucionarias, y de cambiar una fórmula de polémica indispensable en la época precedente a los bolcheviques, con un non plus ultra para su política posterior. Aquí está toda la gran problemática de la táctica comunista y de sus peligros que venimos discutiendo desde hace años, además de las conclusiones que se pueden alcanzar con el objetivo de evitar este dañoso escamoteo del verdadero contenido revolucionario de las enseñanzas de Lenin.

Trotsky expone como para Lenin siempre ha estado claro que la revolución rusa, antes de la implantación del socialismo en Occidente, pasaría por la fase transitoria de la dictadura democrática, o sea, por una fase pequeño-burguesa, para llegar a la fase de la integral dictadura comunista. Los derechistas, al preconizar un gobierno de coalición obrera y despreciar la lucha insurreccional, mostraban que hacían propia la posición menchevique, según la cual Rusia, incluso liberada del zarismo, debía esperar que la revolución socialista triunfase en los demás países, antes de derrocar también las formas de la democracia burguesa. El prefacio de Trotsky sella enérgicamente este error, muy característico del antileninismo.

Estos problemas fueron enérgicamente debatidos por el partido en la conferencia de abril de 1917. Desde entonces Lenin no deja de machacar con fuerza la idea de la toma del poder. Despedaza el engaño parlamentario, más tarde califica de vergonzosa la decisión del partido de participar en el preparlamento, asamblea democrática provisional que se convoca en espera de las elecciones de la Constituyente. Desde julio, Lenin, pese a seguir con la máxima atención la evolución de la orientación de las masas, y aún sabiendo imponerse un período de espera después del ensayo y aún reconociendo la insurrección fallida en aquellos meses, pone en guardia a los camaradas contra los mismos engaños de la legalidad soviética. Les dice que no hay que atarse las manos aplazando la lucha para la convocatoria de la Constituyente, ni tampoco para el segundo Congreso de los Soviets, ni en espera de las decisiones de la mayoría de ese congreso, que podría estar aún en manos de los oportunistas, de forma que fuera desperdiciada la hora propicia de derrocar con las armas al gobierno democrático. Es sabido que Lenin llegó a decir en determinado momento que hubiera llevado el partido al poder aun sin los Soviets, razón por la que algunos le calificaron de blanquista. Y Trotsky (sobre el que quisieran apoyarse los imbéciles campeones de la democracia contra las tesis dictatoriales) advirtió una vez más a los camaradas europeos que ni siquiera de los Soviets deberíamos hacer un fetichismo mayoritario, porque nuestro gran elector es el fusil en las manos del obrero insurgente, que no piensa en depositar papeletas de voto sino en golpear al enemigo. Esto no excluye el concepto leninista sobre la necesidad de que las masas estén con nosotros, y la imposibilidad de sustituir su acción revolucionaria por la de un puñado de hombres resueltos. Pero, ganadas las masas, y ése es el elemento en discusión, es necesario un partido o un Estado Mayor que no interponga entre las masas y la lucha desviaciones y tergiversaciones. Podemos y debemos esperar a las masas, pero el partido no podrá, si no quiere la derrota, hacerlas esperar: he ahí la forma de plantear el tremendo problema que pesa sobre todos nosotros, mientras la burguesía permanece aún en pie en medio de su crisis.

El 10 de octubre de 1917 el Comité Central del partido bolchevique decide la insurrección. Lenin ha vencido.

Pero la decisión no es unánime. Los disidentes, al día siguiente, envían a las principales organizaciones del partido una carta sobre el momento presente que estigmatiza las decisiones de la mayoría, declara imposible la insurrección y asegura la derrota. Y el 18 de octubre los nuestros siguen escribiendo aún contra la decisión del partido. Pero el 25 de octubre la insurrección ha vencido y el gobierno soviético se instala en Petrogrado. Y el 4 de noviembre, después de la victoria, los disidentes a Lenin dimiten del Comité Central para poder defender libremente sus tesis en el partido: no se debe, como sostiene Lenin, constituir un gobierno del partido, sino servirse del poder conquistado para formar un gobierno compartido con todos los partidos soviéticos, o sea los mencheviques y social-revolucionarios de derecha representados en el Soviet. Se debe igualmente convocar la Constituyente y dejarla funcionar: tal tesis sigue siendo defendida en el propio Comité Central, mientras no prevalece la línea de Lenin, y hasta que la Constituyente no es disuelta por los guardias rojos.

La historia de la disidencia es, si se quiere, breve. Los camaradas de que se trata reconocieron su error. Esto es correctísimo y no se trata por cierto de descalificar a esos camaradas. Pero que reconocieran el error, ante la revolución victoriosa y consolidada, era algo inevitable, a menos que pasaran sin más a engrosar las filas de los contrarrevolucionarios. Queda el problema que surge con toda su gravedad de la más sencilla observación: si Lenin hubiese permanecido en minoría en el Comité Central y la insurrección hubiera fracasado a causa de la desconfianza arrojada previamente sobre ella por una parte de sus jefes, éstos hubieran hablado en los mismos términos en los que lo hacen los camaradas responsables de la dirección del partido alemán durante la crisis de octubre de 1923. Lo que Lenin desbarató en Rusia, no pudo hacerlo la Internacional en Alemania. En estas condiciones, si la Internacional quiere vivir de hecho en la tradición de Lenin, debe obrar de modo que no pueda encontrarse de nuevo ante tal dilema: la historia no ofrece generosamente situaciones revolucionarias, y desaprovecharlas deja el doloroso lastre que todos conocemos y sufrimos.

Los camaradas deberán considerar que el contenido del debate no está todo aquí, si se refieren a los motivos por los que Trotsky ha sido reprobado en la moción publicada, y a los argumentos de la polémica, como los repite resumiéndoles el autor de los artículos firmados A.P. En lo que atañe al camarada Trotsky, los problemas planteados se reducen a cuanto he expuesto; aunque es cierto que de la otra parte se ha respondido sometiendo a un proceso toda la actividad política desarrollada por el camarada Trotsky durante su vida. Se ha hablado de un trosquismo que, opuesto al leninismo, se desarrolla desde 1903 hasta hoy en una línea de continuidad, y que se presenta siempre como una lucha de derecha contra las órdenes del partido bolchevique. Así es como se ha encrespado y agravado la disidencia, pero sobre todo desviado la discusión eludiendo el problema vital planteado por Trotsky en los términos que hemos examinado.

Señalaré sólo brevemente las acusaciones lanzadas contra Trotsky desde un campo ajeno al que trata en su prefacio.

Un trosquismo existía realmente desde 1903 hasta 1917, y era un actitud de centrismo y de integración entre mencheviques y bolcheviques, más bien confusa y teóricamente dudosa, que en la práctica oscilaba de derecha a izquierda, y que fue justamente combatida por Lenin sin demasiados miramientos, tal y como era habitual en Lenin con sus oponentes. En ninguno de sus escritos posteriores a 1917, o sea desde su entrada en el partido bolchevique, Trotsky reivindica sus opiniones de entonces, sino que las reconoce erróneas, y en su última carta al Comité Central dice que "considera el trosquismo como una tendencia desaparecida desde hace mucho tiempo". Se le acusa de haber hablado sólo de "errores de organización". Pero la ruptura de Trotsky con su pasado antileninista no ha de buscarse en un acto legal de abjuración, sino en sus obras y escritos posteriores a 1917. En el prefacio Trotsky intenta demostrar su completo acuerdo con Lenin antes de Octubre y durante Octubre, pero se refiere explícitamente al período siguiente a la revolución de Febrero, y observa que aún antes de llegar a Rusia, en artículos escritos en los Estados Unidos de América, expresó opiniones enfrentadas a las de Lenin en sus cartas desde Suiza. Con esto no pretende ocultar que era él quien, ante las enseñanzas de la historia, se situaba en el mismo terreno de Lenin, antes erróneamente combatido.

Trotsky discute con el derecho y desde la posición de miembro del partido bolchevique que reprochará a la derecha de su partido un contenido que adolece de los mismos errores mencheviques durante el período de la revolución. El hecho de haber estado, en el período anterior a la revolución y la lucha suprema, lejano de tales errores, y al lado de Lenin, miembro de su preciosa escuela, sólo otorgaba mayores deberes a sus lugartenientes para sostener válidamente la acción sin deslizarse sobre los errores de la derecha del partido.

Por esta razón, atribuir a Trotsky la tesis sobre la imposibilidad de la revolución proletaria en Rusia antes que en otros países, tesis que el prefacio a "1917" critica sin embargo como un error propio de la derecha del partido, significa invertir los auténticos términos del debate y manipular unilateralmente la información.

Si aceptáramos la existencia de un nuevo trosquismo, lo cual no es cierto, ningún puente podría unirlo con el viejo. El nuevo en todo caso estaría a la izquierda, mientras el viejo estaba a la derecha. Y entre los dos se sitúa un período de magnífica actividad comunista de Trotsky contra los oportunistas socialdemócratas, incontestablemente reconocida por el resto de los colaboradores de Lenin como rigurosamente bolchevique.

¿Dónde está mejor expuesta la polémica de Lenin contra los oportunistas socialdemócratas que en los escritos de Trotsky, sin poder dejar de citar entre todos ellos Terrorismo y comunismo? En todos los congresos del partido ruso, de los Soviets, de la Internacional, Trotsky ha elaborado informes y discursos que difunden fundamentalmente la política del comunismo en los últimos años, y que nunca se han contrapuesto a los de Lenin en cuestiones importantes, y absolutamente nunca si hablamos de los Congresos internacionales, en los que Trotsky siempre ha expuesto los manifiestos oficiales, en los que paso a paso ha compartido con Lenin la polémica y la obra para consolidar la nueva Internacional, eliminando los residuos oportunistas. Ningún otro intérprete de Lenin alcanza en este período la solidez de concepción de Trotsky sobre temas fundamentales de la doctrina y de la política revolucionaria, mientras se pone a la par con el maestro en la perfecta eficacia de la exposición y la presentación de esos postulados en la discusión y la propaganda.

No puedo decir menos del papel desempeñado por Trotsky como dirigente en la lucha revolucionaria y en la defensa política y militar de la revolución, porque no tengo ni la intención ni la necesidad de hacer una apología de Trotsky; pero creo que por lo menos se puede invocar ese pasado para resaltar la injusticia de la exhumación del viejo juicio de Lenin sobre el amor de Trotsky por la frase revolucionaria y de izquierda, insinuación que es mejor reservar para aquellos que han demostrado que sólo saben ver las revoluciones desde la lejanía, y por supuesto a muchos ultrabolcheviques occidentales.

Se dice que Trotsky ha representado en la citada polémica con el partido a los elementos pequeño-burgueses. No es posible ocuparnos aquí de todo el contenido de tal discusión, pero no podemos olvidar: primero, que en lo que concierne a la política económica de la república, la mayoría del partido y del Comité Central hicieron propias las propuestas de la oposición y de Trotsky; segundo, que la oposición tenía una composición heterogénea y ciertamente no podía cargarse a Trotsky las opiniones de Radek sobre la cuestión alemana, del mismo modo que es inexacto atribuirle las de Krassin y otros por dar mayores concesiones al capital extranjero; tercero, que en la cuestión de la organización interna del partido Trotsky no sostenía el fraccionalismo sistemático y la descentralización, sino un concepto marxista, y no mecánico ni sofocante, de la disciplina. La necesidad de claridad en esta grave cuestión se hace cada día más urgente, pero necesariamente debería ser tratada en otro lugar. Pero la acusación de que Trotsky es un exponente de tendencias pequeño-burguesas se destruye contra la de que Trotsky subvaloraba la función de los campesinos en la revolución frente a la del proletariado industrial, otro perno gratuito de la polémica, dado que la tesis agraria de Lenin encuentra en Trotsky un fidelísimo seguidor e ilustrador (y en este asunto el propio Lenin no se oponía a que se dijera que había robado el programa a los socialistas revolucionarios). Todos estos intentos de echar sobre Trotsky connotaciones antibolcheviques no nos convencen en absoluto.

Trotsky estuvo en desacuerdo con Lenin, después de la revolución, en la cuestión de la paz de Brest-Litovsk y en la del sindicalismo de Estado. Son cuestiones ciertamente importantes, pero que no pueden clasificar como antileninistas a otros líderes que entonces estuvieron en la tendencia de Trotsky. Sobre tales errores parciales no puede sostenerse la compleja construcción que quiere hacer de Trotsky nuestro anticristo con miles de citas y observaciones en los que la cronología y la lógica brillan por su ausencia.

Hasta llega a decirse que Trotsky está en desacuerdo con la Internacional en la valoración de la situación mundial, que él considera con pesimismo, y que los hechos han desmentido su previsión sobre la fase democrático-pacifista. Lo cierto es que se le confió elaborar un manifiesto del V Congreso precisamente sobre este tema, que fue adoptado con levísimas modificaciones. Trotsky habla de la fase pacifista como de un peligro contra el que los comunistas deben reaccionar subrayando, en los períodos democráticos, que es inevitable llegar a la guerra civil y al dilema entre las dos dictaduras opuestas. En cuanto al pesimismo, más bien es él quien denuncia el pesimismo de los demás, afirmando, que como decía Lenin en Octubre, cuando se pierde el momento favorable a la lucha insurreccional le sigue un momento desfavorable: la situación en Alemania ha confirmado colmadamente tal valoración. El esquema de Trotsky sobre la situación mundial no se limita a ver instalado en todas partes un gobierno burgués de izquierda, sino que es un análisis profundo de las fuerzas en juego en el mundo capitalista del que en sustancia no se ha desprendido ninguna declaración de la Internacional, y que se adhiere a la tesis fundamental de que la actual crisis capitalista es insuperable.

Los elementos antibolcheviques sostendrían a Trotsky. Naturalmente deben complacerse ante la afirmación oficial de que uno de nuestros grandes dirigentes ha abandonado los principios de nuestra política, está contra la dictadura, quiere el retroceso a fórmulas pequeño-burguesas, etcétera. Pero ya algunos diarios burgueses han aclarado que nada puede esperarse, que Trotsky más que nadie está contra la democracia y a favor de la implacable violencia de los revolucionarios contra sus enemigos. Si burgueses y socialtraidores esperan realmente que Trotsky haga una revisión del leninismo o del comunismo a su conveniencia, están muy equivocados. Sólo el silencio y la pasividad de Trotsky podrían permitir una leve esperanza a esta leyenda, a esta especulación de nuestros enemigos. Por ejemplo, el prefacio que se discute ha sido publicado, es cierto, por una revista fascista, pero la redacción, adjunta al final del texto, se ha visto obligada a aclarar garbosamente que por favor no se crea nadie que la opinión de la revista sea ni por aproximación paralela a la de Trotsky. Y "Avanti!" hace sencillamente reír cuando elogia a Trotsky, al mismo tiempo que publica el fragmento en el que, para sostener su tesis, se cita también el caso italiano como prueba de la bancarrota revolucionaria a causa de la insuficiencia de los partidos, refiriéndose por lo tanto precisamente al partidazo socialista. Los comunistas alemanes del ala derecha acusados de trosquismo se han puesto a chillar que no es verdad, porque ellos sostienen exactamente lo contrario de lo que Trotsky ha escrito: la imposibilidad de la revolución de Octubre de 1923 en Alemania. Por otra parte, estas discutibles solidaridades desde orillas opuestas jamás pueden servir como argumento para establecer nuestras orientaciones políticas, pues así nos lo ha enseñado ya la experiencia.

Trotsky debe ser juzgado por lo que dice y escribe. Los comunistas no deben ser personalistas, y el día en que Trotsky traicionase sería necesario quemarlo sin contemplaciones. Pero la traición no debe serle atribuida por abuso de sus adversarios o de la privilegiada posición de éstos en el debate. Todas las acusaciones referentes a su pasado caen con la mera observación de que se sustentan en el prefacio a "1917", que en realidad no trata de tal cosa, mientras anteriormente no se había creído necesaria tal ofensiva.

La polémica contra Trotsky ha dejado en los trabajadores un sentimiento de pena y ha producido en los labios de los enemigos una sonrisa de triunfo. Y en verdad ahora nosotros queremos que amigos y enemigos sepan que también sin Trotsky, o contra Trotsky, el partido proletario sabría vivir y vencer. Pero mientras los resultados sean aquellos a los que hasta hoy ha llegado el debate, Trotsky no es hombre para abandonar al enemigo. En sus declaraciones Trotsky no ha renunciado ni a una línea de lo que ha escrito, y eso no es contrario a la disciplina bolchevique, pero también ha declarado que nunca ha querido crearse una base política personal y fraccional, y que está más unido que nunca al partido. No podía esperarse otra cosa de un hombre que se cuenta entre los más dignos de estar a la cabeza del partido revolucionario. Pero aún más allá de la cuestión sensacionalista de su personalidad, los problemas por él planteados permanecen; y no deben ser eludidos sino afrontados.

Amadeo Bordiga

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